
Impluvium, ® / Oscar Carballo + prompt IA + pintura electrónica: 2136 x 4459 Px. Marzo de 2026
La historia suele conservar especialmente aquellos argumentos y discursos que pasaron convenientemente por las manos del poder. Las sátiras de Juvenal son un buen ejemplo. También los textos de algunos poetas, como Ovidio y Virgilio. De este modo, conocemos los oficios y las artes, la jurisprudencia y las batallas, la medicina, la arquitectura y, por supuesto, aceptamos una determinada moral: las costumbres fueron dictadas como mandamientos. Esa es la razón de su persistencia en el tiempo: su aprendizaje. Si poco sabemos de algunos detalles mundanos, es por la inconveniencia de su verdad. Mientras la realidad se fragua mediante especulaciones, los hábitos peculiares de la Roma antigua quedaron documentados profusamente.
Los romanos tomaban con abundancia. Quienes servían diligentemente eran esclavas y cautivas. Al tiempo que las servilletas fueron obra y gracia del gran Leonardo para cultivar la mesa de Ludovico, su señor, los antiguos romanos —plebeyos, libertos y clientes— comieron posiblemente en grupos de varones y con las manos; en ocasiones, sobre manteles individuales: el utensilio tenedor es una invención del Renacimiento veneciano. Las buenas y malas costumbres —como vemos, una moral— cobraron relevancia cuando herramientas y artificios progresaron en sociedad. Ante las severas condiciones exigidas por Beatrice en la corte renacentista de los Sforza («si ha de vomitar, ha de abandonar la mesa, también», razonaba), compartir una comida entre mujeres y hombres fue una práctica impuesta por otra mujer: Catalina de Médici. Enlazadas en una misma prédica, vale decir, morigerar los modos medievales, hoy insostenibles, buscaron establecer cordura y, desde luego, refinamiento.
Las tabernas de la antigua Roma intermediaban el trato social. Las doncellas, sin descanso, llenaban de cerveza y vino los cuencos de los comerciantes. Los platillos se mostraban vulgares y grasos. Aunque la dieta aristocrática era eventualmente proteica, tampoco era especialmente sabrosa. Roma consumía algunas carnes: eminentemente pescados, pero también corderos y cabras. Texto indistinguible por sus agregados y enmiendas durante siglos, el aristócrata Marco Gavio Apicio publicó en De re coquinaria sus barruntamientos gastronómicos durante la antigüedad. Su recetario extravagante y sobreelaborado da cuenta de una serie de comidas como el aparentemente delicioso lirón relleno, animal que mantenían vivo y engordando hasta que un patricio —un ciudadano pleno de derechos— lo encargaba en un mostrador para su cena. Las esclavas retiraban al lirón de un cofre particularmente agujereado —el glirarium—, vivo y pataleando hasta la muerte. Interesa recordar que el recetario de Apicio, con sus extraordinarias sugerencias y su combinatoria particular de especias y cocciones, va a formar también, del mismo modo que el Códex Romanov de Leonardo, el gusto particular del Renacimiento.
La antigua Roma y el Renacimiento son dos discursos distintos que se vinculan armoniosamente. No fue sino lo estético, como relevancia de la belleza, lo que permitió a los artistas registrar los sentimientos de las clases dominantes, relacionando el orden y la armonía con sus episodios y costumbres. Occidente, acatando estrictamente la visión platónica, se volvió necesariamente arqueólogo de su propia cultura. Entretanto, saqueó impiadosamente sus recursos, apropiándose con reservas de los registros del amor clandestino. Y, en efecto, las tabernas postularon un marco apropiado a tal fin. La Roma antigua estableció la vida pública en teatros y coliseos, en foros y atrios, pero también desde sus calles estrechas repletas de comerciantes. Entre las voces altisonantes podían oírse los rumores más interesantes. Fruto de aquello intercedido por las profetisas, consignaban el éxito o la derrota en las batallas, y alguno que otro favor desconocido pedido con unción a los dioses. En tanto, los corrillos populares esparcían sin medida los secretos de sus mandantes: los amores clandestinos.
