
«En trámite» / Oscar Carballo_© / Lápiz, enduido y chinches de colores s/pared_ Buenos Aires, Febrero de 2011
En una pared de mi estudio, la palabra PENDIENTES permanece escrita mediante chinches de colores. Cada punto formula una unidad mínima de obligación; cada vacío deja en la habitación la huella de lo resuelto. También señala lo aplazado. Lo pendiente, siendo que persiste, es al fin lo que molesta, lo que permanece sujeto a un punto más sólido que precario. La lengua participa de esa suspensión. No está incompleta porque le falten letras, sino porque toda palabra conserva una deuda con aquello que no termina de decir.
Toda traducción empuja, de algún modo, el texto de origen fuera de su casa. Otra habitación, otra acústica, otros hábitos de lectura. El escritor y lingüista sudafricano John Maxwell Coetzee parece actualmente alejarse de la lengua con la que construyó su intensa labor literaria: «la lengua de la educación, los negocios y el gobierno es, por lo general, un idioma heredado de un antiguo colonizador, normalmente el inglés o el francés». Desde luego, ambos lenguajes difieren de su lengua ancestral. En todo caso, dice, una traducción debería ser tan válida como aquel original que traduce. A propósito, ha trabajado codo a codo con su traductora Mariana Dimópulos, cuando decidió publicar en castellano El Polaco —The Pole—, una nouvelle acerca del amor de un pianista con una mujer interesada en la obra musical de Chopin. La curiosidad radica en que, siendo él polaco y ella española, se comunican en inglés. El resultado del trabajo —una edición que borró cuidadosamente «todas las huellas de pensamiento específicamente inglés»— no pudo evitar que el lector ataque el texto como un original en lengua inglesa.
El conocimiento se organizó alrededor de una lengua y de un soporte. Aprendimos identificando, y en ese proceso de observación y análisis terminó montándose el edificio completo de la investigación. Pero el mecanismo en sí, la estructura de investigación y sus modelos teóricos son intelectuales; postulan un discurso más amplio. En el pasado, los volúmenes quedaban a resguardo de aquello que evitaba: la divulgación inorgánica de saberes. Pero mientras Tomás de Aquino decía que el idiota observaba falso todo aquello que era incapaz de comprender, un orador particular comunicaba lo que podía decirse y en ese curso se destacaba aquello que podría comprenderse. De tal modo los aprendizajes a manos de tutores profundizaron el conocimiento de sus pupilos. La guía que llevaban a cabo relacionaba los libros fundamentales donde abrevar el saber. Acaso un mundo más pequeño y desconocido, el valor final de esos intelectos quedó plasmado en una virtud por completo relevante: postular la novedad desde un camino en extremo intrincado, por momentos velado y, en algunos casos, dada la necesidad de respetar el pasado, eligiendo un camino particularmente sesgado.
Mucho antes de que pudiéramos pensar en aplicaciones capaces de resolver en segundos anagramas y palíndromos complejos, el francés Georges Perec escribió buena parte de su obra bajo la influencia del grupo Oulipo, una comunidad de literatura potencial que, mediante reglas absurdas y casi siempre arbitrarias, produjo durante los sesenta textos de ficción. El ejemplo más claro consistió en la escritura de una novela entera prescindiendo de la letra e, la más usual del idioma francés. Juan José Saer se mostró alguna vez desdeñoso acerca del valor de estas experiencias. Acaso no fueran literarias, dijo. Tenía razón: tales hazañas e ingenios, por así decir, hoy las completa un software convencional en forma instantánea. Dado que se basa en preguntas, la ingeniería artificial no parece aportarle demasiado a la ignorancia. Las redes sociales diseminan expresiones que replican sin otro recurso que la repetición y la oportunidad. Nadie parece detenerse en preguntar; mucho menos en revisar y eventualmente en disentir. A cambio, aquello que ha sido escrito y permanece oculto en un libro parece ser parte de un error que debería poder subsanarse pronto: la respuesta se manifiesta en las redes de forma múltiple del mismo modo que multiplica su contenido. En ese proceso, la simplificación de los motores de búsqueda —la respuesta más idónea; la más efectiva— es aquella que redondea un consenso tan popular como teórico; incluso cuando ese consenso podría estar equivocado.
