#ISSUE 59 / Año V / Abril de 2025
Los artistas mecánicos
Saqueadores, expedicionarios y lingüistas
Tiempo de lectura: 10´
por Oscar Carballo

«Los artistas mecánicos» ® /Oscar Carballo, Pintura electrónica + IA: 2433 x 5960 px. Buenos Aires: Marzo de 2025
A las puertas del 1800, el capitán Pierre-François Bouchard lideró la invasión a Egipto al mando del Cuerpo de Ejército de Oriente. La Expedición Napoleónica buscaba llegar a El Cairo y apoderarse de un territorio clave en su puja militar con el Imperio Británico. Sin embargo, las huestes de Napoleón no viajaron solas. Entre los cuarenta mil soldados, un comité de notables guiaba los aspectos sensibles de la avanzada: La Comisión de las Ciencias y de las Artes, un grupo científico dotado de botánicos, astrónomos e historiadores donde el propio Bouchard figuraba como ingeniero. De tal modo las excavaciones fueron corrientes y articuladas. Si el clasicismo es considerado comienzo y todo barroco el desenlace de un ciclo, la ilustración francesa pone fin al oscuro artificio barroco mientras concentra su batalla en la arqueología.
Mientras el clasicismo visionario y apasionado del arquitecto Éttiene-Louis Boullée destacaba industrialmente a Paris con intervenciones descomunales, Napoleón reunió en el desierto extranjero a sus artistas mecánicos: un conjunto de ingenieros, arquitectos, matemáticos y naturalistas. Durante el siglo XVIII, el espíritu de la Ilustración había convertido al Egipto antiguo en modelo de estudio; un ecosistema relativamente desconocido para muchos europeos. La finalidad principal del imperio era documentar y recolectar todo tipo de información cultural, especialmente técnica y científica; vale decir, la arquitectura y la ingeniería de los monumentos antiguos hasta los métodos agrícolas y el sistema de irrigación del Nilo, crucial para la economía egipcia.
La intervención resultó clave tanto para Napoleón como para los gustos franceses, una curiosidad que balanceaba los aspectos políticos y científicos, tanto como los estéticos y patrimoniales. La Campaña Egipcia proporcionó una oportunidad sin precedentes para estudiar y documentar especies que no se encontraban en Europa impulsando las ciencias naturales y la taxonomía, ambas en pleno desarrollo: la clasificación de plantas, animales y minerales refería un objetivo principal para los científicos europeos.
Puede verse, la campaña de Napoleón no fue solo una empresa militar; buscaba demostrar la superioridad de Francia en todos los campos. Al documentar y llevar a Europa conocimientos naturales de Egipto, Francia comenzó a reforzar su estatus como una potencia ilustrada. Este esfuerzo determinó una conquista intelectual y territorial influyendo y cultivando el desarrollo posterior de las ciencias y las artes en Europa. El inicio de la egiptomanía va a apoderarse de Europa en los siglos por venir. Se trató de una fascinación por las tierras lejanas de Oriente mediado de lo exótico: objetos y plantas, costumbres y animales. Todo observaba un sentido de maravilla y curiosidad, tal la avidez de la imaginación popular europea. Pronto, los hallazgos se convirtieron en objetos de estudio y también en piezas de museo y colecciones privadas. En este contexto, Francia ponía un pie en la antigüedad clásica. También en África, salvo que para no irse jamás.
Napoleón ya se había llevado de Grecia varios tesoros; entre ellos la Venus de Médici, una escultura helenística que, a diferencia de la Afrodita de Milo, estaba completa. En sus viajes permanentes, las piezas fueron copiadas una y otra vez a tamaño natural aunque no sólo como objeto de estudio, también para hacer múltiples reducciones en bronce.
El 15 de julio de 1799, los soldados y científicos de Bouchard comenzaron la demolición de un muro en la ciudad portuaria de Rashid. La expedición buscaba ordenar la construcción del fuerte Julien. A cambio, entre los escombros y la arena, el grupo distinguió una enorme piedra negra de basalto. No era una roca más; estaba tallada en tres partes; tres expresiones de escritura distintas que se supo luego, conformaban un mismo sentido. Grabada en tres idiomas –jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego antiguo–, el hallazgo aportó una guía formidable para intentar descifrar y comprender los grafos ininteligibles del Antiguo Egipto.
Dado que Francia llamaba Rosetta a la ciudad de Rashid, el hallazgo fue nombrado de inmediato la Piedra de Rosetta. Un año después, en 1801, el almirante Nelson en nombre del Imperio Británico, vence a los franceses en la guerra de Egipto y se queda naturalmente con la pieza arqueológica. Pero la batalla entre británicos y franceses se mantuvo política y los botines de guerra –llamados desde luego objetos patrimoniales– dejaron de viajar de un lado a otro. Trece años después, el físico inglés Thomas Young sólo tuvo que caminar hasta el Museo Británico para encontrar la curiosa piedra.
