ISSUE 51 / Agosto 2024
Cicerón
Introducción a la Grecia lisérgica:
La vida después de la muerte
por Oscar Carballo
Luego de beber, el fermento puro quiebra la resistencia de los romanos del mismo modo que el vino griego intoxica a Polifemo. Al cabo, el centurión se echa al piso sin fuerzas. El Magistrado no está mejor que él. Embriagados, una serie de alucinaciones cubre de locura el dialogo de los hombres. El Cónsul exige conocer la revelación más
importante: ¿Cuál es el tesoro del Telesterión?
El regreso de Perséfone, OC/ render + pintura electrónica, 4656 x 10068 px / Buenos Aires, Agosto de 2024
Es 7 de diciembre del 43 AC. El emperador Augusto gobierna Roma desde hace quince años. La Pax Romana acompaña la vida pública en todas las provincias del reino. En una playa de Atenas, el pasado griego impone sus ceremonias y rituales: los misterios eleusinos siguen honrando la liberación de Perséfone tras dejar el reino de los muertos. Aunque la vida civil se mezcla entre los legionarios, el ejercito romano se aburre frente al mar. Entretanto controlan la procesión de los iniciados. Los dirige un Magistrado, Cónsul reciente. Aquí y allá, las sacerdotisas portan vasijas y pociones sobre la cabeza: llevan semillas de salvia y hojas de menta; avena y nueces. Cerca, una veintena de centuriones borrachos juegan a las cartas; entre cerveza y cerveza insultan a las mujeres. La cebada y el olivo perfuman el viento helado del Egeo, un vapor de sal que aleja la lluvia del invierno mientras mece las embarcaciones contra el sol que se extingue.
Durante los ritos eleusinos algunos palacios permanecen a oscuras. El más importante, la sala subterránea del Telesterión, resguarda las sagradas reliquias de Deméter y una revelación, al fin el secreto que reserva la ceremonia. La mitología reproduce esta historia: Hades, el rey del inframundo, corona el secuestro de Perséfone con hambrunas helando la región. La sentencia queda fijada en un orden de alternancias. Los alimentos que Perséfone ha probado –la comida de los muertos–, le niega el regreso a la tierra del mismo modo que la recolección de narcisos adormece su voluntad al entrar al inframundo. Deméter, su madre, la busca día y noche y para eso desatiende la vida de las plantas y las semillas. Al encontrarla le propone a Zeus un arreglo justo: Perséfone podrá quedarse con Hades durante un tiempo para regresar cada ocho meses a la tierra. En tanto le permitirá poseerla cuanto quiera. Hades acepta y a ese ciclo de muerte y frío lo llamarán invierno. No obstante Perséfone volverá a la vida y a la naturaleza de las cosas mediante un espacio de abundancia y fertilidad: la primavera. Mediante estos hechos, Deméter, que también es la Diosa de la fertilidad, enseñará al pueblo los ciclos de la naturaleza y la razón de la agricultura.
Al atardecer, el Cónsul ordena a los legionarios frente al mar. Además de su labor como jefe del ejercito, su magistratura honorífica lo mantiene cerca de los rituales populares y lejos de la política. Al fin controla la aplicación de las leyes vigentes, aún cuando se trata de una comunidad que se muestra pacífica. No obstante si el cónsul se mezcla con la procesión es porque necesita ver por sí mismo la labor ritual de los iniciados. El Hierofante, un anciano sacerdote, recibe al Magistrado. Un fiel centurión y un herrero los acompañan con celo. La noche, brillante y lunar ilumina la Vía Sacra opacando las linternas de fuego. Se detienen cuando la columnata de un templo los inunda de sombras. El Hierofante desconfía del Magistrado; al fin pretor, su ancestro aristocrático coincide en un largo linaje de senadores y rígidos censores; una carrera en la magistratura de la cancelación, tal como había iniciado y terminado su carrera Lepidus, su antepasado inmediato. Pero el emperador Augusto ha desplazado la función entre tantos para atribuírsela a sí mismo. ¿Quién otro podría decidir de una sola vez acerca de las finanzas, la guerra, la política y la muerte que el propio Emperador? ¿Quién podría decidir sobre la moral plebeya, la ciudadanía plena y poner en regla a los libertos aún bajo el patronazgo de una familia patricia? El Hierofante ya lo sabe, el Cónsul no es otra cosa que un funcionario obsecuente idéntico al pretor que lo vigilará a él en Roma.
