#ISSUE 55 / Año IV / Diciembre de 2024
Los reinos artificiales de la monarquía rusa.
Los Huevos Fabergé
Tiempo de lectura: 10´
por Oscar Carballo

«CONQUISTADORES», OC_ © / Pintura electrónica + IA_[10221 x 4656 px] Buenos Aires, Noviembre de 2024.
Según los Santos Evangelios, la vigilia pascual celebra una transformación: la espera nocturna hacia la resurrección de Cristo. La fase final es la propia misa eucarística: un modo de sacrificio y representación de Jesús crucificado. En tanto sacramento, su cuerpo y su sangre son ofrendas de la última cena, la noche de la traición. No es la única transformación en la fe cristiana: en un versículo del Nuevo Testamento, Marcos da testimonio de que es Jesús de Nazaret quien encuentra a Mateo recaudando impuestos y le pide que lo siga. Mateo, a cambio, le ofrece un banquete. Al ver a Jesús sentado junto a él, los fariseos le preguntan al maestro por qué aceptaba comer junto al cobrador; un pecador. Jesús contestó: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan» (Llamamiento de Levi / 2:14-17). La transformación es la voz de Dios. Más cerca en el tiempo, un pecador brillante, Oscar Wilde, repitió estas palabras diciéndolas de este modo: «no son los perfectos sino los imperfectos los que necesitan amor».
La tensión cristiana entre mendigos y ricos no considera tampoco ningún puente hacia la opulencia: el consuelo de Lázaro es únicamente celestial; en vida, solo presenció tormentos, hambrunas y sufrimientos. Los pastores de ovejas, en cambio, establecieron la Pascua como un tránsito a la salvación; el itinerario urgente del hambre hacia la saciedad, especialmente a la vida eterna. Los huevos de Pascua reúnen al fin una serie de significantes: la resurrección del Salvador, pero también diosas egipcias, babilonios encantados, pájaros y ceremonias de fertilidad, ciclos de pastoreo, campos de estrellas, renacimiento de la primavera tras los inviernos, y la profunda labor de los trashumantes en su recorrido pastoril: los huevos les ofrecían alimento. Otras derivas señalan una profunda tradición eslava pagana. El cristianismo se apoderó al fin de su simbología, despreciando eventuales resonancias.
Los objetos de la pascua cristiana contrastan definitivamente con la cosecha opulenta de los obsequios soberanos; una identidad cuya desmesura puede verse ya desde el barroco con sus tronos imponentes, las iglesias como escenografías y sus palacios aristocráticos espléndidos; invariantes que el papado compartió sin problemas con la realeza. Aunque la monarquía francesa recibe su admonición tempranamente, entre la revolución ilustrada y la abdicación del zar Nicolás II en marzo de 1917, pasan 128 años. Demasiados. La dinastía Romanov pareció haber subestimado la ejecución de Luis XVI tanto como la de María Antonieta, observando apenas una ineficacia de índole doméstica. Pero la revolución bolchevique, del mismo modo que lo hace la Ilustración, logra descabezar mediante una revuelta sangrienta el absolutismo monárquico y sus excesos. La sangre de las revoluciones reemplaza en tanto la de Cristo.
Los regalos suntuosos habían establecido el universo diferencial de las monarquías rusas. Su relevancia transitó el amplio espectro de la arquitectura, pero también los de la joyería. Sus orfebres, del mismo modo que los artistas, eran distinguidos como asesores de la corte. Por ejemplo, Pedro el Grande encarga a un escultor una lujosa habitación para deleite de su hija Catalina en los veranos; un objeto que había observado extasiado en una visita al extranjero. Es en este entramado donde la tradición orfebre y el lujo sin medida podrían converger en una de las obras más exquisitas del artesanado universal, una creación que se inscribe en la historia de la opulencia y su consiguiente derrumbe. Paradójicamente, los objetos Romanov van a encerrar el fin último del absolutismo ruso.
El artífice detrás de uno de los objetos más extraordinarios de la cultura rusa fue Carl Fabergé, (San Petersburgo, Rusia, 1846). Formado en la tradición de la joyería europea, recibe una educación rigurosa en los talleres más destacados de talla y orfebrería de la época; maestros referentes de Alemania y de la propia Rusia desde donde se remonta al fin la tradición. El proceso de creación de los huevos Fabergé no solo representa un estilo de vida lujoso, sino también la destreza y el ingenio de una vitalidad artesanal milenaria: el conocimiento ruso en técnicas que combinaban habilidades manuales excepcionales con un poderoso gusto por la metáfora. Fabergé articuló estos saberes con una visión estética que entendió el gusto de sus mandantes: cada pieza fue no solo un regalo, sino una obra de arte cargada de tradición, de esplendor y extravagancia técnica.
