#ISSUE 77 / Año VI / Octubre de 2026

Dramaturgia y sistema

El espacio técnico de la ficción

Tiempo de lectura: 11´

por Oscar Carballo/

«Maquinas de precisión». OC, ilustración digital + prompt IA, Buenos Aires, Agosto de 2026

Dado que todo diseño consiste en tomar decisiones orgánicas, su trazabilidad surge de sus condicionamientos previos: técnicos, históricos, ideológicos y productivos. La forma, como estructura, es la consecuencia de tal programa, la defensa gregaria de todos y cada uno de los elementos rectores. Así las cosas, la libertad creativa no postula un impulso espontáneo. El sentido de un objeto no está en su forma aislada, sino mediada por el contexto. Una misma lámpara puede ser siniestra en una producción de terror o cálida en una comedia familiar. El significado no está en la lámpara, sino en aquel lugar donde emerge.

Las escuelas de diseño de vanguardia incorporaron el discurso técnico e imaginaron una organización casi científica de sus modelos. El teatro moderno, el que nace de esas mismas escuelas, concibió el cuerpo humano como un dispositivo mecánico. La razón no fue técnica: la estructura técnica —en términos maquinistas— apareció desde el corazón mismo de la modernidad industrial. La máquina fue una idea en sí misma, un cambio de paradigma dondequiera que pudo aplicarse su concepto. Ligada primordialmente al trabajo productivo, la maquinaria pudo separar la fuerza humana del producto final. El mecanismo reemplazó al obrero, pero fundamentalmente, en su lógica de funcionamiento, desplazó la lectura crítica del artesano. La automatización, desde su velocidad de producción, su exactitud en el mecanismo y su rigidez en la apariencia, habilitó una generación de soluciones formales y estéticas impensadas hasta el momento. Las escuelas europeas de vanguardia tomaron el rumbo técnico y lo incorporaron como principio de organización formal en su propio funcionamiento educativo. Aunque la estandarización se orientaba decididamente hacia la funcionalidad y la producción en masa —en un contexto de posguerra orientado a la democratización del diseño—, la invención quedó en manos de los artistas, impulsando la idea de que los objetos del cotidiano (una mesa, una taza, un auto) debían también ser funcionales y estéticos. En tanto abordaban los principios de la artesanía, descartaron, desde luego, lo decorativo. En ese rigor, el diseño ensayó la síntesis, la precisión y la racionalización del gesto. Las artes visuales incorporaron el ballet a su laboratorio.

El teatro de Oskar Schlemmer, nacido en el corazón de la Bauhaus, postuló un dispositivo artístico basado en una paradoja: la inexpresividad de los mecanismos . Los bailarines que a tal fin diseñó para su escenario triádico —el Triadisches Ballett— camuflaron la anatomía de sus intérpretes para dotarlos de exuberantes estructuras y colores. Ya no vemos músculos ni humanidad, sino los restos mecanizados de un organismo nuevo. De tal modo, Schlemmer inventó disfraces modulares hechos de materiales industriales (metales, látex); trajes rígidos que transformaban sus cuerpos en esferas, conos y cilindros. El movimiento era rítmico, matemático, pero su fin no era producir un objeto, sino habitar el espacio. Silenciosa y absurda, la dinámica de los cuerpos responde a una arquitectura de vestuario donde el espacio escénico es una abstracción hecha de puro color. Puede verse, hay algo sagrado en esa limpieza cromática. Los intérpretes responden así a una estructura externa y sus movimientos, desplazados de la expresividad individual, animan las piezas ordenadas de una máquina involuntaria. Si Schlemmer tomó al hombre mecánico fue para elevarlo a una dimensión mística y matemática: el cuerpo como arquitectura, un cuerpo geométrico, acaso puro; expresamente liberado de las emociones mundanas burguesas. Para darle una verosimilitud mayor al campo escénico, el diseño de sonido incluyó sus variables de manera horizontal: adaptó el habla y los textos para volverlos monótonos, rítmicos y con pausas precisas. Necesitaba al fin que encajaran con el concepto de autómata.