La procesión desciende hasta la Paralia. Reunidos, los iniciados escuchan a un orador mientras observan a los centuriones con recelo. De tanto en tanto ensayan sus bailes. También imitan a los soldados entre risas y bromas. En ese nocturno, las antorchas de plomo y madera muestran sus penachos de fuego. Los iniciados se mantienen a resguardo del mismo modo que lo hacen a diario con sus familias. «¡O tempora, o mores!», se le escucha decir al orador. Detrás de la llanura ateniense, los montes coronados de piedra caliza alumbran a los viajeros; la llanura achaparrada. Se hace de noche. El Cónsul pasea del brazo con el Hierofante. Magistrado y sacerdote se respetan. El Cónsul señala a lo lejos: Conoce al orador, imagino –dice. Es Cicerón, claro, contesta el sumo sacerdote.
Los centuriones iluminan la noche con ejercicios militares; golpes que retumban como piedras en el mar. El Cónsul vuelve a comentar acerca del orador: Cicerón, –dice–, no debiera estar aquí. Es un enemigo del Estado. Según mis instrucciones ésta es la cuarta visita que realiza al Ática. Por lo visto sigue discutiendo acerca de lo verdadero. El Hierofante contesta que el filósofo participa usualmente de los ritos eleusinos para luego escribir sobre sus misterios: simplemente se ocupa de la verdad. ¿Eso les molesta? Quizá, dice el Magistrado. ¡Pero de eso trata su filosofía política! Su tratado sobre la adivinación es extenso, agrega el sacerdote, pero ciertamente útil. ¿Útil? El magistrado señala el punto de vista del sacerdote: Cicerón puede escribir lo que quiera, incluso sobre la felicidad y el placer, tal como nos ha hecho saber en De Finibus. Eso no nos importa. Lo que deben saber todos aquí es que está escapando. He venido a llevarme su cabeza y con ella su obstinada defensa a Catón, su jurisprudencia griega y su oposición al Magno César. Nos ocupa decirlo: la República no descansará sobre sus opiniones, nos ha llamado arrogantes, especuladores e injustos: lo acuso de traición en nombre de Marco Antonio.
El sacerdote interrumpe al Magistrado: ¿Escapando? ¡Cicerón se ha reunido con el César en la península italiana y han hablado de literatura! El Cónsul se muestra indiferente: ya no tiene importancia, –dice–, Julio César esta muerto, Marco Antonio es el nuevo emperador y ha prohibido definitivamente sus filípicas y disertaciones. Y si con esto no fuera suficiente, recuerde que Octavio, con razón, también lo ha abandonado harto de escucharlo denunciar conspiradores. Roma quiere además un informe preciso sobre los ritos que nos ocupan aquí y ahora. Me refiero a las libaciones de cebada que usted prepara; dice el Magistrado; esa bebida llamada kykeón que despierta la revelación final.
El toro de sacrificio, cubierto de sal, parece cansado. El resto no luce mejor. El ayuno obligatorio ha mantenido a la muchedumbre reunida pero también inquieta. El sumo sacerdote detiene la marcha frente a un templo y revisa la carga. En las alforjas de las cabras, las vasijas desbordan cebada. En un impulso, como un vulgar ladrón, el Magistrado se escabulle del sacerdote. Lo amparan las sombras y los animales en movimiento. Cerca del Templo intenta forzar la entrada al Telesterión, pero la puerta no cede. Renuncia de inmediato. Robar la cebada madre parece más sencillo que intervenir brutalmente en el rito ateniense. El Cónsul entierra entonces el cuenco en una alforja. Mastica apresuradamente. El metal cubre con su perfume el fermento hasta volverlo uniforme. Saborea todo: cebada y metal, algarrobas, semillas de hibisco; miel, todo eso levanta el romano con su copa. La lengua inquisidora del Magistrado se detiene de golpe. En las alforjas sólo hay puro alimento; cereal cosechado en la costa de Ática. El brillo lunar sobre las escalinatas de mármol pentélico dibuja la silueta del sacerdote que lo observa como una aparición.
El sacerdote se hace el distraído. Político al fin, el Cónsul intenta en cambio una disculpa escupiendo a un costado. Que no se lo malinterprete. No es un criminal; tampoco un impuro: no trata de romper el ayuno sagrado de los iniciados sino de adelantar un día la ingesta de la poción; al fin una discusión sobre horarios y costumbres. Tampoco hay delito; él mismo en tanto Magistrado puede discutir cualquier aspecto inesperado con el aval del monarca. Si el rito considera la revelación de los misterios de Eleusis, el emperador querrá conocerlos de antemano tal como la palabra del magistrado es escuchada frente al senado para decidir una batalla. En cualquier caso, agrega el Magistrado, el emperador espera ansioso por la cabeza de Cicerón en una bandeja.
