ISSUE 49/ Junio 2024

Bobby Fisher

La bolsa o la vida

Formación y destierro de un campeón

por Oscar Carballo

Fisher pierde la primera partida pero quien no duerme es el equipo soviético que sigue analizando durante toda la noche los errores que Spassky pudo haber cometido. Formado en las calles de Queens, Fisher se relaja jugando al bowling; algo que también había hecho en Buenos Aires el año anterior mientras derrotaba a Petrosian.

«Classic Eams», OC. Buenos Aires, 2024: Retoque electronico [10221 x 4656 px] sobre una imagen del Editor J. Walter Green, [Associated Press], Reikiavik 1972.

El 13 de julio de 2004, treinta y dos años después de coronarse Campeón Mundial de Ajedrez en Reikiavik, Bobby Fisher es arrestado en el aeropuerto de Narita cuando estaba por abordar un vuelo hacia Manila. Las autoridades encuentran irregularidades en su pasaporte y puede ser esta vez la excusa perfecta para deportarlo de una buena vez. No son los japoneses sino los Estados Unidos quienes se muestran hartos con el campeón de ajedrez; un deportista que no cesa de acusar la injerencia política de Estados Unidos en el mundo. Lo que Bobby Fisher denuncia no son vejaciones a los reglamentos de Ajedrez sino el propósito criminal de su propio gobierno de robar el petroleo iraní sin pausa y para siempre. Mientras la guerra de Irak es brutal y se transmite en Cinemascope, Fisher ve otros asuntos detrás del guión espectacular: los norteamericanos llaman terroristas a las personas que luchan contra ellos.

Mediada por la fineza de sus condiciones, el ajedrez es eminentemente un juego ciencia. Aunque tal realidad metodológica relativizó el aspecto sensible del juego, no deja de tratarse de una batalla entre dos reinos. De tal modo las piezas representan armas de caballería, aguerridos tenientes y soldados, albañiles constructores, fortificaciones, almenas y torres, obispos protectores con sus cabezas cubiertas con mitras, reinas y reyes; vale decir, el poder de un reino completo. Aunque la evolución de las fichas no responde a la representación antigua, (en el pasado podían verse elefantes y otros animales exóticos, y hasta la torre consideraba un valor ligeramente superior al actual), no fueron las reglas del ajedrez, las piezas de juego ni el tablero, sino ideologías, psíquicos, chips, mesas de juego, designación de finalistas y hasta las distancias humanas para presenciar y desarrollar las partidas, las condiciones que han sido objeto de famosas discusiones y disputas. Acaso todo esto no sea otra cosa que la sal de cualquier deporte. Sin embargo la precocidad y la demencia rondan el ajedrez del mismo modo que un ave de presa sabe de antemano que sólo deberá sobrevolar pacientemente su panorama para obtener alimento. Los candidatos son cada vez más jóvenes pero la precocidad Fisher no tuvo amparo ni acceso a información, así como tampoco equipos técnicos alrededor de su talento. De este modo solitario, Fisher suma su nombre desde los 15 años cuando en 1957 logró acceder al torneo de Candidatos y al mismo tiempo, al título de Gran Maestro. Tres años después, durante una olimpíada, hace tablas con Mijail Tal.

Preso en Tokio, Fisher poco puede hacer. Las irregularidades en su pasaporte le ha dado al gobierno norteamericano una mejor excusa que la acusación política. El gobierno de Japón se disciplina: no quiere negarse a entregarlo; al fin y al cabo, –dice Fisher– para cualquier observador, Norteamérica semeja «el país más importante del mundo; la democracia más perfecta. Del mismo modo reflexionan las autoridades japonesas: «ellos no pueden equivocarse». Boris Spassky piensa distinto. Conoce el paño de la persecución política y no tiene sentimientos de revancha. La corona del mundo es un recuerdo más en su carrera pero queda claro que sigue celebrando el genio de su antiguo retador: envía una carta pública para defenderlo. Dice que si su viejo amigo cometió un delito no parece ser distinto al que pudo haber cometido él mismo antaño con el Politburó soviético. Camarada al fin pide ocupar un lugar en la celda y acompañarlo en su avatar trágico. Fisher está demasiado enojado como para aceptar la ayuda del ruso. Ironiza al respecto: Spassky es un frenemy (apócope en inglés entre amigo y enemigo), en todo caso, dice –revuelto en una misoginia típica de la época– «dentro de la celda prefiero a Alexandra Kosteniuk», quien entonces era la joven campeona rusa de ajedrez.