Meyerhold, en cambio, optó por una banda de jazz en vivo que ejecutaba ritmos estridentes y sincopados, transformando la música en una suerte de metrónomo utilitario. Nada debía ilustrar estados de ánimo —especialmente burgueses— ni buscar la abstracción matemática de Schlemmer. La puesta sonora debía funcionar como un engranaje más de la fábrica escénica. Los ruidos de la propia escenografía constructivista de Liubov Popova —como el girar de las aspas del molino y las ruedas de madera— se fundían con la percusión para dictar el tempo mecánico de la Biomecánica, subordinando el ritmo musical a la estricta plasticidad física del actor.

Mientras Schlemmer representaba su obra en Europa y asumía la dirección del taller de teatro de la Bauhaus en Weimar, el director Vsévolod Meyerhold estrenaba en Moscú El cornudo magnífico. Aunque con este montaje postuló su Biomecánica Teatral (una reacción brutal contra el teatro decimonónico y el realismo burgués), la diferencia entre ambos creadores era abismal, casi un choque de filosofías opuestas: Meyerhold presentaba su método como un manifiesto científico y político para el actor, mientras que Schlemmer concebía su trabajo más como una exploración plástica y matemática del espacio. Al respecto del espacio sonoro sucedió otro tanto. Schlemmer montó su obra con música diversa: desde Händel y Mozart hasta Debussy. La partitura final descartó el atonalismo de Arnold Schoenberg, tentado originalmente para diseñar el espacio sonoro. El creador alemán, aún conmovido por la presentación de Pierrot Lunaire, decantó finalmente por Paul Hindemith, un músico tonal que por el contrario, se acercaba progresivamente al neoclasicismo.

Una pregunta central de las vanguardias soviéticas puso en crisis los argumentos artísticos: ¿por qué convertir la máquina en un argumento estético si era el símbolo mismo de la alienación y explotación obrera? La respuesta radica en un cambio de narrativa: la Revolución de Octubre de 1917 convenció a los artistas de que la máquina ya no pertenecía al burgués explotador, sino al proletariado. La máquina dejó de verse como un instrumento de sometimiento para ser resignificada como el motor de la emancipación; la construcción del Hombre Nuevo soviético. En Occidente, el taylorismo ya dividía el trabajo para enriquecer al dueño de la fábrica. En la Rusia soviética de los años 20, Lenin y teóricos como Alekséi Gástev adoptaron la idea argumentando que, si el obrero controlaba los medios de producción, la eficiencia temporal y física no lo debilitaría, sino que le devolvería un tiempo valioso para educarse y, desde luego, disfrutar del arte. Meyerhold aplicó esto al teatro bajo la máxima: «El cuerpo es la máquina, el actor es el maquinista»; una premisa que transformaba el entrenamiento actoral en un estudio mecánico de su propia anatomía.

Para el director ruso, el teatro burgués tradicional —el naturalismo psicológico de Stanislavski— era estático y dependía de la inspiración relativa del intérprete. Al proponer que el cuerpo funcionara como una máquina de precisión, intentó emancipar al actor de la tiranía de sus emociones espontáneas. El entrenamiento biomecánico, —basado en la acrobacia y el ritmo—, imaginaba un actor dominando sus músculos con la misma precisión técnica con la que un operario experto manejaba un torno. De tal modo, eran sus movimientos coordinados lo que generaba, por reflejo, la emoción escénica: un cuerpo moviéndose con total economía y exactitud matemática. Así, la coreografía del trabajo industrial se asimiló como una danza de la modernidad. El actor ya no es un bohemio burgués que se disfraza para entretener a la élite; es un trabajador de la escena poniendo su fuerza laboral y su técnica corporal al servicio del pueblo. Esta profunda fascinación por el cuerpo entendido como maquinaria afilia a Meyerhold en un discurso de sistemas que trasciende las fronteras soviéticas. Aun cuando Oskar Schlemmer —a través de la estandarización— operaba también desmitificando la subjetividad romántica del artista, el abismo conceptual con Meyerhold se profundiza: mientras el alemán buscaba una síntesis formalista —el cuerpo supeditado a las leyes abstractas del diseño industrial— la mecanización de Meyerhold nacía y moría en la emancipación política: la de la fuerza de trabajo proletaria. La cumbre visual de este imaginario industrial se inmortalizó en el cine con producciones como Metrópolis, de Fritz Lang, o Tiempos modernos, de Charles Chaplin, donde el personaje es literalmente devorado por los engranajes de una fábrica aterradora. Las escuelas de diseño y las vanguardias revolucionarias buscaron construir lenguajes totales donde cada elemento respondiera a una ley interna. El teatro europeo de entreguerras absorbe esa condición y la lleva a un punto de radicalidad que luego difícilmente volvería a discutirse.