La inteligencia artificial, basada en un concepto de puro funcionamiento, parece persuadirnos basando su gramática y su lógica en pequeños acuerdos; múltiples respuestas correctas que, no obstante, desafían satisfactoriamente el concepto de investigación. Y no solo eso. Acaso inadvertidamente, la inteligencia artificial ha recreado sin error el antiguo concepto de enciclopedia que Marciano Capella organizaba en alegorías, tomando de las bibliotecas su formato. No es distinta aquella vastedad temible de los anaqueles donde el intelectual desenterraba sus preguntas que la inimaginable ingeniería actual cuyos motores secretos alojan y dan vida al algoritmo. Incluso los modos de vinculación del algoritmo semejan la persistencia del libro y sus alrededores.
No deja de resultar significativo que los saberes, tal como fueron concebidos durante siglos, hayan dependido de una arquitectura material. El libro no solo contenía un pensamiento: lo protegía entre sus páginas —el texto entre sus márgenes—. Acaso como si se tratara de un secreto, la consulta, —la experiencia de la consulta— implicaba un gesto físico: encontrar la cita o bien buscarla, destacar el error, incluso, dado que persistía en el tiempo, advertir la rectificación en las anotaciones ocasionales de algún lector audaz interviniendo el texto entre sus espacios en blanco. La erudición —incluso la falsa— supuso siempre un trayecto. Jorge Luis Borges alimentó sus ficciones de enciclopedias generales y diccionarios apócrifos no para simular conocimiento, sino para exhibir el andamiaje del saber como artificio y burlarse con estilo. De tal manera, la enciclopedia nunca postuló la verdad; consideró un perfecto teatro de operaciones. La ironía borgiana no reside en inventar datos, sino en revelar que el dato mismo es, por sí mismo, una forma natural de la literatura.
Hoy la enciclopedia física ha perdido su estatus de credibilidad. La vastedad de la que hablaron los antiguos no se organiza ya en tomos, sino en otras capas, en cierto modo invisibles, especialmente por su jerarquía desconocida. Si Marciano Capella pudo destacar las artes liberales como un matrimonio entre Filología y Mercurio, fue porque el saber admitía personificaciones graciosas —la prosopopeya— como una forma de embellecimiento del texto. El algoritmo, en cambio, no admite alegoría alguna. Se trata de meras correlaciones predictivas, las cuales supone —e imaginamos— exactas. La pregunta ya no es qué significa un concepto, sino qué probabilidad tiene de aparecer junto a otro. Esa sustitución —de la semántica por el mero funcionamiento predictivo— desplaza amablemente la figura del autor, pero también la del tutor; aquel tutor que no acumulaba datos, sino que ordenaba la excitante travesía entre ellos. Fuera de ese orden, el amontonamiento inescrupuloso de información produce una extraña ilusión de autonomía.
Walter Benjamin advirtió que toda traducción aspira a una “lengua pura” que nunca coincide con ninguna lengua histórica. Pero, en la práctica editorial contemporánea, la traducción podría obedecer a otro principio: adecuar el escrito al mercado. Textos menores reescritos como valiosos, suavizados, vertidos en un registro plano, acaso intercambiable. Friedrich Schleiermacher, padre de la hermenéutica moderna, distinguió entre acercar el lector al autor o el autor al lector. Defendió la primera, vale decir, forzar al lector a salir de su zona de confort y, al mantener las marcas culturales del texto original, hacerlo reflexionar en el mundo lingüístico y conceptual del autor extranjero. Hoy la industria cultural suele preferir una tercera vía, política y más cómoda: acercar ambos al producto. El riesgo no es la traición puntual del contenido, sino la homogeneización progresiva del lenguaje. La lengua profesional —la lengua de trabajo— sustituyó a la lengua literaria. Como detalle inconcebible, pero profundamente ligado a esta realidad, aun frente a un inesperado récord de publicaciones, en Argentina, el 50% de los títulos publicados no venden un solo ejemplar. Mientras tanto, no es casual que la terminología financiera, sociológica o técnico-profesional invada el habla cotidiana con naturalidad. Rugpull, burnout, woke, benchmark, compliance; carry trade, framework, onboarding, embedding, fine-tuning. La lengua siempre absorbió extranjerismos; lo novedoso es la velocidad con que esos términos se imponen antes de que el pensamiento los haya digerido.
