ISSUE 43/ Diciembre 2023

Bruno Latour

La invención cubana

Lukács: la vida como complejo primario

por Oscar Carballo

Diseñar un objeto es también rediseñar la educación misma, la vida social y particularmente una forma de pensar y resolver problemas en el cotidiano. Ya no se trata del objeto inexplicable en manos del científico sino una nueva puesta en escena social sobre antiguas formas de intelección en la tierra.

«Oscar Carballo,Refrigerador y rana cubana», Fotografía digital:Nokia Lumia 635/ 2592 × 1456, [EICTV, San Antonio de Los Baños, Cuba: 2017]

Desde una perspectiva histórica, el diseño como tal, es una herramienta de transformación social. El destino de ese universo de objetos, procesos y soluciones abreva sobre las extensas relaciones técnicas que constituyen a una cosa como fenómeno. Esto relaciona definitivamente al objeto actual con el artesanado histórico –responsables primarios de su aparición– y con su taller de experiencias. En segundo término, aunque de igual importancia, un objeto de diseño es un emergente de las políticas públicas: el financiamiento y las discusiones políticas en torno a su aplicación, inversión y manipulación. No quedan atrás los enunciados de la ciencia como discursos de la verdad y el desarrollo de las tecnologías como aplicaciones necesarias. Finalmente, podríamos decir que quién define la competencia social del objeto diseñado es el desarrollo compartido entre usuarios y expertos: la dimensión cultural del objeto en la vida pública. 

El objeto diseño, es entonces, antes que una disciplina estructurada mediante aspectos de la retórica y la demostración científica, una larga transformación en el tiempo de una serie de particularidades, debilidades y fortalezas. Así instalado, el objeto en la vida pública no será una meseta definitiva así como tampoco detendrá su bonanza. Esta trama, que Bruno Latour llamó teóricamente rodeos, composiciones y traducciones, conforma un recorrido que inevitablemente sobrelleva los límites del progreso a una prosperidad tan inquietante como inimaginable. El objeto sociotécnico es en todo caso una extraordinaria serie de perspectivas y constantes controversias. 

La irrupción social de cualquier objeto es fenomenológica. En tal sentido lo colectivo vincula al objeto diseño con la esfera pública ya que en última instancia se presenta como su productor en progreso. Esta condición de realidad es un argumento del bien común, pero su presente, –su presencia, las noticias que argumentan su existencia; la oferta y la demanda– prologan una relación profunda entre el poder económico y los modos de producción. La sociedad, en su activa  expectación, aporta mediante la opinión pública las variables efectivas del consumo, pero en estos términos, el riesgo de pérdida, –de pertenencia– ofrece un estadio particularmente crítico en términos políticos. 

En Nunca fuimos modernos, Bruno Latour ensaya sobre el principio de simetría que vinculan naturaleza y sociedad. Articula críticamente su trabajo en otro: un ensayo de Steven Schapin y Simón Schaffer, de 1985. Ambos textos relacionan dos figuras centrales y contrapuestas de la era moderna: Thomas Hobbes y su filosofía política, y la ciencia empírica de Robert Boyle. Aunque Hobbes se adueña de la jurisprudencia y la interpretación política en tanto que Boyle del laboratorio científico, –un espacio donde el Estado no ejerce control alguno–, Latour anota una curiosidad del trabajo de Schapin y Schaffer «dibuja un cuadrante bastante bello: Boyle posee una ciencia y una teoría política; Hobbes una teoría política y una ciencia» Para Latour, las propiedades de la materia podrían quedar distribuidas en una puja entre el poder político, Dios y las matemáticas. 

Cuando Latour lee el periódico –la oración del hombre moderno, dice–, consigue desmenuzar las noticias que a nadie preocupan: una madeja intrincada de artículos y notas que apenas logran establecer extrañas diferencias entre cultura y naturaleza: «Las páginas de Economía, Política, Ciencias, Libros, Cultura, Religión, Policiales se reparten los proyectos como si tal cosa. El más pequeño virus del sida hace que uno pase del sexo inconsciente, al África, a los cultivos de células, al ADN, a San Francisco; pero los analistas, los pensadores, los periodistas y los que tomas decisiones van a recortar la fina red que dibuja el virus en pequeños compartimientos limpios donde sólo se encontrará ciencia, economía, representaciones sociales, policiales, piedad, sexo»