Pronto la dramaturgia geométrica de Oskar Schlemmer, tanto como la Biomecánica de Vsévolod Meyerhold —dos dispositivos perfectos— mostraron una organización escenica limitada. Es en ese mismo recorrido donde la representación escénica comienza a desmontarse. Lo hace prescindiendo de aquellos sistemas rigurosamente calibrados donde cada gesto, color y desplazamiento respondían a una estructura milimétrica —aquella coherencia mecánica sin fisuras— para iniciar la escena extrañada de la desordenada dramaturgia futura. Dicho de otro modo: a medida que el sistema se vuelve más complejo, también se vuelve más opaco; y allí donde ya no puede ser reconstruido por el espectador, comienza a producir extrañeza. La representación deja de garantizar sentido para exponer su imposibilidad. Curiosamente, cuanto más figurativa es la imagen, más delicada se vuelve la representación sensible.

En esa zona de inestabilidad, es un dramaturgo —Bertolt Brecht— quien introduce una primera fisura al redistribuir los códigos de representación: su procedimiento se articula en un extrañamiento radical sobre la percepción de lo cotidiano. La escena rompe la cuarta pared para alejarse tanto del mecanismo técnico como del drama clásico. El dispositivo escénico abjura del realismo proyectando una estructura legible mediante actores que interactúan con el público, proyecciones, carteles y canciones; así, el escenario recuerda constantemente al espectador su propio artificio. Sin embargo, este quiebre no es definitivo. Esa misma legibilidad también comienza a ceder.

En Harold Pinter, la palabra actúa de otro modo. No se trata del silencio abstracto de Schlemmer ni de la agitación deliberada de las voces brechtianas. En su dramaturgia, las palabras y el silencio no son opuestos, sino que forman un cuerpo denso donde lo que se calla es tan potente como lo que se enuncia. Por su parte en Eugène Ionesco, heredero de una lógica kafkiana, el sentido se desplaza sin resolverse; el lenguaje mismo se vuelve inestable. No se trata de una negación del sistema, sino de su inversión: los elementos permanecen, pero su relación deja de responder a una ley reconocible. La escena, definitivamente, deja de organizarse como un sistema transparente y plenamente reconstruible. El verosímil, en este contexto, ya no se sostiene en la coherencia de la representación ni en la eficacia de un dispositivo técnico, sino en una forma de extrañeza aún distinta: una relatividad opaca donde los comportamientos, los objetos y las palabras pierden su anclaje lógico. La escena —o aquello que todavía llamamos escena— deja de ser el lugar donde algo se representa para convertirse en un campo donde las condiciones mismas del sentido son puestas en duda.