Los juegos nacen con reglas. Algunas son perfectibles; pero no todas. En una época no era permitido el derecho a un match de revancha. Por caso, el cubano Capablanca tuvo que recurrir a principios del siglo XX a fianzas vergonzantes para obtener cierto derecho frente a su rival histórico, el ruso Alekhine. En la actualidad, tal como sucede en el boxeo, el ajedrez postula dos torneos consagratorios. Aunque cada uno valida su importancia, es el Torneo de la FIDE el que mantiene el reconocimiento internacional. Aunque estas escisiones suceden mediante protestas, dimisiones y expulsiones, queda claro que cuando algunos actores externos se entrometen en los deportes terminan usualmente por empujar la técnica por un barranco.

Durante décadas el panorama usual de una final de ajedrez estableció el enfrentamiento sin par de jugadores soviéticos; una legión preparada astutamente dentro de la misma formación escolar. De tal modo, la Federación Soviética ampliaba su red de pesca sobre aquellos valores extraordinarios dentro del interminable bloque geográfico y cultural que examinaba con empeño la URSS. Tal es así que desde 1954 a 1964, el equipo soviético dominó también las Olimpiadas sin oposición. Era sencillo; la región de repúblicas aportaba como un manantial una infinidad de retadores, finalistas y campeones mundiales: Mijail Tal era Letón, Tigran Petrosian armenio; Paul Keres estonio, Marc Taimánov, ucraniano. Sin embargo no fue otro que Bobby Fisher quien venció sucesivamente a Taimánov, a Larsen y a Petrosian, este último durante 1971 en Buenos Aires.

Aquel evento porteño por la candidatura concitó una cantidad de público y afecto, fuera de lo común. Buenos Aires gana la plaza para ser Sede Mundial dadas las sospechas de Fisher para aceptar la propuesta de Petrosian. Ni Holanda, –hoy Países Bajos–, ni Grecia, lo convencían. Fisher, de todos modos, anteponía el precio de la bolsa la cual defendía como si se tratara de su propia vida, algo que el bloque soviético no podía hacer. Las jornadas eliminatorias con Tigran Petrosian fueron celebradas finalmente en el modernísimo Teatro Municipal General San Martín de la Avenida Corrientes, en Buenos Aires. El encuentro tuvo pocos inconvenientes. Fisher pidió alojarse en un hotel distinto al de su contrincante, –algo absolutamente razonable–, y poco más. La Sala Martín Coronado, estrenada pocos años atrás, lucía deslumbrante para la época y el mobiliario respondía a los pedidos de los contrincantes. La bolsa se arregló en apenas 12.000 dólares para un total de 27 jornadas, 9 partidas y un árbitro alemán: Lothard Schmid. Un corte de luz en la primera partida sacó de eje a Petrosian y Fisher ganó ese primer encuentro de la serie, el resto fue un paseo demoledor. El score final fue 6,5 a 2,5 a favor de Bobby Fisher y el premio más importante, el derecho total a enfrentarse a otro soviético y campeón vigente: Boris Spassky.

Al año siguiente, el encuentro entre Boris Spassky y Bobby Fisher fue promocionado como el Match del Siglo, pero a cambio de lo ocurrido en las partidas eliminatorias, ésta abundó en mayores enigmas e interrupciones. A la luz de la historia no fueron estrategias para ganar la partida. Fisher había despachado a Petrosian ganándole las últimas cuatro partidas en forma consecutiva. Una vez más el genio explosivo de Bobby Fisher, –sus enconos, exigencias y arbitrariedades–, instalaron rápidamente una controversia inédita hasta el momento: imponer condiciones unilateralmente. El sábado 1 de julio de 1972 fue la jornada inaugural del match. El ajedrez ocupaba ya con creces los titulares de la prensa escrita del mundo entero. El Teatro Nacional de Reykjavik descollaba de personalidades, pero Bobby Fisher, desentendiéndose con indiferencia, pasaba la tarde en la casa de un amigo en Douglastone, Nueva York.

