#ISSUE 63 / Año V / Agosto de 2025

El temperamento político

Invenciones y rituales en la Italia de Mussolini

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por Oscar Carballo/

El temperamento político Invenciones y rituales en la Italia de Mussolini

«Il sogno del Capitano Rosso», Oscar Carballo_© / IA + Pintura electrónica_[10221 x 4656 px] Buenos Aires, Julio de 2025

La figura de Benito Mussolini —su beligerancia, su verba encendida y su vértigo; la teatralidad de sus discursos y reacciones, y el sentido patriótico que inflamaba su voz— se asienta en dos pilares fundamentales: su temperamento político y una influencia excluyente: el escritor, periodista, militar y político italiano Gabriele D’Annunzio. No obstante, es necesario aclarar que no es el poeta quien inventa el fascismo, sino el fascismo quien incorpora su ideario. Por tanto, es la obra de D’Annunzio la que construye los rituales heroicos que tanto llaman la atención a la sociedad continental. De hecho, es leído en toda Europa: interesa su postura y su estética. Es sensualista, simbolista y también pagano; estudia atentamente a Nietzsche. Entre sus obras, D’Annunzio trabaja dos textos bajo una misma idea: Il trionfo della morte, una novela publicada en 1894, y un trabajo en prosa, Contemplazione della morte, ya en 1912. Pero D’Annunzio no solo seduce con palabras. En 1919, mientras lidera al nacionalismo italiano, sale victorioso en la Primera Guerra Mundial venciendo al ejército austríaco. Se trata, acaso, del mismísimo líder de su época: el Duce D’Annunzio. Mussolini, quien al mismo tiempo abandona el socialismo con virulencia, adopta sus rituales y su metodología. Años más tarde le exigirá al rey de Italia una condecoración mayor a sus hazañas y lo proclama Príncipe de Montenevoso. De este modo, la aventura de Mussolini se asienta en un ultranacionalismo totalitario, un super fascismo que, a espejo de las inquietudes de aquel poeta decadentista, obra durante veinte años en el poder.

Vale advertir, además, que la llegada al gobierno de Mussolini en Italia coincide con las secuelas de la Primera Guerra: una economía liberal derrumbada y un parlamento que necesitaba soluciones tan urgentes como imposibles de ofrecer. En tanto la clase política italiana duerme, un puñado de fascio desfila su prepotencia frente al Palacio del Quirinale. La «Marcha sobre Roma», iniciada el 28 de octubre de 1922, deja atrás el fervor obrero socialista —el mismo que el propio Mussolini había agitado en el pasado desde el periódico Il Popolo d’Italia— para denostar al conjunto de la clase política. Aun en ausencia, los guía Benito Mussolini, un intelectual que, mientras revisa dramáticamente su ideología, redirige su extremismo de izquierda hacia una derecha opuesta y radical. El movimiento que impulsa —una fuerza marginal con menos del 10 % de representatividad parlamentaria— se aprovecha de aquella legislatura que al fin lo subestima para proponer, mediante un plebiscito nacional, un cambio dramático de timón político. Mussolini se abastece de la inacción política tanto como de una inquietud civil. Ambas lo llevan hacia el poder. En ese escenario, el rey Víctor Manuel III parece burlarse de la historia, acompañando con permisividad los acontecimientos de la marcha fascista: «son apenas 20.000 camisas negras», dice.

Mussolini se nutre de tales sentimientos heroicos. Ese conjunto de hombres encendidos de patriotismo —anticlericales en ocasiones, militaristas, antisocialistas y profundamente italianos (algo que el fascismo va a arrogarse para sí)— lo ayuda definitivamente a sostener el rumbo contra viento y marea. Pareciera vengarse de sus antiguos correligionarios, quienes en el pasado lo expulsan del Partido Socialista. El hombre nuevo que refiere —el de D’Annunzio y el de Nietzsche— es objetivo, moralmente fuerte, intelectualmente superior y autosuficiente. La burguesía acepta el ideario: necesita urgentemente enfrentarse con claridad al socialismo que se presume ruso. Lo hace sin dejar de observar a la clase media italiana, que parece permitir la subsistencia de un proletariado que se pretende revolucionario. No obstante, dado el momento crítico del mundo, burguesía y clase media coinciden también en su confusión. El socialismo —denuncian— es el garante de una igualdad que, en manos de un Estado injustamente benefactor, solo los beneficia improductivamente. Un punto cívico mucho más alto que el polémico aceite de ricino que la oposición denunciará como método y adoctrinamiento.

