#ISSUE 58 / Año V / Marzo de 2025
Preferiría que no
El delito que precede a la libertad
Tiempo de lectura: 10´
por Oscar Carballo

«The Tomb, cercanías» ® /Oscar Carballo, Pintura electrónica + IA: 2136 x 4459 Px. Pintura electrónica, 3D, + IA. Febrero de 2025 /
Bartleby el escribiente es una novela corta y turbadora publicada en 1850, obra del escritor norteamericano Herman Melville. Escrita en primera persona, quien narra la historia es un abogado cerca del retiro; un hombre ya hecho, reflejado en la mesura, la sencillez y la calma. Verse a si mismo prudente, condicionó el meollo del relato: la sociedad de su época, reconocía todo eso en un jurista: «aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y a veces estresante hasta la turbulencia, jamás he permitido que esos asuntos alteren mi tranquilidad»
La discreción expresa las cosas sin apasionamientos. El arrebato, en cambio, suele empujar a la cordura por un barranco; el ardor, a la sinrazón. El relato del abogado, del que no sabremos nunca su nombre, se concentra en las particularidades de un empleado que a pesar de mostrar corrección en sus labores, revela algo más poderoso que su idoneidad para el puesto: su preferencia. Melville filtra la suya solapada en el relato: ignorar esta historia, –dice– podría considerar una pérdida irreparable para la literatura.
Herman Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819. Contemporáneo del poeta Emerson –de quién podría haber aprendido su optimismo incondicional–, de Carlyle y de Coleridge, encuentra en su amigo Nathaniel Hawthorne, una referencia ejemplar: su lenguaje literario. Pero los antecedentes de Melville podrían intuirse en otros norteamericanos menos ilustres.
La Norteamérica del siglo XIX mostraba la debilidad de sus hombres por el mar. Alistados en buques de carga, una de las fortalezas del comercio exterior junto al ferrocarril, protegían asimismo la memoria del siglo XVIII relatando las aventuras de sus prohombres. Galeones y fragatas; piratas. El novelista de aventuras Fenimore Cooper, formado también en el XIX y en la marina mercante, reemplazó saqueadores y corsarios para ilustrar otra guerra, la de la Independencia: su retrato se circunscribe al territorio que disputan pieles rojas y colonos. El recuerdo del mar, no obstante, es poderoso. Inolvidable, que lo es, Cooper aportó un informe a su memoria que finalmente no terminó: Historia de la Marina. Muere al tiempo que Melville publica Moby Dick.
El pasado de juventud de Melville se remonta también al mar. Marinero de hecho, se une al Saint Lawrence, un buque de carga y posteriormente al Charles and Henry, un ballenero. Necesita ver el mundo lejos de su familia. Durante la travesía recorre los archipiélagos del Pacífico Sur. Pronto los viajes se vuelven aventuras pero Melville no hace otra cosa que cargar su memoria literaria. Motines, caníbales y cárceles consignan buena parte de su reserva futura. No pasa mucho tiempo; regresa al continente y presenta sus dos primeros libros testimoniales en sociedad. Se trata de Taipi (1846) y Omoo (1847). Ese inicio literario documental, sumado a su experiencia de grumete, acierta en el interés editorial y redondea una cantidad considerable de libros vendidos. A partir de ese momento su carrera literaria se lanza en un desconcertante sube y baja.
La labor de escritor –profesión que figura tallada en su tumba en el Cementerio Woodlawn de Nueva York–, pareció quedar oculta bajo otros tantos trabajos que cumplió con respeto hasta morir. Funcionario de aduanas al final de su vida, la escritura condensó esa experiencia vital en alguno de sus libros: una suerte de encierro que su propio entorno familiar buscó para apaciguarlo de su ciclotimia, sus bravuconadas y el alcohol. La crítica, en tanto, marcó el rumbo y los saltos de sus publicaciones, direccionando para bien o para mal el contenido de su trabajo literario.
Su cuarta novela, Redburn, retrata la historia de un marinero, pero la última también: Billy Budd, –inconclusa, revisada y editada luego de su muerte–, examina las peripecias de un niño expósito que se gana sus días como vigía de un barco de guerra. Entre su primer libro y el último, Melville no abandonará las historias de mar salvo ocasionalmente. Sin excepción, todos sus libros llevan por título el nombre del protagonista. Con Benito Cereno –un capitán mercante–, centra su historia en los prejuicios y el desamparo: un barco de esclavos a la deriva. Para fin de siglo, los billetes norteamericanos mostrarán una viñeta donde reunir el santoral de su progreso: la ciencia reúne sus fortalezas: la marina y el comercio, la electricidad y el trabajo. La obra de Melville se pierde eventualmente en los estragos del alcohol, tanto como en su intrascendencia literaria.