Las semillas fermentaban las bebidas sobre el mostrador romano, un artificio técnico que a diario decidía la suerte de esclavas y cautivos: eran destinados a participar en las villas lujosas del Miseno, puerto de la flota romana: bacanales que duraban hasta bien entrada la madrugada. Se trataba, además, de una práctica corriente entre hidalgos, senadores y magistrados. Naturalmente, los siervos completaban el festín junto a animales exóticos. Las frutas frescas nativas (uvas, aceitunas e higos) decoraban las orgías junto al vino. Los frutos extranjeros, como los dátiles, mostraban el gusto exótico de la sociedad romana por los productos obtenidos del comercio exterior. La noche romana, mediada por el vino, aseguraba un trance cuyo misterio se concentraba en el mismo culto: al fin y al cabo, la sociedad bebía junto a los dioses bajo el mismo rito. La Casa de los Misterios, en Pompeya, prácticamente intacta, muestra en un friso escenas dedicadas a representar el ritual de iniciación dionisíaca.
Los esclavos, normalmente extranjeros dominados, pobres o comercializados como botín de guerra, no tenían derechos. Los libertos y los clientes gozaban, en cambio, de ciertas excepciones, aunque tampoco podían ocupar cargos políticos, incluso cuando, luego de su liberación, se hubieran convertido en ricos comerciantes. En todo caso, tenían derecho sobre los cautivos y, respecto de una esclava, eventualmente podían hacerla su esposa; vale decir, tornarla liberta.
El amor furtivo persistía, escondido en los rumores y en las fiestas que la aristocracia celebraba sin sanción alguna de la ley. El deseo y la posesión de las mujeres esclavas se convirtieron en una puja romana que pudo observarse también en las calles de toda la península. Militares y pretores, aristócratas y plebeyos, gozaron del afecto de las doncellas empobrecidas. Cualquiera podía comprarlas y venderlas y, desde luego, poseerlas. Los traficantes de esclavos las ofrecían públicamente. El neoclasicismo ha documentado algunos de estos escenarios. Las fiestas plebeyas del vino y las flores —esta última dedicada a la fertilidad— establecían bacanales que duraban varios días y en donde participaban ediles, esclavas y libertas, estas últimas a riesgo de perder sus ya escasos derechos sociales. Las trabajadoras sexuales participaban en estas celebraciones, junto a mujeres del culto de Afrodita.
Tras la erupción del Vesubio, las pinturas sepultadas en las estancias patricias del golfo de Nápoles revelan los registros originales de ese mundo que aún nos asombra: el retrato del instinto y el gusto sexual, temario que el neoclasicismo recuperará en el siglo XIX, habida cuenta de su estudio pormenorizado. El academicismo copió las posturas, los alimentos y el lujo expuestos; los gestos, el vestuario y la decoración de las estancias. Rubens, Poussin y David, por citar unos pocos, resaltaron las escenas aportando una voluptuosidad ficticia sobre la moral que retrataban.
El academicista italiano Próspero Piatti (1842-1902) muestra copiosamente estos aspectos en Catón en las fiestas florales de Roma, un óleo sobre tela de gran formato. La curiosidad de esta obra es la ubicación del censor Marco Porcio Catón en la composición. Hay quien postula que pareciera estar en medio de una discusión mientras busca retirarse del lugar. De un modo u otro, en primer plano, vemos una escena de animales domésticos y mujeres desnudas, enjoyadas y en éxtasis. La celebración desarrolla un rito oficial romano dedicado a la diosa Flora en agradecimiento a las bondades de la cosecha. El plebeyo romano, y aun los libertos y libertas, asistían a tales degustaciones con recelo. Conocían perfectamente las condiciones a las que se someterían. Aunque se trataba de festejos abiertos a toda la comunidad, en la práctica podían convertirse en reuniones privadas y aun secretas. Aunque la exclusión de las esposas de los ciudadanos poderosos y de menores (individuos hasta los veinte años) estaba garantizada en el culto, en el año 186 d. C. el Senado prohibió la promiscuidad de tales celebraciones, especialmente en referencia a la condición jurídica de los intérpretes. Luego fueron acusados de estupro. Las pinturas pompeyanas, frescos en su gran mayoría, decoraban los salones de la clase alta pompeyana —una élite profundamente sexualizada— a propósito de una serie de convicciones que, a su favor, no consideraba los cuerpos como una realidad negativa.