Los organizadores se mostraron unidos y acaso firmes, pero fue sólo una mueca; una debilidad final. Max Ewe, –ex campeón mundial y presidente de la Federación Internacional de Ajedrez–, detuvo el reloj del tablero de Fisher, –algo que la Fide no considera posible en sus reglas estrictas–, y se dispusieron a esperarlo. Era la única medida a la vista: la figura era Bobby Fisher y no Ewe. No obstante sólo había una ventana de 15 horas; ese era el plazo de espera y ponderaba también un riesgo para todos. Con los titulares de los diarios en alerta, los tickets sold out y el auditorio Laugardallshall desbordado de ansiedad, quién tuvo muñeca política fue el Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger quien llamó a Fisher por teléfono para que depusiera su actitud: «Muchacho, tenemos que ganarles a los soviéticos; eso es todo, –le dijo–, los Estados Unidos estarán agradecidos por siempre»

Lo que Kissinger plantea es un tablero distinto. En ese paralelo, Bobby Fisher reflexiona su decisión. Si acepta no será por el arrullo de las autoridades. Lo va a hacer por sí mismo. Es 1972 y hace 17 años que su gobierno aplica una batalla sangrienta y desigual contra Vietnam. Al mundo parece no importarle la guerra, pero en 1968, durante la fallida Operación del Tet, los EEUU masacran al Vietcong cargándose 50.000 norvietnamitas civiles en los bosques de La Ciudad Imperial de Hue, una batalla que Stanley Kubrick filma en Full Metal Jacket. Para la opinión pública, la eliminación de millares de soldados americanos comienza a mostrar la cara real de un enfrentamiento caprichoso y cruel.

La moral de Fisher es esquiva. No se siente responsable de las masacres que su gobierno utiliza como bandera para enfrentar lo que ellos consideran el lado equivocado del mundo. Lo tienen sin cuidado esa aventuras; quiere ser Campeón Mundial de Ajedrez. De tal modo, decidiendo por sí mismo como había hecho ya hasta el momento, acepta. Diligente, el Departamento de Estado bloquea el aeropuerto JFK, sube a Fisher al primer avión disponible a Islandia y así, en un vuelo nocturno y demorado hasta la irritación, (donde alguno que otro pasajero debió ceder también su lugar), Kissinger deposita a Fisher en Reikiavik, a tiempo.

Desde luego, la Fide no estaba acostumbrada a estos tratos. Los avatares de la Guerra Fría mostraban una puja política que podía quebrarse trágicamente en segundos aunque nadie quería personificar al estudiante temperamental de la Sarajevo de 1914. Dado que la URSS dominaba la realidad deportiva del ajedrez, el Kremlin acepta estoico todas estas irregularidades y golpes de efecto. Pero todavía habría más. Mucho más. Spassky, un caballero educado en el rigor de la voluntad soviética, acepta las disculpas que Fisher le deja en una breve carta bajo la puerta de su habitación de hotel. Unas horas después, ya en el Laugardallshall, Fisher se presenta a jugar la primera partida. Al llegar da algunas vueltas por el lugar. Todo parece lucir ideal, sin embargo se demora frente al mobiliario que la organización islandesa ha dispuesto con esmero sobre el escenario. Se trata de un diseño sólido pero sumamente complejo; especialmente los sillones. Las estéticas no se llevan bien con la corporalidad y el ajedrez, como cualquier deporte necesita de esa apreciación. La organización suda a mares: Bobby Fisher descarta los sillones y apenas rescata la mesa. Ironiza sopesando el tablero elegido y las herméticas fichas marmóreas que destacan más como curiosidad que como herramienta.