Pensando la obra de Franz Kafka desde una perspectiva teatral, el agrimensor K., en El castillo, no enfrenta un obstáculo puntual, sino una serie de mediaciones que se multiplican sin finalidad. La carta de presentación, el acceso y la validación se desplazan en una cadena de instancias que se suspenden indefinidamente. El problema no es la ausencia de reglas, sino su deliberada superposición; Kafka introduce una forma de opacidad que no proviene del caos, sino, curiosamente, de un orden excesivo. El cine leyó esta profundidad para disponer el espacio kafkiano como experiencia. En la versión cinematográfica de Michael Haneke, la arquitectura misma es la que desorienta al personaje: los recorridos no conducen a un objetivo, sino que se repiten bajo variaciones mínimas. El espectador, mientras entiende que es guiado, es retenido constantemente en un estado de espera que jamás se resuelve. Los lugares —recodos, escaleras, puertas y corredores— parecen reiterarse como equívocos. Algo similar ocurre en la adaptación de El proceso de Orson Welles, donde la escenografía empuja la acción para condicionarla. Sin solución de continuidad, el protagonista transita recintos bajos y asfixiantes —espacios absurdos donde apenas puede moverse— hasta enormes salones que diluyen su escala dramáticamente. Cada desplazamiento parece posible y, sin embargo, no conduce a ninguna resolución. El sistema judicial no necesita mostrarse como arbitrario: a Kafka le basta con exhibirlo inescrutable.Estos desplazamientos escénicos transforman a su modo la noción de verosímil. El espectador podría dudar de la realidad de los hechos, tal como sucede en la literatura kafkiana, o bien aceptar su código, como en Brecht; tensar su inteligibilidad como en la dramaturgia de Pinter, o al fin comprender su mecanismo, como en el ballet de Schlemmer. En ese punto, la ficción transita los espacios de representación como un campo de experiencia.

En la década de 1960, el grupo de arquitectos londinenses reunido bajo el nombre de Archigram exploró la problemática del hábitat humano mediante ficciones tecnológicas fuertemente idealizadas como metáforas. Sus proyectos —¿o debiéramos llamarlos anteproyectos o croquis preliminares?— se presentaron como una suerte de fantasía pop repleta de humor e ironía, sin moderación respecto de su factibilidad técnica. No buscaban otra cosa que una crisis que despabilara las nuevas condiciones de una sociedad que se encaminaba hacia el futuro: la condición modular, la perspectiva espacial y la robótica. Estas restricciones determinaron la urgencia de imaginar una nueva realidad: la ciudad como un organismo capaz de fundar libertades inéditas. Con una simple repetición mecánica, en definitiva un recurso artesanal, Andy Warhol presentó una posición crítica similar sobre la sociedad de consumo. La serialidad no construye un sistema total, sino que lo expone en su acumulación irreflexiva: un engranaje sin centro operativo, donde la repetición disuelve toda jerarquía.Si el escenario moderno había organizado la experiencia bajo la forma de un sistema donde cada elemento encontraba su lugar en una economía precisa de relaciones, la subjetividad posmoderna inscribió al cuerpo dramático desintegrándolo de cualquier lógica de correspondencias exactas; el sentido emergía en la medida en que ya no respondía a una ley o a una estructura que integrar.

En ese recorrido, las prácticas ligadas a la repetición y a la ambigüedad —como en Ionesco o Kafka— no restituyeron sistema alguno, algo que puede verse también en el dispositivo de Pinter, basado en una serie deliberada de ocultamientos. La escena —entendida ya no como un espacio delimitado sino como una condición visual— deja de pertenecer exclusivamente al teatro para inscribirse en un campo más amplio donde la ficción, la arquitectura, el diseño, el cine y las artes visuales comparten una misma problemática. No se trata de representar el mundo, sino de producir las condiciones bajo las cuales ese mundo puede aparecer como inteligible, opaco o indiferente. La serialidad de Warhol propuso así una insistencia irracional: la imagen se reproduce hasta perder toda profundidad. Si en el escenario mecánico el sujeto era absorbido por la estructura, y en la oscuridad kafkiana quedaba suspendido en su interior, la escena de Warhol se enfrenta a una proliferación mecánica sin jerarquías ni centro posible. La subjetividad jamás desapareció; apenas cambió de estatuto. Dejó de ser el punto de anclaje de la experiencia para convertirse en una variable más dentro de un campo que no se organiza en torno a ella. Si el sistema ya no se reconoce como tal, pareciera que es la propia dramaturgia contemporánea la que lo vuelve ilegible como dispositivo de poder.

La forma escénica ha preguntado una y otra vez por el lugar que ocupa el sujeto en la industria del arte: ¿es aún posible pensar una experiencia que no esté completamente determinada por la historia, o toda forma de aparición —toda escena— no es más que una variación técnica dentro de su propio funcionamiento ficcional?

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