#ISSUE 57 / Año V / Febrero de 2025

La paradoja del mentiroso.

Deep Seek: retórica y entrenamiento de la IA.

Tiempo de lectura: 11´

por Oscar Carballo

La paradoja del mentiroso - Deep Seek: retórica y entrenamiento de la IA

Persuasión temporal. Oscar Carballo: Pintura electrónica+IA, 3677 x 9886 Px._Bs. As., Enero de 2025

Saber preguntar es tanto o más difícil que saber escuchar. Las redes sociales y la Inteligencia Artificial han empantanado la exposición virtuosa del conocimiento sin que la sociedad en general pueda darse cuenta del artificio y su deshonestidad. El consenso impulsa un discurso cuya potencia real no es otra cosa que su accesibilidad. Isaac Asimov ilustró este problema en un pequeño texto: El culto a la ignorancia. En un párrafo destaca lo siguiente: «Hay un culto a la ignorancia, y siempre lo ha habido. El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida política y cultural, amparado por la falsa premisa de que democracia quiere decir que mi ignorancia vale tanto como tu saber» Se refiere a la sociedad norteamericana, pero puede extrapolarse a cualquier cultura sin mayor discusión. En todo caso, la dependencia económica es quien señala tal marginación cultural: considera prescindir de todo; de investigadores y ciencias, de industrias, de clubes y cines, incluso de políticas de estado ya que un interés financiero las enmendará por quien las evita. No obstante, el panorama es más oscuro. ¿Podríamos prescindir de escuelas?

El conocimiento, –incluido el sentido común– queda derrumbado detrás del derecho a expresarse, como si tal cosa, –la ignorancia– fuera una estructura bienhechora capaz de defender la equidad de las voces más frágiles, ausentes y ocultas. Pero la investigación está hecha de antigüedad, de paciencia; de humildad. Kandinsky, un intelectual formado bajo el modelo teórico del siglo XIX, señalaba la necesidad de investigar el pasado en sus más recónditas minucias. Tal procedimiento conseguía asentar la novedad sobre pilares tan fuertes como los que acaso intentaba derribar cualquier vanguardia futura.

¿Cuál es el grado de experticia que necesita un lector para disfrutar de un texto? Acaso ninguno, del mismo modo que ocurrió en épocas de transmisión oral. La subjetividad del orador es un sendero capaz de reinventar las palabras. Nada explica ese placer tanto como la curiosidad de un lector que navega dentro de la escritura sin resistencia para revolucionarla naturalmente con su propio universo de sentidos. Si la lectura concede tal espacio es por su permeabilidad; una realidad que se desvanece para revelarse en otra. Muy lejos del entretenimiento pasivo, ese es el abismo precioso que ofrecen los libros. Un texto es un individuo nuevo con quien dialogar.

Las bibliotecas del pasado se proyectan en las redes sociales. Ambas consideran el mismo mecanismo salvo por una diferencia: quién busca en una biblioteca física sabe relacionar por sí mismo el camino de aquello que postula como tesis; un trazado que puede observarse sin dificultad investigando en los anaqueles. El lenguaje de la redes prescinde a cambio de mayores datos; incluso los desconoce adrede. No importan. Preferentemente deben quedar ocultos; embarrados. El lego se aferra desesperadamente a un hilo conductor notablemente ciego cuya genealogía se disipa sin que nadie la reclame. Apenas revestido de curiosidad, el objeto de interés, desaparece como un hechizo.

La vida pública, esa que conocemos mediante las noticias y el cotidiano, consigna un descenso extraordinario en el uso del lenguaje, –desde la ortografía y la comprensión de textos, hasta la sintaxis misma– un infierno cuyo vocabulario suma eventualmente sus modos inauditos de comunicación. Tal desconcierto parece rechazar el concepto de Asimov en tanto es importante el derecho a saber, a saber qué pasa; a estar informado. La adquisición de conocimiento, (una cantidad de datos que incluye los pormenores de los precios, los avances de la justicia, los avatares del comercio exterior o los nuevos procesos industriales), necesita para su intelección, partir de una premisa; –tal como aclara Asimov–, ¡Siempre y cuando la gente sepa leer! La aclaración es medular ¿quién podría discernir una voz idónea de una inepta si la opinión pública ignora la diferencia? ¿Puede resolver tamaña discusión una sociedad dualmente impaciente y desinteresada que desconoce la gramática?

Asimov, cultor empecinado de la ciencia ficción, comprendía perfectamente el discurso de la contradicción para utilizarlo como herramienta literaria. Dado que sus historias se justificaban en supuestos técnicos, algunos basados en fundamentos muy cercanos a la experiencia científica, el escritor evaluaba que «cuanto más cercana a la verdad, mejor será la mentira, y la misma verdad, cuando puede utilizarse, es la mejor mentira» ¿Pero de qué otro modo podríamos considerar estas arbitrariedades sin conocer y manejar las artes liberales de la gramática y la retórica? Asimov las conocía tanto como las aplicaba. Desde luego no son sólo herramientas de la ensayística: los poetas de la Antigua Grecia, la literatura policial y la ciencia ficción se desarrollaron con estos discursos; también fundaron los argumentos trágicos de la literatura decimonónica. Al fin, los aprendizajes articulados de la lógica y la gramática, disciplinas que se apoyan mutuamente, son imponderables para aprender a argumentar, escribir y pensar críticamente.