Fisher pierde la primera partida pero quien no duerme es el equipo soviético que sigue analizando durante toda la noche los errores que Spassky pudo haber cometido. Formado en las calles de Queens, Fisher se relaja jugando al bowling; algo que también había hecho en Buenos Aires el año anterior mientras derrotaba a Petrosian. De regreso al Auditorio señala aquí y allá las cámaras de cine que captan la partida en tiempo real. Pide que las retiren, aunque se trata de algo imposible: tal condición pondría patas para arriba las obligaciones con uno de los sponsors, el empresario norteamericano Chester Fox. Una vez más la organización tambalea a pesar de una legión de arquitectos y técnicos que trabajan reinstalando las cámaras de otro modo. Cuando al día siguiente el árbitro Lothar Schmidt –el mismo alemán que había arbitrado la eliminatoria en Buenos Aires– prende el reloj de Fisher, es solo Spassky quien espera disciplinado frente al tablero. Bobby Fisher lo hace en su habitación de hotel, ubicado a unas pocas cuadras del Estadio. La negociación está estancada: deben revisar nuevamente la posición de las cámaras pero también aceptar una exigencia límite: volver a poner el reloj en cero. La incomodidad asume la perdida de credibilidad de una Federación que no sabe ni puede responder a las nuevas condiciones de un deportista que se planta frente a todos. El reloj es uno de los instrumentos más importantes del ajedrez. Aunque todo deporte está hecho de tiempo y cada uno lo utiliza de modo distinto, el tiempo del ajedrez es perentorio. Finalmente, a menos de veinte minutos y aunque dispone de todos los protocolos de un Jefe de Estado –una ruta liberada de tráfico entre el Hotel y el auditorio– Fisher no se presenta a la partida. El silencio tapa las discusiones que se acumulan buscando una solución acaso mágica pero esta vez no hay nadie que pueda convencer al norteamericano que al ausentarse le da una ventaja inaudita al jugador soviético que así, aumenta su escore a 2-0.

Del mismo modo que lo había hecho años atrás con las reglas para designar los finalistas, –denunciar un esquema injusto que evitaba las rondas eliminatorias beneficiando siempre al bloque soviético– Bobby Fisher impone requisitos no sólo con el mobiliario, sino también con la distancia de los espectadores –algo que ya había discutido en Buenos Aires–, y hasta el horario de las partidas. La organización consigue un tablero de madera clásico y las victorianas piezas Staunton, pero la Federación termina envuelta en una pelea colateral. La tercer partida se juega en privado, más precisamente en un apartado pequeño y secreto, acaso una suerte de réplica del universo mental del ajedrez. Fisher comienza a ganar de inmediato. El Kremlin protesta enviando un asesor a Islandia: algo malo debería estar ocurriéndole a Spassky; al fin de cuentas se trata de norteamericanos tramposos.

¿Acaso el imperialismo había conseguido alguna manera de control mental y estaba destruyendo el intelecto crítico de Spassky? Gran parte de estos entredichos son fácilmente atribuibles a los avatares de la guerra fría, no obstante pudo saberse con el tiempo, que a diferencia del viejo encono entre Karpov y Kasparov, a Fisher le importaba un comino el imperialismo norteamericano, del mismo modo que a Spassky –que más tarde se nacionalizó francés–, le resbalaba el comunismo.

De cualquier modo, –Bobby Fischer ganó el match 12½–8½, al tiempo que Spassky abandonaba la última partida en forma telefónica–, un especialista chequeó una y otra vez las instalaciones del evento en busca de transmisores, micrófonos, o cualquier otro tipo de artilugio desconocido que pudiera ayudar a ganar el encuentro al norteamericano, aparatología que huelga decirlo, jamás se encontró. Detrás de Spassky había una legión de especialistas –incluido un psicólogo–, hombres que el Kremlin había puesto a disposición para defender a su pupilo como una bandera ideológica; a Bobby Fisher –quien aceptó cambiar algunas condiciones con la aparición de un filántropo que duplicó la bolsa del match–, sólo lo acompañaron dos personas, una de ellas era William Lombardy, un viejo amigo familiar, apocado teórico de ajedrez y sacerdote católico estadounidense. Fisher quebraba al fin 24 años ininterrumpidos de hegemonía soviética.