Rápidamente entendió que se trataba de un mismo texto grabado en tres idiomas diferentes. El primero eran jeroglíficos egipcios, pero también, una grafía impenetrable. La dificultad en su interpretación radicaba en la creencia de que los grafos eran conjuntos de ideas místicas y silenciosas y en tal sentido, la posibilidad de descifrarlos consideraba una tarea por lo menos infinita. Young, basándose en sus conocimientos de lógica y matemática, decidió aislar las repeticiones que observaba en el segundo párrafo, escrito en demótico, (escritura cursiva que aparece en la última etapa del Antiguo Egipto), para luego identificarlas en los glifos iniciales: la idea era descubrir un alfabeto sagrado. Así, aunque sin claridad, el trabajo reveló el nombre de un faraón.
Aunque Young comprobó que muchos de los jeroglíficos se presentaban encerrados en cartuchos –una suerte de cartela que unificaba y aislaba los grafos en su interior–, una dificultad extra mostró que tales jeroglíficos no mantenían una dirección única de lectura pudiendo observarse la misma secuencia grabada de izquierda a derecha, de arriba abajo, y viceversa. Young resolvió el hocus pocus advirtiendo la especial dirección de la cabeza de un animal representado en el interior del tubo. Al fin, pensó, no era otro que un hocico el principal indicio sobre el sentido de la escritura. Aún con estos descubrimientos vitales, su investigación se estancó. Aquello que Young podía leer en el párrafo griego no encontraba modo de ser alfabetizado, salvo pequeñas palabras y conceptos como sol, o alguna deidad, como Isis. Otro de los hallazgos de Young fue percibir que el texto demótico era una transliteración de los jeroglíficos sagrados tallados en el primer párrafo pero con pequeños agregados de algún alfabeto desconocido: una escritura mixta. En todo caso, y esa fue su conclusión primera, la estela de Rosetta trataba de un decreto sacerdotal en honor del faraón Ptolomeo V.
Mientras los Británicos exhibían la piedra en su museo, Francia se había quedado naturalmente con una copia. Al tanto de las investigaciones de Young, envían a descifrarla al historiador francés Jean-François Champollion, un lingüista que dominaba precozmente seis lenguas antiguas. Su análisis parte de una idea distinta a la del polímata inglés. Acaso avisado también de las dificultades de Young, Champollion trabaja sobre los jeroglíficos basándose en los conocimientos del idioma copto, una variante egipcia todavía hablada en tiempos de las dinastías recientes. Dado que durante mucho tiempo no hubo novedades sustanciales en el trabajo de Young, veinte años más tarde, Champollion se permite anunciar el texto completo de la Piedra de Rosetta, un resultado que presentó como descubrimiento propio en la Academia de Bellas Artes de Paris. Descubre principalmente que los glifos egipcios son una articulación entre elementos alfabéticos, determinativos y silábicos.
Aunque la Estela de Rosetta está incompleta, Champollion consigna que se trata de las hazañas de un faraón durante 196 A.C. Se trata de el doscientosochentaicincoavo faraón de Egipto, Ptolomeo, quien comunica una orden de reducción de impuestos al pueblo y en favor de nuevas estatuas, festivales, y decoraciones suntuarias, para enaltecer su propia figura. El lingüista francés había organizado al fin un sistema lógico para abordar los cartuchos de Young y decide experimentarlo viajando a Egipto: Champollion investiga urnas funerarias, relieves, templos y monumentos de la antigüedad. Por sí mismo lee los jeroglíficos con nula dificultad.
Dado que el interés de los lingüistas está centrado en el sistema de signos y su contexto, la investigación orbita con insistencia alrededor de todo descubrimiento capaz de detectar la estructura madre del lenguaje y toda variación posible de sus familias. Así sucedió con la pesquisa de La Piedra de Rosetta y del mismo modo sucedió con la investigación de un lingüista soviético durante el siglo XX: cuando en 1943 interrumpe su vida intelectual para formar parte del Ejercito Rojo, Yuri Knórozov ya conocía el alfabeto chino, el árabe y el griego.
Interesado en los libros –de ahí la leyenda que consigna haber husmeado entre los escombros de la Biblioteca Nacional de Berlin, luego de la avanzada final en el frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial, salva algunos volúmenes que cree interesantes (y acaso lo serán definitivamente), cuando descubre los glifos mayas en dos libros inesperados: un singular tratado guatemalteco editado en 1930; –el Códice Maya– y un informe sobre aspectos de la cultura en Yucatán escrito por el misionero español Diego de Landa, en el siglo XVI.