En esa exaltación moral inyectada de posguerra y valores patrios, la sociedad italiana queda encandilada con el Duce. El capital industrial apoya su convicción con armamento, los liberales aportan consenso y no son pocos los intelectuales —tal el caso del futurista Marinetti— que se acercan a su novedad. Las escuadras militares, la música heroica, los blindados en formación y el orden marcial encierran una belleza emotiva, un sentimiento bélico que los contagia a obrar. Mussolini, entonces, propone algo clave con lo que enfrentar a sus oponentes políticos: la conquista de territorio, una cita clara de la Roma imperial, al culto de sus dioses paganos; al fin, los valores guerreros proclamados por Gabriele D’Annunzio. El Duce anula así el Parlamento italiano, criminaliza huelgas y mitines políticos, proscribe sindicatos y usa la fuerza del Estado para mantener a la población bajo amenaza. Las turbas fascistas incorporan el saludo marcial. En esa lujuria, Mussolini crea una serie de guerras mediterráneas y, ya en 1936, una nueva república: el África Oriental Italiana, una posesión variopinta a nombre del rey Víctor Manuel III, un monarca que, en tanto mantiene el cetro de Italia, gana un nuevo fervor como inesperado emperador de Etiopía, algo que el propio D’Annunzio celebrará también.

Mussolini gobierna a su antojo y mantiene una administración eficaz, aun cuando, en junio de 1924, el asesinato de su principal opositor, Giacomo Matteotti, líder del Partido Socialista, despierta a la opinión pública y el Parlamento pide su remoción. Mussolini absorbe estas y otras embestidas mientras dirige la nave con un pulso fuerte y decidido. Entonces Adolf Hitler comienza a prestarle atención. Al fin de cuentas, mantienen proyectos y ambiciones similares. En 1936, la constitución de un frente bélico común —Alemania, Italia y Japón— postula también un mismo sueño imperialista: la expansión y la anexión. En esa desmesura, el Eje domina durante seis años la agenda política global. Japón, buscando unificar un imperio en el sudeste asiático; Alemania, ocupando Europa hasta la Unión Soviética; e Italia, anexando territorios desde los Balcanes hasta el norte de África. Se trata de reducir territorios y culturas en nombre de una clase objetivamente más fuerte y heredera de un hombre nuevo, potente y luminoso, un hombre que Alemania interpreta particularmente como nietzscheano. La Segunda Guerra lleva a Europa a la miseria.

En julio de 1943, la entrada angloestadounidense en Sicilia pone en alerta a la cúpula del Gran Consejo Fascista. Las deliberaciones son urgentes. Mediante un golpe de Estado, vetan a Mussolini como jefe de gobierno, instalando al general Pietro Badoglio en el cargo. Buscan, en un último gesto de redención, impedir la caída directa del Duce. Aunque la remoción considera también su arresto, el rey Víctor Manuel III esconde al dictador en los Apeninos y desaparece al mismo tiempo. Mussolini queda aislado en el Hotel Campo Imperatore, un centro deportivo en la montaña del Gran Sasso d’Italia. Las promesas de Mussolini se han desvanecido junto al derrumbe de la Alemania de Hitler. Italia está hambrienta y económicamente en colapso, pero fundamentalmente desorientada. Aunque en ese avatar los aliados ya controlan la mitad del país, el Gran Consejo Fascista teme de igual modo al comunismo: los partisanos hace rato que devuelven golpe por golpe la maltrecha estructura política del gobierno. En pocos meses, Mussolini quedará confinado dos veces. La primera, a manos del gobierno de Badoglio; la segunda, por decisión del mismísimo Führer.