De tal modo, las noticias acerca de la producción de nuevos materiales y tecnologías se renuevan permanentemente. El mercado las expone públicamente como futuras experiencias de la vida cotidiana. El encuentro social entre la novedad y el usuario permite una transacción por fuera de los protocolos de las ciencias potenciando el alcance mismo de aquello que se ha presentado como necesidad. En tal caso, la fuerza de ese cotidiano no se basa en un sustrato ideológico orgánico. Para Latour, las disciplinas puras no buscan enlazar el cielo y la tierra, lo global y lo local, lo humano y lo inhumano. Los analistas cortaron el nudo gordiano (…) a la izquierda el conocimiento de las cosas, a la derecha el interés, el poder y la política de los hombres» Para Latour, la percepción del hombre moderno, –clave para discutir una antropología moderna y acaso el paso del tiempo–, es un concepto polémico que acaso levanta la voz en el curso de una polémica; una pelea donde no hay ganadores y perdedores. Pero, ¿Qué es un moderno?

Los singulares objetos que ha producido la República de Cuba –su realidad objetiva y social– a partir del bloqueo norteamericano de los años setenta es relevante a propósito de una discusión que puede definirse contrapuesta a la definición de sociedad de masas; una cultura mediada de restricciones sociales, económicas y políticas, pero especialmente inorgánicas entre sí. 

Basada en una economía de bienes fungibles y productor histórico de comodities –azúcar, café y tabaco–, Cuba desarrolla su primera vida cultural entre los siglos XVIII y XIX. La traza temprana del ferrocarril impulsa el desarrollo económico de los isleños, –la sociedad cubana mantiene para la época una dependencia colonial plena–, pero es mediante la enseñanza de las ciencias físicas y naturales, –la Universidad de La Habana se funda en 1728–, donde instruye una nueva realidad en el espíritu del criollo: el pensamiento ilustrado cubano. La articulación es crítica y potente; y mantiene «el racionalismo fundamentado en la inducción y la deducción, con el positivismo basado en la convicción y la experiencia»

Aunque el progresismo cubano del siglo XIX respeta el ideario cívico de la revolución francesa, carga todavía con los brutales términos de la cultura colonial. La revolución industrial y la aparición de la máquina pone en crisis las condiciones del comercio especialmente por la discusión sobre la mano de obra esclava que  abastece indiscriminadamente la demanda comercial hacia Europa. En estos términos de producción y valor, la burocracia colonial roba para la Corona con su beneplácito. Una discusión expresada entre dos poderes: la oligarquía criolla y la misma corona de España. Pero llega José Martí y la revolución insurgente, y mediada inexorablemente de sangre esclava, logra independizar a Cuba de los primeros intereses económicos extranjeros: el enriquecimiento de una casta de funcionarios prebendarios.

Lisandro Otero, en su texto Política cultural en Cuba, –Unesco, Paris, 1971– establece los sucesos históricos del siguiente modo: «En la primera mitad del siglo XIX, la clase patricia cubana está ya en posesión de casi toda la riqueza agraria y de las grandes industrias del país: azucarera, cafetalera, ganadera, tabacalera. Los capitanes generales comienzan una política de aislar a los criollos y de cerrarles el paso a toda representación social que pudiera acarrearles prestigio y respetabilidad»

La revolución cubana consigue sin embargo una serie de logros inauditos aún si se los considera mediados por la réplica brutal del enfrentamiento bélico con EEUU. El primero y más importante es lograr una alfabetización plena en tiempo récord y en apenas un año: 1961. Otra conquista es la defensa de una cultura artística basada en sus propios recursos y fuera de la cultura de masas: el don de un pueblo creativo. Cuba desarrolla sus letras tanto como las artes visuales, la arquitectura, el teatro y el cine. La fuente de tal política cultural se basa en los orígenes, –la lectura adecuada de la historia y la tradición– y en la fuerza misma de la revolución como discurso histórico para trocar el hambre urgente y el analfabetismo pasivo en una flecha intelectual dinámica. Desde luego, mediada de una serie de sociedades políticas inevitables –la sovietización de los años setenta–, Cuba terminará condicionando su desarrollo posterior alrededor de tecnologías forasteras que pronto quedarán obsoletas.

 Los carros cubanos, aquellos mismos automóviles norteamericanos de los 50’ que paseaban a la runfla financiera hasta 1959, aún siguen funcionando en la isla gracias a las virtudes de la ingeniería popular cubana expresada en la invención y acaso la mera imaginación. Las marcas y modelos aún se suceden como si se tratara de una colección histórica: Mercury, Buick, Plymouth, Cadillac, Oldsmobile, Pontiac, Ford; los almendrones consideran un emblema cultural de la sociedad cubana: objetos patrimoniales que cuentan la ruptura histórica con Estados Unidos. Vistos desde una perspectiva moderna, las piezas de recambio y buena parte de los motores y autopartes que los pueblan, consideran variaciones asombrosas tanto desde la técnica y la sustitución de repuestos, como desde la audaz fabricación alternativa.