Quién rescata a Melville del olvido no es un colega sino una operación patriótica: el Renacimiento Norteamericano, que se nutre del humanismo para valorizar los folclores nacionales. Para las dos primeras décadas del siglo XX, el mundo cultural emprende una restitución simbólica de sus bienes; la literatura será la gema a buscar. Cada uno y cada cual la encontrará para forjar sus grandes clásicos; su identidad.
Norteamérica postulaba una serie de escritores considerables. Mark Twain, por ejemplo. Pero lo que se buscaba no era un autor sino una obra. El gusto de las naciones establece pronto un concepto; una llave para postular tal identidad cultural; el juicio estético nacional. En esa revuelta, propios y extraños buscaron con celo una obra principal capaz de concentrar un vocabulario formal representativo. Académica y universalmente, el formato se decantó en forma de novela. Esos textos, hoy coronan los escaparates de bibliotecas y librerías como si se tratara de monumentos nacionales: para 1830, Stendhal publica Le Rouge et le Noir; La Cartuja de Parma, en 1839. Charles Dickens, lo hace con Oliver Twist, en 1837. En Inglaterra, Charlotte Bontë, publica Jane Eyre, y Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, ambas publicadas en 1847. En Argentina, el discurso social mediado de indiada, barbarie y progreso, encuentra su voz en La Cautiva, obra de Esteban Echeverría, (1834) y en Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, (1845), textos fundacionales y de resistencia, emergentes de un estado en formación.
Volvamos a Norteamérica: muerto, nadie recordaba especialmente las historias de Melville. Su último trabajo constaba de una serie de poemas reunidos; John Marr and other Sailors. (with some sea pieces). No obstante, alguien señaló una obra suya en particular, una novela que había pasado desapercibida en su momento y que muy pocos habían considerado leer: la ambiciosa Moby Dick, un volumen publicado en 1851 y donde Melville, entre la épica y la alegoría, encontraba el tono preciso de su lenguaje literario final. Contemporánea de Madame Bovary, (la novela del francés Gustave Flaubert), Moby Dick se publica nuevamente en 1856 reuniendo así las condiciones para ser considerada patrimonio nacional de la literatura clásica norteamericana.
Moby Dick narra la travesía del Pequod, un barco ballenero. En su Introducción a la literatura norteamericana, Borges va al grano: «Moby Dick es el nombre de una ballena blanca, emblema del Mal, y la persecución insensata de esa ballena es el argumento de la obra». Aunque los capítulos se suceden dentro de una estricta lógica decimonónica, una narrativa idealista que incluye las artes visuales de Norteamérica, (un capítulo didáctico, por ejemplo, se llama Sobre las ballenas en pinturas, en dientes, en madera, en plancha de hierro, en piedra, en montañas, en estrellas, y otro, Medidas del esqueleto del cachalote), Melville incorpora consideraciones que exceden acaso la idea original. Así disfruta de las referencias de la biología o de la historia de otras culturas, aspecto que dialoga en la múltiple nacionalidad de su tripulación. En sus capítulos variados, pueden verse las inscripciones talladas por brahmanes en las pagodas de la India y la obra de artistas disímiles como Hogarth y Guido Reni, trabajando sus paisajes explícitos con criaturas marinas.
Mientras retrata una aventura universal en el mar, Melville aplica una suerte de ensayística; la que deja inconclusa Fenimore Cooper. En Moby Dick abundan los tiburones sangrientos, pero también la reflexión espiritual. Cuando Melville describe una manada de ballenas blancas con sus colas dirigidas al sol, no evita compararlas con otras bestias sagradas. La adoración al Leviatán considera el culto del sabio elefante militar de la antigüedad cuyo saludo jubiloso mantiene su trompa alzada en silencio.
Envuelto en arcoíris, vapores y nieblas, Melville sostiene Moby Dick mediante innumerables datos geográficos locales y técnicos: el recuerdo de la Pesquería Británica en Groenlandia, la tradición naval holandesa, y desde luego la pericia diestra de los navíos y las cartas de navegación, el rol de sus capitanes y grumetes, sus historias de cubierta, sus balleneros y arponeros; sus troceadores. Una biblia: Melville es ingenioso y su agudeza es también moral: «El golpe de una mano es cincuenta veces más doloroso de soportar que el golpe de un bastón. El miembro vivo: eso hace el insulto vivo»
Bartleby, el escribiente aparece publicada en 1853 en una revista mensual, la Putnam´s Monthly Magazine que, con intermitencias –todas por razones económicas–, se comercializa hasta la primera década del siglo XX. La revista, que competía con Harper’s, se ocupaba de divulgar piezas literarias con especial énfasis en autores norteamericanos. La tirada no era menor; algo más de treinta mil ejemplares por mes. No obstante, Melville publica Bartleby, el escribiente, sin firma.
La referencia en la vida de un empleado administrativo parece examinar su propia dependencia moral interminable: la de su familia enfrentándose a a su temperamento, y la de la crítica que salvo en unas pocas ocasiones, siempre le fue adversa. La inquietud de Melville por romper el canon al que los editores asignaban, se reunirá con la experiencia de otro norteamericano ignorado del siglo XX: Raymond Chandler, un escritor que en general, fue señalado como un ingenioso cultor del policial negro. Entre publicaciones de tiradas pequeñas y ventas aún más bajas, Herman Melville muere el 28 de septiembre de 1891, en pleno Renacimiento Norteamericano.