Tiempo después la decepción popular fue enorme. Tanto para los norteamericanos como para los soviéticos. Ambos jugadores renegaron de sus estandartes, los mismos que a regañadientes los había confinado a enfrentarse durante la guerra fría. ¿Acaso no se enfrentaban por el deseo mismo de jugar, o simplemente lo hacían por dinero? Para el Kremlin, la caída de la Escuela Soviética significó el fin de un cuarto de siglo de supremacía y dominación; para EEUU el quiebre del sueño americano señalado en un superhéroe díscolo y sumamente peligroso.

En 1993, –con la policía y la justicia mordiéndole los talones–, Fisher convence a Spassky para jugar un rato frente a las cámaras de televisión. No se trataba de una irreverencia, pero Fisher fue observado con recelo. ¿Podían enfrentarse dos ex-jugadores de elite veinte años después y sin preparación? Algunas veces los empresarios suelen meter la cola en asuntos que no corresponden. Los jugadores habían cosechado cierta amistad; un respeto basado en la mera deportividad. Les gustaba jugar ajedrez. Y no sólo eso. Fisher propuso devolverle a Spassky una ganancia diferencial que en todo deporte considera patas desiguales: la bolsa del ganador y la del perdedor. Fisher era inteligente y Spassky reservado hasta lo indecible. Ambos necesitaban la bolsa. Aunque fue promocionado como un desquite no fue tal. Spassky, que luego de veinte años siguió manteniendo una caballerosidad social y deportiva intachable, no iba a discutir la supuesta condición mental de su contrincante; se conocían desde niños y se respetaban como rivales: eso era todo lo necesario para jugar ajedrez.

Bobby Fisher mantuvo su idea de igualdad y consiguió una bolsa rica en dólares pero equitativa para ambos contendientes. También fue quien eligió un sitio fuera del fisgoneo de cualquier gobierno. A los Estados Unidos le molestó enormemente que el Match se jugara en la ex Yugoslavia, pero mientras Spassky se presentó bajo una nacionalidad distinta –la francesa–, Fisher escupió literalmente sobre una orden del Pentágono para desistir del match, entregarse a la justicia y ser extraditado. Aún cuando en la actualidad Spassky abandonó Francia para regresar a la Rusia de origen, y Francia sigue manteniendo sus políticas imperialistas sin oposición, para aquel entonces, tanto Spassky como Fisher habían desarmado juntos el mecanismo eficiente que convertía a los deportistas en objetos ideológicos disciplinados. No deja de sorprender el caso que ocupa hasta hoy la rivalidad entre Karpov y Kasparov: no era sólo deportiva. Kasparov, estuvo preso proclamando su disidencia con el mundo soviético para apoyar la perestroika. Hoy se muestra opositor al gobierno de Putin; en medio de la guerra con Ucrania, el ruso Karpov, antiguo defensor de las políticas culturales soviéticas, no puede transitar libremente por Europa.

Desde luego los reinados no pueden medirse por la mera permanencia de un ciclo o por la cantidad de finales jugadas. La juventud –y su relación directa con la vigencia– es la norma impulsora. Para el ajedrez, la explosión de una mente abierta y ágil concentra todas las oportunidades a un mismo fin, pero no es suficiente la precocidad. El noruego Carlsen Magnus, quien llevó durante 15 años el reinado absoluto del ajedrez, se proclamó campeón mundial el 28 de noviembre de 2013; tenía apenas 22 años. El legendario Mijail Tal lo hizo a los 23 y Garry Kaspárov a los 19. Por caso, la juventud potencia un reinado con excelencia aunque no lo acerca a la sobrenaturalidad. El actual campeón, –el chino Ding Lirén, ELO 2762– se consagró campeón a los 30 años. Todos varones ya que el ajedrez, como la mayoría de los deportes se divide en categorías de género inamovibles: mujeres y hombres no se enfrentan directamente.