Los comienzos de tal producción se asientan indubitablemente en una idea ancestral: el obsequio. A lo largo de los años, Fabergé recibió encargos de las emperatrices María y Alejandra Fiodorovna, exquisitas cultoras del arte decorativo. Era tanta la admiración que profesaban que María la reflejaba en sus cartas. De su pluma conocemos la destreza y la originalidad de la Casa Fabergé y hasta podría intuirse la guía perfecta desde donde iniciar la creación de tales artesanías. Los huevos no solo eran joyas, sino también contenedores de sorpresas, envoltorios que albergaban pequeños regalos para convertirlos en piezas de arte funcionales. Cada huevo Fabergé era también una obra única y maestra. Cada gema preciosa era elegida y engarzada para superar en opulencia a los obsequios precedentes de la corte. Para los zares, tales ofrendas eran equiparables a la belleza de las zarinas. Al fin un símbolo de estatus que trascendía el mismo ornamento.
Las creaciones Fabergé eran presentadas también en ocasiones especiales, (como la Pascua, precisamente) A propósito del interior de los huevos, el regalo consistía también en un juego de revelaciones y adivinanzas lo que convirtió a los obsequios en profundos objetos de deseo. Uno de ellos, llamado el Huevo de la Revolución, consideró en 1885 el liderazgo del zar Alejandro III como una sucesión a su esposa, María Fiodorovna. El huevo estaba construido en esmaltes y oro, y engarzado en diamantes. Pero el valor material sucumbe también frente a la atención por el detalle, un aspecto relevante de la tradición rusa: la sabiduría de sus artesanos. Además de la exquisita orfebrería europea, la técnica de los talleres Fabergé incluía la experiencia de las incrustaciones, una tradición que Oriente impulsó en sus decoraciones trabajando el metal mediante intrincadas filigranas y gemas acaso con un enfoque espiritual. Esta paradoja se manifiesta como una constante en la historia del huevo de Pascua. Así podemos ver el huevo suntuoso y exclusivo, el huevo del secreto inmoral, el huevo de la revelación espiritual, el del alimento, el huevo caprichoso del enamorado, y también la vida austera del cristianismo primitivo.
La historia fascinante de La Cámara de Ámbar, una recámara oculta tras una pared que una vez decoró el Palacio Catalina, revela que desapareció durante la Segunda Guerra Mundial cuando las tropas nazis invadieron Rusia. En realidad se trataba de una réplica berlinesa que Pedro el Grande había encargado sorprendido no sólo por su esplendor, sino por la habilidad artesanal que requirió su construcción. La Cámara de Ámbar fue un testimonio de la riqueza de la monarquía y de la cultura artística de su tiempo. De apenas 55 metros cuadrados, estaba construida íntegramente en oro y ámbar, respetando el diseño original del escultor nórdico Gottfried Wolfram. Su historia, como todo secreto se torna trágica: escondida para protegerla de la invasión alemana, fue saqueada y su paradero considera hasta hoy un misterio perfecto.
Carl Fabergé, como la tradición europea marcó desde siempre, fue en realidad el artista-joyero de la corte. Vale decir que logró desarrollar mediante estas preferencias una técnica meticulosa que no sólo concertaba el uso de metales preciosos. Al respecto de la arquitectura constructiva, estos maestros joyeros empleaban un procedimiento llamado guilloché, una técnica decorativa de grabado que añadía una textura única al oro mientras se combinaba con el esmalte vítreo. Aplicado en capas sucesivas, tal destreza proporcionaba a los huevos su brillo característico, casi sobrenatural, una expresión que parecía capturar y refractar la luz como si fuera un planeta encajado en un objeto.
Envoltura de sus artefactos, los huevos eran nidos que solían guardar en su interior extraordinarias miniaturas; barcos, retratos, castillos o joyas aún más pequeñas, aumentando así el asombro del agasajado. En algunos casos, la Casa Fabergé integraba mecanismos que permitían abrir y cerrar otros compartimentos ocultos. Es decir, el huevo Fabergé no era simplemente un objeto ornamental, sino un despliegue de ingeniería de precisión, como lo sería el «Huevo del Gallo», que al ser abierto, mostraba una miniatura que se movía automáticamente. Peter Carl Fabergé supervisaba cada diseño, cada detalle de la obra, y su equipo contó para la época con más de 500 artesanos extraordinarios.
La Revolución Rusa de 1917 cambiaría para siempre el destino de estos tesoros. El colapso de la monarquía marcó un punto de inflexión, y la demanda fue reemplazada por la austeridad, el diseño social y la reconstrucción. A medida que la revolución bolchevique borraba la opulencia de la aristocracia, los huevos Fabergé fueron quedando como símbolos de un tiempo cargado de nostalgia y belleza, pero también de un profundo desencanto. La grandeza imperial, se convirtió en recuerdo de una era que se desvaneció de un plumazo.