Publicada un año antes que Moby Dick, Bartleby, el escribiente, –la historia de un copista judicial–, se presenta como una epifanía, la de un derrumbe moral que persistirá por siempre en una frase inquietante y conmovedora: Preferiría no hacerlo. Tratándose del condicional del modo indicativo, la probabilidad de una tarea irrealizada postula un futuro no necesariamente incierto, sino una pausa personal que Melville pone en boca del empleado Bartleby para expresarse durante toda la narración. La frase que el escribiente repite una y otra vez (una traducción alternativa podría ser: Preferiría que no) se convierte en una pesadilla para su empleador, el calmo y prudente jurista que narra los hechos.
El cuento es preciso y perspicaz. Luego de dar cuenta de la realidad de su vida, el abogado describe animadamente a sus empleados prestando atención a sus cualidades: el desaliñado Turkey, el moderado Nippers, y el proveedor de pasteles, Ginger Nuts. Entre ellos pareciera haber tantas habilidades como inconvenientes. La incompletud de los tres empleados torna en un desafío cotidiano que no parece difícil de resolver tratándose quizá de una oficina burocrática: transferir propiedades, rastrear títulos, y corregir todo tipo de recónditos documentos. Mientras nos explica tales peripecias, el abogado resuelve poner un aviso laboral.
La aparición de Bartleby en el rellano de la puerta de su despacho no deja dudas en el empleador: es el hombre que necesita en la oficina para ordenar a sus muchachos, y lo contrata de inmediato. La narración mantiene su ritmo en la mesura del abogado. No deja de ser curiosa la descripción que Melville hace de Bartleby: «una figura pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, irremediablemente desamparada» El abogado lo sitúa de inmediato en un rincón de su propia oficina; algo de esa tranquilidad le garantiza que cumplirá puntualmente sus tareas: «Al principio, Bartleby escribe en cantidades extraordinarias. Como si durante mucho tiempo hubiera estado hambriento por copiar, parecía darse un festín con mis documentos»
Al tercer día, esa fruición, esa complacencia, desaparece como producto de un hechizo: frente a un requerimiento del empleador, Bartleby, el escribiente, contestará con suavidad su latiguillo desconcertante: «preferiría no hacerlo»
La cualidad de Bartleby no es la rebeldía sino la obstinación, también la inmovilidad, aspectos que no parecen remedar la realidad de su proceder con la pena; al fin se trata de un copista administrativo sin otra preferencia que encontrarse mansamente con el final de su vida. En un intento exasperado por descubrir una razón a tal comportamiento, el abogado reúne a sus muchachos; a Turkey, a Nippers y a Ginger Nuts. Aunque busca llevar la situación por un plano de mesura, consigue todo o contrario:
–¿No estaría justificado despedir inmediatamente a Bartleby? La opinión consolida en el escribiente una resistencia tenaz. El empleado desafía la expulsión manteniendo su lugar de trabajo sin otra mención que el silencio. No importará jamás la pregunta; Bartleby conoce la respuesta.
–¿Por qué se niega?
–Preferiría no hacerlo.
El mar, los arponeros y los buques de carga se evaporan de la narrativa de Melville. No hay rastro de esa inmensidad, salvo en el latiguillo del copista que se manifiesta como un eco interminable en una oficina que se hace cada vez más pequeña y opresiva. Mediante esa arbitrariedad –el ciclo sin fin de una tarea irrealizada–, Bartleby conoce la cárcel, lugar que no abandonará hasta su muerte. El ambiente del cuento, dice Borges, coincide con la obra ulterior de Kafka. Mediando el siglo XIX, otras obras se convierten en clásicos. La miseria y el destino desigual afirman el interés novelístico. León Tolstoi publica La guerra y la paz en 1867. Fedor Dostoievsky hace lo propio con Crimen y castigo, en 1866. Los miserables, de Victor Hugo, ve la luz editorial en 1862.
Melville localiza la muerte de Bartleby recluido en The Tombs (Las Tumbas), un complejo penitenciario en Manhattan construido en 1838. La cárcel, de estilo Neoegipcio con sus puertas y pilonos y sus profusas columnas papiriformes, situaba cercanía con la oficina donde trabajaba con el jurista. Bartleby muere por inanición.
En 1970, el arquitecto italiano Aldo Rossi diseña el cementerio de Módena. En su idea, observa necesarios unos pocos volúmenes muy simples; una estructura que se asemeja a un esqueleto primario. Promediando el recorrido del proyecto, el estómago es una construcción vacía, hueca y sin techo, espacio que según su autor remite a lo inacabado humano.
Oscar Carballo, Buenos Aires, 1 de Marzo de 2025