Luego del atentado del 11S la relación de Bobby Fisher con el Gobierno Norteamericano recrudeció: el ajedrecista denuncia que la caída de las Torres es la consecuencia directa de los crímenes de EEUU y su política externa. Pronto, Fisher acusará al Gobierno norteamericano de robar sus pertenencias, recuerdos y dinero: Simplemente lo robaron todo. Una fortuna. Me refiero a cientos de millones de dólares. Me refiero también a que solo la película que usa mi nombre [“Buscando a Bobby Fischer”] ha generado cientos de millones de dólares para Viacom, Paramount Pictures. ¿Cuánto más obtendrán de todas estas otras cosas?

El derrotero de Bobby Fisher –el de su vida breve– es un extraño compendio de desentendimientos sociales que parece haberlo fortalecido sólo en el dominio técnico del ajedrez. Incomprendido hasta la fecha, su irreverencia en el juego incluye aspectos visibles de su propia moral. El estilo de Fisher –un ajedrecista posicional y psicológico antes que táctico– era apreciado por su lucidez técnica plena de agresividad. En todo caso su competitividad fue el impulso clave para desarrollar una forma de juego empecinadamente victoriosa, una estrategia que desbordó a sus adversarios en tanto relativizó su propio ranking ELO.

El período de su reinado puede verse como uno de los más breves de la historia: soberano entre 1972 y 1975, se rehusa a defender el título acusando una vez más las «amañadas» reglas soviéticas; algo inquietante para las autoridades internacionales que mediadas de propaganda, exitismo y autobombo, mantienen a sus monarcas recostados en las mieles del marketing. Fisher no llegó a enfrentar computadoras. Para el sistema, no pocos deportistas serán considerados leyendas al punto de ser señalados por temporadas, como el mejor jugador de todos los tiempos. Aunque esta columna cultural no puede hacer un análisis serio sobre la técnica del ajedrez en particular, Bobby Fisher puede verse, ocupa un sitial de preferencia sin homenajes oficiales ni recuerdos con luces impactantes: podría ser el mejor jugador de ajedrez de la historia, a pesar de todo, incluidas sus abjuraciones contra el statu quo.

Autodidacta, Bobby Fisher muere en enero del 2008 a los 65 años de edad. Recluido en Islandia, –el parlamento islandés le concede caritativamente la nacionalidad al fin de contenerlo humanamente–, sus últimos años lo muestran disperso, irascible y en la pobreza. Hace tiempo que el Gobierno de los Estados Unidos ha embargado sus bienes y bloqueado sus cuentas bancarias. También lo ha olvidado deportivamente incluso cuando el mercado suele organizar Salones de la Fama y otros eventos altisonantes para homenajear en vida a sus héroes y seguir obteniendo jugosas regalías indirectas. Sucede que el negocio de la fama conecta los recuerdos con los logros y en tal sentido los de Fisher, han sido convenientemente mutilados. En una entrevista para Bombo Radyo, una emisora filipina de la cual se conservan los audios, Fisher señala otras consecuencias, todas colaterales a su genio deportivo: Confiscaron todas mis cosas, incluso algunas propiedades que tenía en Florida, donde dijeron que no pagaba por cortar el césped, me robaron todos los derechos de mis libros, me robaron mi nombre, hicieron películas ilegales, me robaron las cosas en depósito en Nueva York y ahora quieren meterme en prisión (…) seré juzgado, condenado, sentenciado, encarcelado, torturado y asesinado.

El ajedrez parece reunir hoy todas las atracciones de la vida en la tierra. Durante 2023 la prensa del mundo volvió a ocuparse de distintos avatares frente a las nuevas acusaciones de fraude presentadas por Magnus Carlsen contra el norteamericano Hans Niemann. En febrero de 2024, la implantación de un chip cerebral producido por Neuralink, –la empresa de tecnología cerebral creada por Elon Musk–, ha logrado que un hombre en condición cuadripléjica moviera las piezas de un ajedrez digital con la mente. Lejos del mundo de los adultos, Faustino Oro, –un niño argentino de 10 años que ha alcanzado hace muy poco un ranking ELO de 2316 puntos–, acaba de vencer al noruego Magnus Carlsen –2880–, en un match ultrarrápido durante el Bullet Brawl 2024. Para julio de 1972, la valoración de ELO del genial Bobby Fischer fue de 2785 puntos.

Oscar Carballo, Mar de la China, Junio de 2024