Más tarde, el academicismo europeo evitó los falos y las cópulas que la pintura romana exhibía coloridas en sus frisos. Revela un pacto de decencia y cautela antes que un juicio sobre lo que profundiza. La práctica sexual colectiva era acaso la única actividad que propiciaba mezclar a la nobleza y la clase política con extranjeros, esclavos y libertos. Los murales pompeyanos muestran en detalle, y a tal fin, relaciones y posturas no solo como decoración, sino también como ilustración y didáctica de aquello que debía aprenderse y formaba parte de su propia cultura.
Llegado el Imperio, y mientras los plebeyos consiguieron cierta consideración política, los esclavos y esclavas romanos mantuvieron una desigualdad social definitiva en toda la península itálica, arrumbados en colonias y ciudades sin derechos, cosa que prosiguió aun hasta el final del período, aunque con reservas. Nada de esto consiguió devolverles el viejo derecho romano, un orden decididamente reservado a la aristocracia y a la política. Proscritas las prácticas extranjeras, especialmente los cultos griegos, Roma dedicó parte de su legislación a castigar hasta la muerte a homosexuales, cautivos, esclavas y doncellas libertas que, bajo la antigua práctica de las fiestas dionisíacas, mantenían en secreto su pasado promiscuo e inmoral.
Pompeya y Herculano quedaron sepultadas el 24 de agosto del 79 d. C., luego de la erupción del monte Vesubio durante un solo día. La descarga volcánica continuó otras dos jornadas. Las nuevas capas de ceniza solo agregaron sepultura sobre dos mil personas que aquel día aún dormían desprevenidas. Entre sus restos conocemos hoy su moral y sus objetos, sus pinturas, sus gestos, su alimentación. Antes de la rapiña y la arqueología oficial de los siglos XVII y XVIII, quien documentó la tragedia fue Plinio el Joven, un orador principiante que trató de llegar hasta el puerto de Campania buscando entre los sobrevivientes a su honorable tío, el prefecto Plinio el Viejo. Sin suerte, la noche siguiente regresó al puerto del Miseno para relatar en forma epistolar los acontecimientos vividos durante los días previos: temblores y derrumbes inquietantes. Dado que la región conocía perfectamente estos episodios tectónicos, la mayoría abandonó el lugar temiendo un nuevo terremoto, el verdadero enemigo que aún recordaban por su paso en el año 62. Plinio el Viejo, al observar la erupción del Vesubio, en vez de ponerse a salvo, alistó un barco de ayuda, acercándose a las ciudades por detrás de la bahía.
El tiempo y las cenizas preservaron de tal modo la tragedia que los registros se volvieron indisolublemente exactos. Los cuerpos orgánicos crearon burbujas de aire, huecos visibles que retrataron el final vivo tanto de pompeyanos como de herculanos. No solo huecos quedaron bajo las cenizas de las antiguas ciudades. Aunque la erupción del Vesubio derrumbó buena parte de las dos ciudades —tejados y muros bajo metros de ceniza piroclástica—, el evento geológico protegió también las viviendas mejor construidas. Hoy podemos advertir las estancias patricias y sus modos de organización: las recámaras de los esclavos, diferenciadas de los espacios de sus amos; espléndidas mansiones; tabernas y posadas, estanques y bares, establos, jardines y atrios. Aquí y allá, múltiples viñetas, pinturas didácticas; frescos deslumbrantes.