Luego del cese de los enfrentamientos armados y el castigo norteamericano a la osadía socialista mediante bloqueos diversos, Cuba, se refugia en la URSS, especialmente mediante la compra de tecnologías. La relación cultural y comercial soviética presta servicio en la isla durante las décadas de 1980 y 1990. Sin mediación posible, la sociedad cubana pausa así la continuidad de su era moderna. Al fin de cuentas, aquello que Latour define como «el desencanto del mundo», explica una visión arrogante fundada en la potencia diferencial de occidente: «sus voces tiemblan cuando tratan de oponer los bárbaros a los griegos». El panorama político esquivo –la desintegración de la URSS a finales de la década de los 80’– acelera el estancamiento y expone el relativismo mas cruel: la asistencia soviética deja en pausa la renovación tecnológica de la isla. Podría decirse que en tanto las potencias industriales cambian el paradigma tecnológico, Cuba es obligada a alejarse de la modernidad. El final es anunciado: con la perestroika, la URSS deja alrededor de la expectante sociedad cubana una cantidad de maquinaria inservible: las autoridades soviéticas no pueden reemplazar las piezas de aquello que ya no producen. Cuba sobrevive sin amparo pero rodeada de una cantidad fantasmal de objetos y maquinarias –norteamericanas y soviéticas– desclasificadas y en completo desuso. 

La sociedad cubana completa los objetos faltantes basada en un poderoso artesanado capaz de discutir la experiencia del diseño desde el ingenio y una restricción programática absolutamente feroz. De hecho, sin alterar un ápice el programa de necesidades, las soluciones fueron hallazgos en el límite de toda posibilidad. Esta alteración del orden productivo, –una acción que el capitalismo técnico reclamaría para sí–, irrumpe sobre la realidad científica y política para obtener, por fuera de las normas técnicas usuales, un diseño completo, absolutamente distinto e inesperadamente eficaz. En palabras de Latour, la división ilusoria entre centro y periferia; entre sociedad y naturaleza queda expuesta una vez más: podrían tratarse de híbridos; objetos que se revuelven entre la naturaleza y la cultura. En el haber queda la experiencia estética, inútil por toda cuenta, y probablemente desafiante de los modelos hegemónicos utilizados como estandartes por sus enemigos. 

Diseñar un objeto es también rediseñar la educación misma, la vida social y particularmente una forma de pensar y resolver problemas en el cotidiano. Ya no se trata del objeto inexplicable en manos del científico sino una nueva puesta en escena social sobre antiguas formas de intelección en la tierra. Por lo tanto el diseño cubano, en su marco de producción inorgánica, se traduce en la batalla efectiva entre la diversidad técnica y las condiciones de la biopolítica: tamaños y usos, y sus condiciones de acceso, tecnologías asociadas discontinuadas, presupuesto inexistente, apariencia irregular, entornos de aplicación diversa, factibilidad, verosimilitud, destinatarios múltiples, microeconomías en escenarios globalizados, etc. 

La presencia de cualquier objeto en la vida social contemporánea torna lo circunstancial en un valor concreto y estratégico. Aún cuando la sociedad cubana considerará por siempre una pesadilla al así llamado Período Especial, puede también dar muestras de estas relaciones valiosas entre modos de vida y diseño provisional. Se trata de acciones y estrategias invisibles, desconocidas, privadas y quizá, siempre desde perspectivas alternas, por completo ilegales. 

En la práctica, fuera de la asistencia de cualquier Estado o Mercado, los resultados –en general tanto públicos como anónimos– pueden recolectarse como si se tratara de una base de datos. Socialmente, el diseño espontáneo se manifiesta voluntario y fluido. Lo hace sin posibilidad de acudir al producto en serie ni relacionar su mejora sobre otros modelos consagrados: sólo establece la puesta en práctica de una estrategia inmediata y colectiva que pueda resolver en cualquier esfera la crisis misma del objeto ausente mediante soluciones concretamente audaces. 

Como un Robinson, la fuerza de estos diseños controlan los aspectos indeseados del consumo; al fin de cuentas se trata de una resistencia. El diseño así colonizado, establece una vuelta de rosca marginal sobre la creatividad misma. A menudo, las cuestiones de la imaginación aparecen relegadas a las áreas del diseño culto, y al arte. Ese es su campo de aplicación soberano. Las razones se cristalizan en su modelo de producción: principalmente mediante la vinculación de un conocimiento específico y un sponsor diligente: aún cuando suene disparatado podemos referirnos tanto a Leonardo como a Jeff Koons. Sin embargo, el diseño espontáneo destraba la relación de fuerzas entre usuario y mercado en una aplicación política que comparte el sujeto social en tanto libertad colectiva, costumbres, e intuición. 