En 1984, Orwell imaginó una neolengua que limitaba el espectro del pensamiento al reducir el léxico disponible. En el mismo paso, postuló también un concepto distópico. Tal diccionario impuesto reemplazaba el lenguaje conocido de forma inquietante: si no dispusiéramos de palabras para expresar una idea, esa idea, simplemente, dejaría de existir. Dicho de otro modo: otros van a pensar por nosotros. No creo que vivamos en esa distopía, pero debemos advertir que cada tecnicismo incorporado reconfigura la experiencia social del lenguaje. El vocabulario capitalista —invertir tiempo, capitalizar relaciones— describe los vínculos afectivos sin inocencia. Al modelar la percepción de lo íntimo, la metáfora financiera acaba por intervenir lo secreto.
La figura del pupilo tampoco ha permanecido intacta. El aprendizaje, durante siglos, estuvo mediado por soportes que imponían algún tipo de demora. El periódico y el correo manuscrito, especialmente, obligaban a la práctica literaria. Franz Kafka, entre afectos, editores y trabajo, envió más de tres mil cartas, postales y telegramas. Solo a Felice Bauer, su novia, le dedicó por lo menos quinientas. Otras trescientas lo hizo para su amante Milena Jesenská. En general, enviaba al menos dos misivas diarias. La relevancia de aquellas cartas con el correo actual no refresca la cantidad de palabras, sino en la práctica y calidad expresiva. El libro, como en la antigüedad, aún sigue exigiendo concentración sostenida. El correo electrónico, en sus inicios, mantenía incluso una estructura formal que presuponía respeto gramatical ante el destinatario. Hoy incluye un diccionario que la mayoría desprecia. La proliferación del audio instantáneo y del mensaje efímero terminó por reinstalar lo que el lingüista Walter J. Ong llamó en 1982 “oralidad secundaria”: un habla precaria —incompleta, pendiente— sostenida por tecnologías de reproducción masiva: el teléfono, la radio; la televisión. La diferencia es que la oralidad tradicional estaba inserta en comunidades de escucha; la actual circula en plataformas cuyo criterio, aún precisando de la escritura, es una presencia efímera y ordinaria como el celular. El pupilo ya no responde ante un tutor, sino ante una sociedad que no solo no lo escucha, sino que eventualmente lo insulta. En el ámbito de la educación, el estudiante parece recoger el guante adoptando la inteligencia artificial sin protocolo alguno de salvaguarda.
Sin embargo, prácticamente ninguna lengua escrita ha coincidido jamás con la lengua hablada. El latín clásico sobrevivió durante siglos como lengua de erudición cuando ya nadie lo hablaba en la calle. En China, la distancia entre la lengua clásica y el habla popular produjo un abismo cultural que distintos movimientos reformistas intentaron cerrar promoviendo una escritura más cercana a la vida común. La aspiración era democratizar la lectura: simplificar no era necesariamente empobrecer, sino abrir. Desde luego, toda simplificación modifica aquello que refiere. Revisar una lengua implica transformar también la literatura y, en algunos casos, la cultura entera.