Fue Marciano Capella, –un escritor enciclopédico que comparte sus días escolares con San Agustín–, quien cerca del año 400 d.c. escribe Filología, una serie de volúmenes en prosa donde abrevar los conocimientos fundamentales de las artes liberales. La médula es la gramática. Si bien los libros VII, VIII y XIX tratan de astronomía, matemáticas y música, –el trabajo es obra de consulta general–, los libros primeros organizan las así llamadas artes griegas: el Quadrivium. El arte del discurso postula una conmoción en el oyente; un convencimiento basado en la elección deliberada de las palabras y en la organización lógica de los argumentos. En Las nupcias de Filología y Mercurio, Capella personifica a la Gramática como una disciplina que no solo observa el apropiado uso del lenguaje, sino que también advierte sobre la necesaria interpretación de los textos, lo que implica un nivel de análisis racional: los fundamentos gramaticales son necesarios para construir argumentos lógicos sólidos, y coherentes.

¿Podría argumentarse correctamente prescindiendo de los aspectos lógicos del lenguaje? Algunos oradores desconocen las artes del Trivium; otros las dominan mediante una vuelta de rosca temeraria. No buscan el convencimiento; establecen una retórica capaz de crear una distancia eventual. De tal modo sucede algo sorprendente, aún ignorando la idea misma de contradicción, el orador suele basar sus argumentos en una elocuencia cuyos agujeros paradójicos le permite enfrentarse con cierta comodidad a su oponente, y hasta persuadirlo temporalmente.

La inteligencia artificial parece borronear los límites de lo humano: concede una asombrosa dedicación sobre los funcionamientos más allá de los resultados. Puede tratarse de cálculo infinitesimal, de literatura rusa o de pintura flamenca. La inspiración del arte contemporáneo actual, por llamarlo de algún modo, podría estar más cerca de la eficiencia de unos ingenieros empecinados en dar resultados, que por la búsqueda inquietamente amarga, y dulce, de cualquier artista tradicional. Mientras los resultados artísticos de la IA son obra y gracia de un algoritmo sorprendente, los ingenieros que la impulsan entrenan también aquello que debe ocultarse u omitirse. No en vano, Chat GPT es un programa de código cerrado: el entrenamiento y la retroalimentación de sus datos le pertenece por completo. En la actualidad se alzan voces acusatorias al respecto. Pues bien: suprimir o prescindir no considera una mentira. Tampoco una forma de engaño. Jacques Derrida, apela a San Agustín y su obra De Mendacio–, coincidiendo en esta conclusión: «mentir no es engañarse ni cometer un error. Uno no miente diciendo simplemente lo falso, al menos si creemos de buena fe en la verdad de lo que pensamos u opinamos».

La discusión acerca de las erratas de la Inteligencia Artificial, circunstancia que la página central de ChatGPT advierte desde su inicio («Chat GPT puede tener errores»), no señala sólo una coyuntura abismal en el sistema. La practica de todo aprendizaje contiene fallos y desaciertos. Las ciencias establecen sus logros prescindiendo por completo de las distorsiones que pueblan la investigación. Vale decir que a propósito de una retórica científica, el académico suelen presentar sólo aquel resultado que empate con su tesis. En tal caso, Chat GPT establece además, una herramienta de dominación hegemónica.

La información de IA se construye mediante una automatización diversa. La repetición objetiva examina parámetros parciales. En estos términos la recolección de datos –condición sine quanon para obtener resultados–, requiere una capacitación particular. Discernir sobre discursos, lenguajes y resultados, y una práctica del conocimiento: juzgar la realidad. Si la Inteligencia Artificial articula la experiencia del mundo en un puñado de segundos, el error fundamental no debería postularse sobre las respuestas. Tampoco sobre las preguntas y el marco que conducen a cada solución. Los desaciertos y los equívocos deben buscarse directamente sobre la recolección de los datos. Basada en la interacción entre gramática y lógica, la IA desarrolla actualmente modelos que comprenden el significado del lenguaje y su estructura, permitiendo a los sistemas responder o actuar de manera coherente y lógica, aún cuando aquello que expresa considera una mentira. Acaso la IA sea un discurso de la filosofía del lenguaje. Si la lógica filosófica se interesa en cómo los argumentos son construidos y cómo se sostienen racionalmente, la paradoja del mentiroso desafía la relación entre lenguaje, verdad y lógica.