Plinio el Joven retrató la violencia de la jornada. Sentado con un libro en el patio de su casa romana, permaneció en silencio junto a su madre hasta que el cielo mostró una forma de crepúsculo. Escaparon juntos porque nada parecía estar seguro dentro de la ciudad siquiera. La gente «corría en tropel, estrechándonos, empujándonos y apelando a lo que en el terror sirve de prudencia; cada cual no creía nada más seguro que hacer lo que veía en los otros». Aunque, al llegar al mar, vio profundas lenguas de fuego crepitar en el horizonte opuesto a la playa, Plinio el Joven relató la erupción del Vesubio creyendo erróneamente que se trataba de un terremoto. Tomado de la mano de su madre, a quien no abandonó, una nube negra envolvió por completo a la isla de Capri hasta hacerla perder de vista. Cuando todo fue tinieblas, lamentos y desgracia, las cenizas sepultaron mansamente a la muchedumbre. En ese tránsito desesperado, Plinio el Joven descreyó asimismo de las noticias que llegaban todo el tiempo a sus oídos: «terrores imaginarios y quiméricos que daban cuenta de que el puerto del Miseno había desaparecido».
El presagio de la tragedia —lo espeluznante de aquella historia— establece a priori aspectos de lo inasible. Plinio el Joven estaba demasiado lejos para entender los verdaderos sucesos que ocurrían sobre Pompeya y Herculano. Explosiones de lava y ceniza cubrían veinte kilómetros sobre las dos aldeas. Nunca conoció el sonido sibilante de la lava descendiendo por la ladera del volcán. Acaso haya percibido un cambio leve de temperatura, cierto temblor en el aire, el ligero desprendimiento de materiales orgánicos, la agitación de las alas de un pájaro, la muerte súbita de algún otro animal, el grito encadenado, lejano e inexplicable, de los primeros cuerpos en encontrar la muerte. Plinio el Joven regresó a su casa y escribió los hechos observando la ciudad oculta bajo un inexplicable manto de ceniza. Sin saberlo, hacía ya un día que la erupción del Vesubio había terminado con la vida de su amado tutor, el militar y escritor Plinio el Viejo.
Durante una serie de excavaciones recientes en Herculano fue encontrado el esqueleto de una mujer con una pulsera de oro en su mano. Una inscripción grabada dice: «del amo para su esclava». Acaso una promesa; quizá, una amenaza. En Pompeya, las paredes de las tabernas estaban llenas de inscripciones anónimas. Algunas de ellas daban cuenta de la rivalidad plebeya por quedarse con los favores de las cautivas. Las inscripciones constatan diálogos y amenazas. Dado que cada uno y cada cual conocía las preferencias de los otros, las inscripciones anónimas dotaron a la historia de un registro epistolar único: la declaración de un deseo privado; una puja de poder entre contendientes, incluso enamorados.
No hay evidencias de que esclavos y esclavas hayan tenido oportunidad alguna de expresarse contestando las preferencias de comerciantes y amos, inscriptas en las paredes: la mayoría de los siervos no sabía leer ni escribir. Las advertencias les eran invisibles.
Trabajos arqueológicos recientes descubrieron cuerpos nuevos en forma de burbujas de aire; poquísimos en forma de esqueleto, a salvo de la ceniza incandescente. El Jardín de los Fugitivos reúne trece individuos huyendo del lugar, posiblemente vencidos por los gases venenosos que los mataron en minutos. De las cautivas apenas conocemos sus objetos mínimos, encontrados curiosamente cerca de las estancias de sus amos. De estos, conocemos sus monedas de oro y plata, perlas y orfebrería personal. No obstante, las expresiones de unos y otros son similares: se cubren la cara con las manos y aun con su ropa ante la inminencia de la muerte; un resto de educación.
Oscar Carballo, Buenos Aires, marzo de 2026