Probablemente el duro frío, la coladera de café y la pelota de trapo no sean invenciones cubanas, aunque la sociedad isleña las considere con justicia, emblemas de su curiosidad e ingenio. Claramente se trata de proezas ya que la inquietud común de la sociedad cubana precipita las soluciones a la medida de un Estado que no plebiscita ni plebiscitará jamas ese tipo de carencias sino como modos de vida personales y alternativos. 

Una nota aparte merece el picadillo de carne falsa hecha de plátano triturado: podría decirse que si no se tratara de una ilusión histórica –Cuba no tiene ganadería– las versiones veganas de comidas tradicionales burguesas suelen echar mano a estos reemplazos sin que nadie se escandalice ni ponga en duda los ingredientes ni el recurso. 

Quizá los límites impuestos por terceros –una sociedad define su independencia a partir de su economía–, no agreguen otra cosa que desesperación a las soluciones alternativas de sus diseñadores nativos. Al observar los argumentos del artefacto «diseño» desde un punto de vista sociotécnico, podemos entender al objeto como una interacción dinámica entre los componentes de trabajo y su medio social: un constructo entre tecnologías y sociedades siendo los rastros y restos, [la cultura material] las políticas de origen, caducas, activas y en desarrollo, las discrepancias, los descartes, la experiencia pública y la matriz estética soberana, las patas mismas de un formidable cien pies. ¿Cuántos desvíos, –rodeos y traducciones, según el discurso de Bruno Latour– se necesitarían para abordar un objeto tan complejo como el diseño cubano? ¿Cuáles instrumentos y cuántos desvíos?

En 1966, durante unas conversaciones con cuatro intelectuales alemanes, Gyorgy Lukács contestó acerca de si fuera posible un sistema de intelección, de metodología para discutir la experiencia cotidiana de la vida desde la ontología clásica y la doctrina de las categorías. 

“La complejidad es lo primariamente existente, debiéndose estudiar el complejo en cuanto complejo y avanzar desde el complejo hacia sus elementos y procesos elementales y no –como suele pensar la ciencia en general– buscando ciertos elementos para luego construir determinados complejos sobre la base de la acción conjunta de tales elementos” 

Lukács cita experiencias de la naturaleza inorgánica, los sistemas solares y aún la vida humana como complejo primario absoluto –la vida como complejo primario […] del organismo entero– para inmediatamente articularla en la misma base dónde habita la experiencia humana, la sociedad, cuyo átomo no es otro que el hombre como complejo en sentido biológico, social y político. 

El diseño en cuanto artificio, podría discutirse en estos términos ya que cuenta con procesos parciales para acercarse a un todo final cuya forma a la mano pareciera tratar de un sistema primario complejo. La observación vuelve a dirigirse al corazón mismo del diseño ya que la atomización de la herramienta en procesos analíticos y técnicos es tan diversa como sus desenlaces impredecibles. De hecho pareciera necesario que la ignorancia en el conocimiento de las técnicas parciales –en el desarrollo de un complejo primario– pueda ser una condición irreductible para conseguir una complejidad primaria –un todo– mientras se puede arribar a nuevas mesetas en tanto desconocemos las derivaciones que el proceso original nos motivaba. 

Lukács advierte que las partes inevitablemente mantienen una coherencia interna capaz de aportar nuevos desvíos y desarrollos, aún inesperados y arremete con la idea de experiencia, bellamente: 

“Es un prejuicio proveniente del cientificismo el pensar que la acumulación de experiencias reduce el campo de lo desconocido. Yo creo que lo amplía” Podría decirse entonces que hay una explicación teleológica en la disección de las partes que completan un todo ya que podría verse claramente la dificultad de mantener una causa final común en la suma de esas complejidades parciales. 

Todo apogeo cultural es también la lectura social de un éxito. Mientras recolecta usuarios –sus nuevos objetos– alrededor de viejas ideas de consumo; el modelo de producción capitalista [la vida moderna] –vigente desde el Renacimiento– vuelve también ansiedad todo aquello que postula necesario. Esa es la representación del mundo. Quizá por eso la cultura superior ha desechado considerar «Obra» a los progresos, al tránsito del pensamiento sin arribo aparente, a las pruebas y a los borroneados. También es evidente que se retracta sin pudor cuando esos balbuceos, por así decir, pertenecen a artistas cuya consagración ha sido legitimada convenientemente. 

Oscar Carballo, [Mar de la China] 1 de Diciembre de 2023.