Atrapado —el Campo Imperatore es un cuartel de reclusión—, Hitler decide rescatarlo. El reemplazo de Mussolini en el gobierno considera sin ambages una captura política, y sus consecuencias son también militares. Alemania lee correctamente la situación: el gobierno encabezado por Pietro Badoglio responde a los aliados, aun cuando lo que parece buscar a toda costa es evitar la capitulación de Italia. Los aliados, en cambio, necesitan a Mussolini como moneda de cambio para ganar la guerra y llevar a los jerarcas fascistas a una corte. Si alguien lo reclama frotándose las manos es el mismo general Eisenhower. Hitler, cercano a la desesperación, necesita proteger a su socio para mantener sus políticas activas. El rescate de Mussolini no responde a un plan humanitario. Las SS nazis buscan al Duce y lo encuentran en los Apeninos. La operación de rescate lleva una planificación sencilla. Sin demasiados riesgos —salvo el área encrespada del macizo de los Apeninos (los alemanes ya ocupaban militarmente el norte de Italia)—, un pequeño batallón de paracaidistas y planeadores de la Luftwaffe, organizados por el general Kurt Student y el comandante Otto Skorzeny, rescata al Duce cerca de las dos de la tarde del 12 de septiembre de 1943. Pero Mussolini era un hombre retenido simplemente en una habitación de hotel. Aunque el gobierno de Italia había advertido que se trataba de un prisionero protegido, la guardia de carabinieri colabora, deponiendo cualquier atisbo de lucha. Para dar testimonio de tanta mansedumbre, el episodio es registrado con unas cuantas fotografías, tal como si se tratara de una pacífica convención política.

No obstante, es el principio del fin del Duce. Protegido por las SS, Mussolini es llevado a Wolfsschanze (la Guarida del Lobo), el cuartel militar nazi oculto en los bosques de Masuria, en Polonia. Allí, en un búnker instalado entre barracas, alambres de púa, una central eléctrica, campos minados y una poderosa estación antiaérea, lo espera ansioso el Führer. Es difícil pensar la ingenuidad del Duce, pero, aun formado como periodista y sociólogo, parece creer que hay un destino posible anudado en las manos sangrientas de Hitler. Al fin son dos guerreros. El Duce lo abraza. Está a salvo, pero hay que ponerse a trabajar. El destino que le prepara el Führer es la creación inmediata de una fantasía: la proclamación de un enclave en el norte del país: la República Social Italiana; la República de Saló. Sin perder tiempo —la orden de Hitler incluye todas las directrices militares y políticas posibles—, Mussolini vuelve a declararle la guerra a los aliados. Parece una broma o, bien, la decisión de un hombre aturdido antes que acorralado. El nuevo Estado fascista, apenas apoyado por el Frente Oriental alemán, será sin dudas un gobierno títere con fecha de vencimiento. La gran Italia de Mussolini concluye, paradójicamente, en un país minúsculo y ficticio situado en algún lugar de la región de Lombardía.

La República de Saló no es mucho más que un cuartel alemán. Similar a un Führerbunker, Mussolini está confinado a una suerte esquiva. En apenas una decena de días de abril, el Duce pasa de visitar Alemania a buscar escapar de Italia. Observa, no sin razón, que los cuadros militares italianos entrenados en la Wehrmacht están dispuestos tácticamente para defender al Führer. El escape a un sitio indeterminado de Suiza —un país neutral que no aceptaba dirigentes fascistas— apresura la caída de Mussolini. Son los partisanos de la Brigada Garibaldi quienes, apenas cuatro meses antes del final de la guerra, buscándolo, detienen un convoy de retirada de la Luftwaffe el 27 de abril, cerca del lago Como.