La curiosidad de estos textos enfrentaba dos problemas. El primero era clásico y de origen interpretativo, el segundo, expresaba una preocupación: Landa era un inquisidor defensor de la fe cristiana que tratando a los mayas de apóstatas, terminaría quemando brutalmente buena parte de los escritos considerándolos obra del demonio y la superstición, y así sus costumbres, sus tradiciones y significados y especialmente, desdibujando su lenguaje, su existencia mediada de azotes y trasquilados, vergüenza y suicidio. Yuri Knórozov, desconociendo todo esto, lleva los libros a Moscú donde los estudia sin descanso. Cuando en 1955 obtiene el doctorado en Ciencias de la Historia, termina impulsando la lingüística en la URSS. En una nueva puja pero con actores distintos, en los albores de la guerra fría, el trabajo de campo de Yuri Knórozov fue considerado expresa y unánimemente erróneo.
Ya anciano, el soviético sostuvo en un reportaje que un académico alemán regente en sus años de estudiante, le había señalado como algo irresoluble, la tarea de descifrar el alfabeto maya. Quizá el consejero alemán no advertía que la referencia invaluable del misionero Landa, aún brutal y desgarradora, consignaba también una crónica veraz de una lengua cuyas poblaciones transmitían sin descanso. La creencia de que se trataba de un lenguaje ordenado tras un alfabeto, embarró las conclusiones interpretativas de Landa sobre su escritura. Knórozov, en cambio, analizó los más de trescientos signos que utilizaba la lengua maya y entendió pronto que tal cosa no podría desarrollarse en un alfabeto ordinario, sino corresponderse, del mismo modo que sucedía en la escritura egipcia, sumeria o babilónica, en una estructura fonética logosilábica donde un signo puede representar una palabra completa del idioma. En tanto aseveró que aquello que había sido cerrado por una mente humana podía ser interpretado por otra de algún modo: para oriente, nada llamado problema puede prescindir de una solución: los problemas sin solución, no existen; tampoco en ningún área de la ciencia, ––dijo en 1996.
Los glifos mayas, al igual que los jeroglíficos egipcios no son meros dibujos. Están articulados de morfemas y complejas estructuras fonológicas. Pero hay algo más, sumamente importante, los glifos están mediados de precisas reglas de composición; un orden de lectura específico en pares y columnas tanto como el propio glifo queda agrupado acaso estéticamente en una estructura formal de bloques cuadrangulares. Las variaciones en el signo son múltiples, pero manteniendo esta singularidad organizativa en estructuras silábicas, o mediadas eventualmente de sufijos y morfemas. El diseño final de los glifos considera también una morfología estética alrededor de una funcionalidad plena. Probablemente no sería conveniente separar el azar y el capricho de estos argumentos. Los aspectos ambiguos suelen estar resueltos por la mediación de escribas y sacerdotes decidiendo por ejemplo sobre palabras que puedan representarse logográficamente o en su versión fonética.
En 2022, el Instituto de Arqueología Digital de Londres ha realizado una talla muy precisa del Caballo Selene, parte de la colección de esculturas de mármol de Fidias, los frisos realizados para decorar el Partenón hace 2500 años. Las tallas –75 metros de friso, 15 metopas y 17 esculturas–, fueron retiradas por el diplomático británico Lord Elgin a principios del siglo XIX para exhibirlas discrecionalmente como trofeos. Hoy, el Museo Británico, parece haber encontrado la forma de devolver esos mármoles. Aunque se trata de una talla digital, el 5% del acabado final fue hecho por artesanos especialistas, tal como ha sucedido siempre en el mundo de las artes: es el autor quien termina la obra en sus detalles.
Las dos tallas –el original y la copia–, se exhiben actualmente en un museo de Londres y no se distingue diferencia alguna entre ellas. Ningún artículo aclara si lo que el Museo Británico va a devolver es la cabeza original o la copia, lo cual considera la posibilidad de una obra de arte contemporánea, o una nueva rapiña. Luego de innumerables pujas, la Piedra de Rosetta es hoy la más visitada del Museo Británico; los hallazgos, puede verse, consignan interminable la pelea sobre lo patrimonial en el arte. Fragmento de una estela que jamás se encontró–, la Piedra de Rosetta invocará para siempre una noción clave para toda investigación: el concepto de pista.
Lingüistas y arqueólogos no parecen enfrentarse salvo a propósito de sus disciplinas. Yuri Knórozov jamás renegó del misionero Diego de Landa, un inquisidor brutal que paradójicamente, mientras destruyó la escritura maya, sentó serias bases para su interpretación. ¿Puede la tecnología disciplinar la experiencia científica creando una suerte de Aleph capaz de reproducir el pasado y volverlo presente a voluntad?
Oscar Carballo, [Mar de la China], Marzo de 2025