El sacerdote se apoya en un bastón de caña sólida. Para convertirse en elixir, dice el sacerdote, la mezcla debe ser parasitada por el cornezuelo del centeno: el kykeón. El Magistrado lo increpa: Cicerón sabe eliminar sediciosos tanto como impuestos abusivos, pero Roma necesita saber si ese mentiroso conoce los secretos del cornezuelo, el hongo que altera la mente de los hombres. No trate de engañarme, agrega el magistrado: la Puerta de Plutón ha matado más centuriones que el pozo que ustedes veneran aquí, dice. Hombres, perros, toros y pájaros han muerto de inmediato al trasponer la cueva sagrada. Y usted deberá saber también ese secreto porque ningún sacerdote ha muerto ahí hasta el momento.
Todo saber es una reminiscencia, contesta el Hierofante. Aprender es recordar. El plutonio de Hierápolis esconde el aliento de Hades y ese viento mortal repara el humor de los Dioses. El Cónsul escucha con interés. Platón razona la construcción del mundo como una estrategia de lo viviente. Y no es otra cosa que la providencia de Dios: lo bueno y bello existirá eternamente. Pero también hay una copia: aquello que deviene y nunca existe plenamente. Y ese misterio platónico, tan bien descripto por los poetas es el que nos reúne ahora. ¿Está citando a Homero? –pregunta el Cónsul. Sí, dice el Hierofante. Y también a Hesíodo. Egipto sabe de estos ritos, también. La agricultura es la razón primera que ordena estos misterios. Y la eternidad.
El Cónsul va al hueso: ¿Entonces no hay muerte alguna? No, dice el sacerdote. Hay un ciclo, un cambio de estado. De eso trata el saber que nos ha confiado Deméter al encontrar a su hija en el pozo. Los misterios de Eleusis son milenarios. Saberes de nuestros vecinos del Nilo. La agricultura, la administración del agua y el curso del fuego no son sólo manifestaciones de la magia. Son fuerzas del tiempo, del pasado, y establecidas una y otra vez por todos los reyes sin excepción; en algún momento esos misterios serán cancelados como éstos que nos congregan aquí estos días. Probablemente sean reemplazados por otras ceremonias, algunas mayores y aún menores. Aquí se trata de la vida eterna.
Bajo la luna, el centurión mantiene desde hace rato aprisionada a una doncella. Se ayuda con su armadura. Cerca, el herrero manipula su espada amenazándola. El Cónsul los detiene con una seña. El soldado sabe de antemano que debe regresar a la playa y cumplir de inmediato una orden de Roma. No se trata tan solo de la advertencia de un magistrado. El centurión sabe que cuando los Dioses encuentran a los hombres sin conducción pueden derrumbar la tierra mediante un cataclismo como ya lo han hecho con la Atlántida.
Ya es noche cerrada cuando el Magistrado envía al centurión a la playa. El herrero lo acompaña afilando su espada. A solas, el Magistrado reflexiona sobre las palabras del Sacerdote: Dios crea seres vivos, pero las cosas parecen separarse unas de otras: ¿Esa es la eternidad en todo caso? El Hierofante no hace público su pensamiento. Lo inquietan otras decisiones: que un Magistrado discuta los asuntos de un rito para llevarlos hasta el senado y hacerse oír ante el Emperador. El centurión y el herrero regresan presurosos. Traen una bandeja sangrienta con la cabeza de Cicerón, y su mano derecha. También cerveza. El sacerdote se inclina sobre la cabeza del filósofo y revela la palabra de Platón: morimos para volver a vivir en otro cuerpo; ese es el verdadero triunfo sobre la muerte. El centurión escupe sobre la bandeja; el Cónsul se muestra satisfecho. Ese Cicerón ya no podrá darle amnistía a nadie, –dice–, el pueblo romano no le pertenece. Fulvia sabrá entonces qué hacer con esa cabeza para deshonrar a su esposo Marco Antonio.
El herrero, inmóvil, se arrodilla en la arena. El Magistrado lo despide con indulgencia: No temas, –le dice–, tu alma empobrecida encontrará su destino al morir, del mismo modo que le ha sucedido al infeliz de Cicerón; tu plenitud es escasa, quizá nula, pero todo alma es inmortal: sólo estamos momentáneamente encerrados en un cuerpo. El Hierofante interrumpe al Magistrado: esto no objeta la muerte, –dice–, es solo una justificación de la vida. Debemos morir para vivir en una realidad final distinta. Así son las cosas.