La historia no fue indulgente. En buena medida, el bolcheviquismo borró alguna parte de aquella opulencia aristocrática: el zar Nicolás II encargó el último huevo Fabergé en 1917, pero el destino le fue esquivo: la revolución ya había estallado y las joyas, junto a la monarquía, cayeron con la corona. La familia Fabergé, al igual que otras, fue despojada de su estatus y aquel taller fue confiscado. La espléndida Bolshaya Morskaya Ulitsa, (una calle cuya estética neoclásica aún sostiene el encanto de la ciudad) recuperó su nombre; la ciudad pasó a llamarse Petrogrado, un sitio cargado de nostalgia y belleza, pero también de un profundo desencanto social. Los huevos Fabergé son expresiones inconfundibles de una época en la que el arte y el poder estaban intrínsecamente entrelazados, una era que se desmoronó incluso bajo el peso de aquellos excesos. Lenin mismo habría catalogado los huevos como un «símbolo de la decadencia burguesa», una crítica penosa que refleja cómo el objeto, mas allá de su materialidad, podía convertirse en un campo de batalla ideológico.
Algunos huevos de la Casa Fabergé fueron destruidos o vendidos, mientras que otros fueron rescatados y preservados en museos. No obstante, la historia del arte ruso no puede ser entendida sin considerar el impacto de estos objetos extraordinarios en la sociedad. Postulan una suerte de imantación, de seducción; de amor expreso. Los saberes técnicos no reflejan siempre poder. Concentrados en algunos pocos museos que han catalogado estas obras, hoy son objetos de estudio para la historia del arte decorativo. Interesa aclarar que los ejemplares que aún son considerados originales no llegan a la veintena. La mayoría se encuentran a salvo en el Kremlin, pero especialmente en el Hermitage de San Petersburgo o el Victoria & Albert Museum en Londres, un sitio que describe los huevos como «ejemplos supremos de la joyería del siglo XIX» Unos y otros subrayan la sofisticación de Carl Fabergé y de cómo logró hacer que «cada pieza superara la anterior en ingenio y sofisticación». Damien Hirst ha comentado sobre la perfección de los huevos, apuntando específicamente al «increíble balance entre lo meticuloso y lo monumental».
Fuera del coleccionismo, la tradición de los huevos decorados recupera en la actualidad su forma pero también sus secretos. A menudo construidos en chocolate y filigranas de azúcar de colores, adornan las mesas de Pascua alrededor del mundo. Algunas de estas exquisiteces, aunque elaboradas con técnicas modernas y con ingredientes efímeros, evocan artesanalmente los fastos de ámbar, oro y rubí, los mismos oropeles y filigranas que alguna vez fueron emblemas de la aristocracia rusa. Los huevos de Pascua contemporáneos, consideran asimismo un singular valor material de mercado. También son caros. Los hay incluso en tamaños descomunales y podrían emular la grandilocuencia y los excesos de las cortes. No obstante, el huevo de Pascua conserva la historia de la celebración y el renacimiento que la festividad representa: aún en su lenguaje accesible, una transfiguración. La herencia del término hebreo Pesaj, con su carga simbólica de salvación y renacimiento, podría servir como un recordatorio de las múltiples capas de significado que estos objetos encierran.
En 1497 en Florencia, los discípulos del monje Girolamo Savonarola se pronunciaron en una extraordinaria quema conocida como La hoguera de las vanidades. Fue durante la fiesta del martes de carnaval y aquello que ardió durante toda la jornada fueron los objetos que se establecieron pecaminosos. Desde luego la población tuvo que desprenderse de ropaje y maquillaje, de espejos y mueblería ostentosa. También de volúmenes literarios y tratados científicos, obras consideradas inmorales o simplemente herejías. Aunque fue vista por algunos como un esfuerzo por preservar el patrimonio cultural, la reciente reconstrucción –parcial– de la Cámara de Ámbar podría verse como una recuperación patrimonial. También como una insistencia; una continuación de la opulencia y los excesos que definieron siempre a la aristocracia global, bastión político compartido con las monarquías y ciertos sectores de la iglesia. No obstante, el uso de seis toneladas de ámbar y panes de oro en la reconstrucción de la Cámara comparte con la técnica de Fabergé, una sensibilidad estética que no podrá ser eclipsada por las sombras de la inequidad social. Su valoración, tanto por su fastuosidad como por su implicancia histórica trasciende el círculo cerrado de la aristocracia extravagante.
En el año 2014, logró identificarse un ejemplar Fabergé perdido: El Tercer Huevo Imperial. Quien lo adquirió durante una subasta en Londres, fue un coleccionista privado cuyo nombre no trascendió. La joyería Wartski fue la intermediaria y los expertos estiman que el valor de la oferta superó los treinta millones de euros. La historia de los huevos Fabergé remeda una sobria conexión estética con las tradiciones actuales de la Pascua y sus huevos decorados. En tanto se torna imposible discernir secreto alguno escondido en la sutileza del chocolate, en la fragilidad de los ornatos de azúcar y el crujiente celofán, en la confitura de colores y aún en los juguetes escondidos en su interior; tampoco los enigmas y juegos de poder que sostuvieron su historia. En última instancia, la riqueza material puede ser efímera, pero el arte que perdura es un testimonio de la complejidad de la experiencia humana. ¿Acaso la técnica y el ingenio detrás de estas obras no nos remiten a un anhelo común; contener lo divino y lo secreto en algo tan real y tangible como un huevo?
Oscar Carballo, Mar de la China, Diciembre de 2024.