Los rojos, apoyados por los aliados, imponen condiciones a los alemanes, que se muestran interesados en retirarse de la región. A tal fin, solo deben «entregar a los italianos» que viajen con ellos. Parece simple. Los jerarcas nazis aceptan. Se trata de una treintena de vehículos que transportan, piensan, oro en lingotes, joyas, dinero en efectivo; fortunas diversas incautadas en operaciones conocidas en la Alemania nazi para solventar sus campañas de guerra y conquista. La comitiva de soldados y dirigentes no parece esconder tal riqueza material. Los partisanos, del mismo modo, muestran interés en otra cosa. Buscan al Duce. Revisan con parsimonia. La aldea es mínima y el paisaje bucólico; el convoy parece detenido para siempre a orillas de un lago. Los partisanos negocian la entrega de italianos; los alemanes bajan de sus blindados, pero cada uno y cada cual parece hacerse el desentendido. Aun rodeado de soldados que lo cubren, Mussolini está solo. Apenas lo acompaña una mujer: Clara Petacci, una joven instruida que, aunque pudo haberse salvado, elige mantenerse al lado del líder en completa fidelidad. El Duce —y Claretta lo sabe— tiene decenas de amantes, que en ocasiones alterna con ella el mismo día. Pero es Claretta quien sabe guiarlo en su desconsuelo, un sentimiento que ya lleva varios meses derrumbándolo. El guerrero, el héroe fascista, necesita también de una mujer para sobrevivir. No parece una virtud expresa del amor. La fidelidad de Clara Petacci está hecha de admiración; también, indubitablemente, de celos y pasiones. Todos conocen en Italia la relación entre Mussolini y Claretta. También Rachele Guidi, su segunda esposa, un vínculo que le otorga una profusa descendencia de cinco hijos. Pero el Duce no parece preocupado. Los amantes se han mostrado siempre juntos en la misa dominical, para luego encerrarse, ardientes, en una alcoba romana que permite ver el balcón de los discursos políticos del líder italiano. El Palazzo Venezia es el marco de la imagen mítica del Duce y sus apariciones públicas; la plaza de las arengas encendidas a la multitud. Lejos de allí, en el convoy alemán, disfrazados, ocultos entre billetes y lingotes imaginarios, viajan nuevamente juntos. Él, vestido de soldado alemán: chaqueta, ametralladora y birrete; ella, vestida de cónsul española.

La comitiva logra eludir la requisa, pero por poco tiempo. Al llegar a Dongo, durante una segunda inspección, Urbano Lazzaro, un insurrecto apodado Bill, lo reconoce y, ante su sorpresa, lo arresta. Para preservarlo —son muchos quienes quieren detener al Duce vivo o muerto—, es llevado a Giulino di Mezzegra, una pequeña aldea cercana, siempre en Lombardía. Lo custodian con celo, esperando instrucciones. Quizá el Duce negocie su vida de algún modo. La inminente muerte de Clara Petacci puede verse en cambio, como un error y un exceso de fanatismo. El propio Mussolini había evitado que su esposa y sus hijos subieran al convoy para escapar. En ese acto deliberado, sabía que podía morir, de tal modo que preserva a su descendencia. En ese avatar, el Duce decide no despegarse de su amante y pasan la noche juntos en la casa de campo donde permanecen detenidos. Lo que no pueden juntos es desviarse de un destino irrevocable. El Duce no puede irse solo. No se trata de coraje, ¿o sí? ¿No ha sido D’Annunzio quien le ha enseñado la violencia de la guerra? En todo caso, no necesita convencer a su amante de acompañarlo hasta el final.

A Mussolini lo acorralan propios y extraños. Su encanto desaparece al fin con el hambre y el avasallamiento de un régimen que también elimina opositores o los tortura hasta la muerte. Sin salida, cree ser rescatado por un grupo de camisas negras. Pero, mediante un ardid, son tres partisanos —Walter Audisio, Aldo Lampredi y Michele Moretti— quienes engañan a la pareja para ajusticiarlos frente al portón de una casa en Villa Belmonte. El ejecutor oficial, aunque con reservas históricas, es Audisio, il colonnello Valerio, un personaje con innumerables rostros e identidades entre los camaradas rojos. Aun cuando todavía hoy circulan varias teorías acerca de estos fusilamientos —variaciones de lugares, días, armas y horarios—, el final de Mussolini y Clara Petacci es abyecto y atroz. También lo será el de una quincena de dirigentes incondicionales al Duce, y detenidos esa misma jornada en Dongo. Entre otros, el propio hermano de Clara, Marcello Petacci, quien muere fusilado intentando probablemente escapar. Al día siguiente cargan los cuerpos en un camión y los llevan a Milán.