La discusión entre naturaleza y artificio parece haber quedado al margen. No nos engañemos, la Inteligencia Artificial señala un acuerdo humano: la supervivencia mediante el razonamiento. Lo hace limitando la experiencia fallida mediante la síntesis técnica. Como si se tratara de un número de magia, no vemos mas que un resultado que nos llena de asombro y a pesar de tal incertidumbre técnica, nos posibilita aprobar los hechos como discursos positivos aunque no lo sean: las políticas de transparencia que Meta exhibe en sus plataformas no responden a una normativa pública; están escritas por un Chief Executive Officer, individuo que no responde a una herencia cultural sino a sí mismo, o peor aún, a una empresa. Deep Seek –el novedoso logaritmo matemático chino Open Source– y su modelo de razonamiento R1 con un coste de entrenamiento y uso, mínimos, podría reemplazar muy pronto a Open AI. No es el único. Tal como alertaba Confucio en la China Imperial, las normas impuestas por funcionarios no son permanentes: deponen su puesto con un reemplazo o con la muerte.

«Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me oculto la verdad. Digo: no temo descubrir ante mí, lo que oculto a los demás», ––dice Andrés Rivera en El amigo de Baudelaire. Si la Inteligencia Artificial puede cometer errores y aún ser falaz, no está haciendo otra cosa que replicar un juicio basado en el discernimiento humano, vale decir, una razón mediada de las verdades y mentiras de quien se instruye. Para Stephen Hawking, el miedo sobre el progreso autónomo de la Inteligencia Artificial estuvo presente siempre. Él aseguraba que tales mecanismos podrían «decidir rediseñarse por cuenta propia e incluso llegar a un nivel superior». El absurdo de tal coyuntura ha revelado una secuencia de instrucciones basada también en la censura.

El reo miente para salvarse y desde esa perspectiva, –la mentira, como beneficio, como consecuencia–, es buena. La causa final aristotélica (el propósito de las cosas) define también a la IA: exhibe una meta en su funcionalidad técnica: relativizar el tiempo hasta volverlo presente continuo. ¿Cuánto de ese intervalo fugaz nos engaña cada día? ¿Se trata de un embuste o de una realidad que provocamos conscientemente? San Agustín consideró necesario autoexcluirnos de tal mendacidad: «¿es posible mentirse a sí mismo? (…) ¿Toda astucia para consigo mismo merece el nombre de mentira?». El bereber muere en Hipona el 28 de agosto del año 430. Tenía 75 años.

La relación entre gramática y lógica (el discurso de Marciano Capella en De nuptiis Philologiae et Mercurii, un texto del siglo V) ha sido fundamental en el desarrollo de lenguajes de programación y sistemas de inteligencia artificial. Buena parte de la actualidad cultural producida bajo severas codificaciones informáticas ocupa su memoria en sobreimprimir la realidad. ¿Lo hace para alejarla del suceso temporal, el pasado y la memoria o bien para crear un funcionamiento que pueda ser comprendido a futuro?

En filosofía griega, la paradoja del mentiroso, fundamenta su razonamiento en una pregunta que no logra jamás una respuesta satisfactoria, aún cuando la estructura del lenguaje y sus reglas gramaticales influyen en la formación de argumentos lógicos y, por extensión, en la comprensión y manejo de tales paradojas. Pero entre el análisis enciclopédico y la cocina de toda obra hay un interregno infinito. La existencia del libro como objeto, parece pendular entre el funcionamiento y la invención: ésta última condición involucra el campo poético y la primera revela una herramienta. Ambos discursos abarcan la realidad humana; la materia de la cual está hecho nuestro espacio y nuestro tiempo ontológico.

Dado que las palabras y las estructuras gramaticales afectan nuestra comprensión del mundo, creer, trata de un campo de restricciones que no permite dobleces: para Jacques Derrida se trata de pura intencionalidad entre aquello que visibiliza y lo que descarta. Reunida en Historia de la mentira, –una conferencia dictada en la Universidad de Buenos Aires en 1995– Derrida comienza con una referencia potente: la noción de fábula y lo fantasmático –del griego phantasma– una inquietud a propósito de lo verdadero y lo falso: «se trata de una especie irreductible del simulacro o de la virtualidad». No son en sí mismo, verdades o enunciados verdaderos, pero tampoco son errores, engaños, falsos testimonios o perjurios. En tanto los artistas puedan reunir lo verdadero y lo falso como una fe, una congruencia de las Musas y más aún, un deber ser, la mentira no podría existir sin encontrar otro doblez que su propia cara verdadera.

El tormento de los artistas –la obra que se deshace y se rehace–, encuentra en la Inteligencia Artificial una meta impropia. Lo que para un usuario común es azar, para un diseñador podría destacar una respuesta lógica y especialmente (sí, una vez más) funcionamiento. Al respecto del arte, creer es parte de su empeño. Lo inabarcable celebra el misterio de autor aunque un modelo de razonamiento se apropie de los resultados. Queda a la vista; no importa cómo salvo su eficacia. La sensación de fracaso queda relevada de mayores comentarios. ¿Conocemos otro modo de llegar a la verdad que no sea a través de la ficción?

Oscar Carballo, Mar de la China, Enero de 2025

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