En el presente, la simplificación no proviene necesariamente de un programa estatal, sino de la lógica de circulación. La investigación, desplazada de los anaqueles, se reconfigura en resúmenes automatizados, consensos fugaces, hilos interminables cuya autoridad depende más de su difusión que de su verificación: la veracidad queda subordinada a la novedad constante. El informe crítico, la tesis, el artículo, las notas de fondo periodísticas compiten con formatos diseñados para captar atención en segundos. No se trata de idealizar el pasado —la erudición también fue excluyente y hermética—, sino de advertir que la desaparición del texto como archivo visible altera la noción misma de la experiencia del lenguaje. El enlace —una acción directa y sin que medie opinión sobre su contenido— sustituye a la nota al pie —usualmente didáctica—; la captura de pantalla y el emoji reemplazan a la cita textual y al concepto. El meme introduce otra absorción y reducción del lenguaje oral y escrito: el cartel. Una fotografía a la que se le han adosado dos o tres frases sencillas resuelve, con ingenio, aquello que antes reclamaba un párrafo entero. El concepto queda tácito o implícito, comprimido en una escena que debe entenderse de inmediato.
En ese contexto, los forasteros del idioma madre no son únicamente los herederos de una lengua colonial. La lengua nunca fue pura, pero rara vez su transformación fue tan acelerada y tan silenciosa. La contaminación no radica en la mezcla —toda lengua es dinámica—, sino en la ausencia de pausa crítica que permita reconocer la mezcla como tal. Una serie de dispositivos reconfiguran el discurso sin que la sociedad advierta el desplazamiento. Aunque la mezcla vital de una ciudad —hecha de acentos, modismos y argot— dinamiza el lenguaje, sus condiciones de uso no la revisten de poder alguno. La otra extranjería que, en nuestro presente, suele ingresar en inglés, está revestida de la técnica, el mercado y la autoridad. Mientras el corrector sugiere, el algoritmo decididamente traduce. Es la plataforma —juez y parte del asunto— aquello que jerarquiza el interés común. La voz que creemos propia se encuentra modulada por bibliotecas invisibles que priorizan determinadas construcciones sobre otras.
Tal vez el problema no consista en la pérdida de una supuesta lengua original, sino en la sustitución por una lengua funcional. La lengua literaria, incluso en su versión experimental, preservaba un espacio de fricción: obligaba al lector a demorarse, a tropezar, a interpretar. El uso deliberado de las comas en la literatura de Juan José Saer o Juan Gelman postulaba modos de decir alternativos. La potencia narrativa de Antonio Di Benedetto, considera una y otra vez participar de la experiencia inagotable de la literatura; una revelación escondida precisamente en la lectura misma de sus textos. La lengua optimizada tiende a eliminar la belleza de la fricción en favor de una claridad tan inmediata como indolente. Cuando un texto resulta transparente, ¿qué lugar ocupa la literatura? Quizá aquello que la lengua conserva de incompleto no sea una falla, sino una reserva: lo aplazado, lo pendiente, aquello que todavía molesta porque no terminó de decirse.
Al recibir el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Murcia, España, John Maxwell Coetzee, quien ganó el Premio Nobel de Literatura en 2003, se refirió de este modo a su lengua literaria: «Al igual que ocurre con el árabe, que ya no es la lengua de la ciencia y la filosofía, el latín ya no es la lengua en la que se enseña», ha apuntado, motivo por el cual, incluso en un acto solemne como el de hoy, la audiencia acepta escuchar un discurso en un idioma extranjero, el inglés, pronunciado por “un forastero sin una gota de sangre inglesa en sus venas y para quien el inglés es una lengua adquirida […] pero también un idioma profesional, el idioma en el que se trabaja en la industria literaria”».
El escritor que trabaja en una lengua adquirida lo sabe: cada frase implica una negociación. La lengua profesional puede volverse instrumento preciso; también puede convertirse en una superficie tan lisa que provoque desinterés. Entre la enciclopedia material y el algoritmo invisible, entre el tutor paciente y la métrica instantánea, entre la lengua madre y la lengua de trabajo, se abre un espacio que aún no sabemos nombrar. Tal vez ese espacio sea el único territorio donde la literatura conserve todavía una función: no la de custodiar la pureza de un idioma, sino la de advertir su automatismo.