A la madrugada, la procesión duerme en la playa. El Magistrado ordena al Hierofante iniciar el rito de mezcla para obtener la poción mágica. La operación establece una parte de cebada, bulbos, y flores, y otra de hiedras y menta hasta conseguir una amalgama densa y tan opaca como la noche y la brea. El Cónsul observa el procedimiento con ansiedad: el misterio está encerrado dentro de esa caña hueca que el Hierofante utiliza de bastón. Las palabras, las imágenes fantasmales, el rito entero, descansan en el interior de esa vara repleta de semillas, hierbas y flores; en los bulbos que embriagan la cebada para impulsar el secreto del culto y la suerte de la ceremonia: el sol y la luna brillando a un mismo tiempo bajo la noche; las mujeres bailando entre las flores en equilibrio y la palabra enrarecida de toxinas. Un grabado en el cuenco muestra a Perséfone en el reino de la muerte. Al finalizar, el sacerdote sirve una medida en la copa del Magistrado y otra en la del centurión.
Luego de beber, el fermento puro quiebra la resistencia de los romanos del mismo modo que el vino griego intoxica a Polifemo. Al cabo, el centurión se echa al piso sin fuerzas. El Magistrado no está mejor que él. Embriagados, una serie de alucinaciones cubre de locura el dialogo de los hombres. El Cónsul exige conocer la revelación más importante: ¿Cuál es el tesoro del Telesterión?, reclama el magistrado. Pero el Hierofante, sin levantar la vista del kernos, no contesta. El Cónsul intenta ponerse de pie amenazante; su mirada, en cambio, no parece reflejar otra cosa que su propio trastorno. Trata de mantener su cuerpo erguido como si además sostuviera el peso ensombrecido de la República. El centurión apenas balbucea incongruencias. Cada tanto acomoda su armadura de tal modo que la ferretería le permita sostenerlo por sí misma. El Cónsul inicia otra pregunta aún tan delicada como la anterior: ¿Qué hay de cierto sobre los escritos de Pitágoras guardados en Egipto? ¿Cuánto oro pagó Platón por ellos? ¿Dónde están? Frente al silencio, el magistrado ruega por más bebida. El Hierofante no se apura, diestro, aliviana las botas del romano; la armadura del centurión. Sedientos se arrastran hasta el cónsul. El sacerdote inclina entonces la vasija sobre los labios de los romanos quienes beben el resto del kykeon sin otra pausa que la que impone el sacerdote. En el delirio, el Magistrado considera todavía otra pregunta, pero ya no puede recordar sus propias palabras salvo un extenso relato de semillas y hongos alrededor de una doncella dormida.
Al cabo, los romanos han perdido la conciencia aunque ese estado de ensoñación no sea otra cosa que la comprensión de una realidad infinita y perdurable mucho antes que puedan entenderla como un hilo de sucesos misteriosos. Experimentan los episodios de muerte que sus ancestros han grabado en su memoria para conferirles la vida eterna. Ese es el trance. El Hierofante, sin oposición, recuesta al Cónsul sobre el soldado, y con su propia espada, atraviesa los dos cuerpos de una sola vez.
El sacerdote se aleja presuroso hacia la costa. Reconoce el fuego en la playa, un resplandor vívido que recorta el cielo de la Vía Sacra. Las llamas, acaso, no son otro gesto que la luz de la vida alejando el inframundo de la Hélade. El fuego puede conseguir por sí mismo incluirlos en la vida y alejarlos de la muerte. La procesión ha dado cuenta del toro que se cocina entre las brasas de una embarcación en llamas; rompiendo el ayuno bailan embriagados alrededor de las sacerdotisas y los cuencos vacíos de cebada. El kykeon muestra ya con su macerado las mejoras de su fermento poderoso. Desnudos, se muestran repletos de felicidad. Apelan a su memoria mientras revelan las condiciones del trance. Iniciados y centuriones se mezclan en el vapor del vino prohibido en una consistencia narcótica que los extravía por la isla.
Hace calor y el vapor de sal parece alejar las lluvias aún más. Las llamas, en tanto, avanzan sin respiro. La isla entonces se enciende por completo. El Hierofante entiende al fin que esa vasta huella de fuego cuya altura supera la techumbre de todos los palacios de la Acrópolis es la razón de un objeto sagrado aun mayor: lo que arde no son leños, sino el templo mismo de Deméter, los subsuelos del Telesterión y dentro, todos los secretos sagrados de Eleusis. Ya no habrá tiempo para más nada que no sea huir. El Hierofante lo hace montando una cabra cuyo delirio lo guía por el monte tras el horror de las llamas. La procesión, dispersa, muere entre el fuego y el mar mientras los centuriones se dan muerte unos a otros sin poder comprender sus propios actos salvo como la obligación de una nueva batalla imaginaria contra los bárbaros.
Nota: La historia consignará otro argumento: el Telesterión fue saqueado y desmantelado por los cristianos, –del mismo modo que hizo Roma con Egipto para erigir sus propios templos y doctrinas– dejando ruinas y muerte en las costas del Ática durante una invasión en 396 d.C, tres siglos después de los sucesos relatados en este texto.
Oscar Carballo, [Mar de la China] / Agosto de 2024