Los registros fotográficos son tan conocidos como insoslayables. Muertos el domingo 29 de abril de 1945 y exhibidos cabeza abajo como cerdos, en una rotonda abierta de la Piazzale Loreto de Milán, una multitud maltrató brutalmente los cadáveres de Mussolini y Claretta. Los modos no fueron inusuales: el fascismo solía recomendar estas prácticas para los comunistas italianos. Es improbable que la turba haya ignorado a los otros ajusticiados. Colgados junto a Mussolini y Claretta se exhibieron cinco cadáveres más —uno de ellos reemplazado por el despojo de un fanático que decidió inmolarse, saludando con enjundia al cadáver del Duce—, atados de los tobillos. Entre otros ejecutados, colgaron a: Francesco Barracu, subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros de la República Social Italiana (un hombre que propuso anexar Cerdeña al nuevo Estado fascista); Ferdinando Mezzasoma, periodista, director general de Prensa, ministro de la Cultura Popular de la República Social Italiana y vicesecretario del Partido Nacional Fascista; Goffredo Coppola, un intelectual fascista y académico de la Universidad de Bologna, periodista, filólogo, papirólogo, poeta y colaborador del mando alemán en Saló como jefe de los servicios de seguridad italianos; Vito Casalinuovo, su secretario personal; entre otros dirigentes, jerarcas, ministros y colaboradores de Mussolini. Todos inicialmente ejecutados por la espalda, indignos de algún trato superador.

Las fotografías de los cuerpos pendiendo de una barra de acero en una gasolinera, operaron de antecedente y advertencia: llegaron esa misma noche hasta Adolf Hitler. Sin dudar, ordenó, en caso de cometer suicidio, incendiar y hacer desaparecer su cuerpo tanto como el de Eva Braun, su amante y esposa. Detrás de estos líderes pueden verse las ruinas del totalitarismo, pero también el culto a la guerra.

Hay dos eventos que muy probablemente determinan el fin de la guerra: el primero (entre julio de 1942 y febrero de 1943) es la derrota del ejército alemán en una de las batallas más sangrientas de la historia: Stalingrado. No es sino el pueblo ruso quien, al fin, detiene la aventura nazi. El segundo, hacia 1943, cuando los aliados pisan Italia desde el sur hasta Roma: los italianos están dispuestos a terminar con Mussolini. El tercero (en agosto de 1945), mediante la rendición incondicional de Japón luego de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki. La Segunda Guerra Mundial produce, entre 1939 y 1945, cerca de 70 millones de muertes.

El poeta y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini filmó en 1975 Saló o los 120 días de Sodoma, quizá la película más perturbadora exhibida jamás en una sala de cine. Tanto que fue prohibida de inmediato y nunca proyectada en Italia. La película reúne a una serie arbitraria de figuras públicas en un palacio que remeda Saló: un político, un juez, un banquero y un obispo. El argumento es el fascismo y sus prácticas inhumanas; la trama es explícita: una serie de perversiones y torturas a un grupo de jóvenes a quienes secuestran sin otro fin que divertirse. El odio social, las atrocidades del sistema y la intransigencia política se ocuparon también de la vida del cineasta. Antes de su estreno buscaron chantajearlo para devolverle una cantidad de metraje no utilizado y robado en los estudios de Cinecittà. La muerte de Pasolini fue artera y brutal. Siempre recordará los modos abyectos del fascismo, los mismos que él buscó registrar como denuncia política, treinta años después de la caída de Mussolini. Pasolini, unas horas antes de morir, distribuye un dossier argumentando su película: «Con atrocidades casi insólitas, casi imposibles de contar, toda la película se presenta como una enorme metáfora sádica de lo que fue la disociación nazi-fascista con sus crímenes contra la humanidad».

Oscar Carballo, Mar de la China, agosto de 2025

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