#ISSUE 56 / Año V / Enero de 2025

Sinterklaas y el oro de los milagros

Las películas que Goebbels obsequió al Estado alemán.

Tiempo de lectura: 10´

por Oscar Carballo

Sinterklaas y el oro de los milagros

Leyendo en voz alta antiguos poemas de Navidad. Oscar Carballo: Pintura electrónica, 3D, + IA, 3540 x 9560 Px. Bs.As., Diciembre de 2024

Papá Noel es la reunión en el tiempo de una serie de características y hechos medievales. Nicolás de Mira, un peregrino nacido en el Asia Menor, parece ser la figura principal de esta filología. Aunque su nombre siempre cambia, la historia de Nicolás revela la influencia que las tradiciones del Oriente Próximo ejercieron en la memoria cristiana para convertir su vida asombrosa en una creencia mágica global. En los Países Bajos su nombre es Sinterklaas, un apócope de Sint-Nicolaas. Su arribo por el río Amstel, todavía convoca multitudes cada noviembre. Llega desde un lugar antiguo y secreto de España, pero se transmite en vivo por streaming. Su porte recuerda a Odín, el dios principal de la mitología nórdica. También semeja la imagen de un pastor anciano; tal la similitud tipológica en los objetos que porta y lleva: hábito, mitra, bastón, correas, escapulario, capucha; estolas. Al bajar de su barco a vapor, jubiloso, Sinterklaas monta un caballo blanco magnífico. El dios de los viajeros recorrerá Ámsterdam repartiendo masitas especiadas con el pueblo. En Norteamérica, su nombre es Santa Claus.

Hijo de griegos acomodados del siglo IV y obispo de Mira bajo el Imperio romano, San Nicolas asistió con gratitud a los desposeídos y a los hambrientos. Su quehacer abarcó innumerables episodios mágicos, muchos de ellos guiados por el número tres. Sus ofrendas: metales de oro, en medallas y esferas. El sendero que podría trazarse entre Nicolás y Santa Claus es en definitiva, una articulación arbitraria de folclores a uno y otro lado del mundo. Luego de la invasión turca en el siglo XI, Licia, un puerto griego de reabastecimiento militar romano, desapareció en el abandono. La gracia de San Nicolás, siempre secreta, no ocultó su memoria salvo su féretro que fue robado por un grupo de mercaderes para trasladarlo arbitrariamente a Bari.

Uno de los tantos episodios de Nicolás consistió en devolverle la vida a tres niños que habían muerto ejecutados. Otro, la salvación de tres soldados inocentes. La historia principal, da cuenta de tres monedas de oro enviadas a una familia empobrecida que jamás podría reunir la dote necesaria para casar a sus tres hijas. Advertido por las penurias, Nicolás deja caer una moneda por la chimenea de la familia. Busca mantener en reserva la ayuda. Al día siguiente echa una bolsa por la ventana y vuelve a desaparecer misteriosamente. La noche siguiente, Nicolás arroja una tercer moneda que entra curiosamente en una media que se seca bajo la chimenea familiar. El hombre, advertido por las ofrendas, persigue a Nicolás y lo descubre: «¡Has salvado a mis hijas!,» ––le dice. Nicolás contesta como un peregrino: «Sólo debes agradecerle a Dios: estos dones son en respuesta a tus oraciones de liberación» No se trató de una vanidad. Para el siglo IV D.C, la llegada del matrimonio evitaba la esclavitud de las mujeres. También la prostitución. La operación mágica de Nicolás (el secreto de su ofrenda) se mantiene inamovible hasta la actualidad.

Tales historias, sensibles a las carencias del individuo común, consignaron una tradición piadosa y acaso moral: Nicolas se convirtió en el patrono de los niños y sus historias se hicieron universales. Quien narró el trayecto de Nicolás, fue Miguel el Archimandrita, un cronista medieval que reunió las deslumbrantes historias del santo en un volumen llamado Vida de San Nicolas. De esos escritos sabemos todo, aún las fantasías que el tiempo añadió. Los artistas lo retrataron en pinturas y retablos. En algunas se lo ve trepando ingeniosamente por muros y ventanas; en otras, luce encapuchado. Las obras se ajustan al modo teocrático de la época representando los escenarios de la escena espiritual. El punto de vista es múltiple y esplendoroso; también celeste y redentor.

Fue la Iglesia Romana de Occidente, ocupada en derribar las celebraciones romanas, (del mismo modo que las había impulsado Nicolás, demoliendo el paganismo de sus templos, oráculos y exvotos), quien impuso el calendario navideño: fijó el alumbramiento de Jesús, el día 25 de Diciembre, y la confirmación como hijo de Dios, (la epifanía), para el 6 de Enero. Es allí, cuando el niño Jesús recibe sus regalos. Entre los curiosos y humildes sobresalen tres sabios expertos en el arte de la magia; astrólogos guiados por el persa Melchor. Se acercan a conocerlo con ofrendas. Jesús recibe así oro, incienso y mirra. La Biblia da cuenta que son los magos quienes entretienen a Herodes para evitar que mate al nuevo Rey que acaba de nacer. A diferencia de Odín y su influencia en los pueblos nórdicos, no hay ligazón alguna entre Nicolas y el nacimiento de Jesus. Son la suma del tiempo y las costumbres quienes incorporan a San Nicolas a la celebración cristiana occidental.

Si Miguel el Archimandrita ordenó el pasado del santo griego, fue Washington Irving, un curioso y prolífico escritor de aventuras norteamericano quién lo incorpora en un texto de manera fantástica. No lo hace sin argumentos. Conocedor de los asuntos de la filología alemana, tanto como del pasado profundo de los colonos neerlandeses en Norteamérica, Irving escribe además sobre sus tradiciones. Su voz se vuelve central para adecuar las costumbres norteamericanas a la Inglaterra victoriana que conoce. Mientras se refiere a los modos de celebración de la Navidad inglesa, escribe en 1812, Una historia de Nueva York: el sueño de San Nicolás viajando por los aires de la ciudad moderna. Irving es además, quien redefine el vocablo holandés Sinterklaas para convertirlo mediante una traducción libre, en Santa Claus, un ermitaño cuyo linaje se reparte entre el bondadoso Nicolas y el apocalíptico Odín.

Cien años después, un 6 de abril de 1917, Estados Unidos de América le declara la guerra a Alemania. Hasta el momento, se había mantenido neutral. Aunque la sociedad, anestesiada de vigor económico ve morir a sus hijos en la guerra, la contienda trae bonanza a la economía. Mejores salarios, nuevos empleos, tiempo libre y dinero a discreción. Se presentan diez años impactantes y una revolución cultural a la medida de su historia. Los norteamericanos abusan del alcohol, derrumban la castidad, refrescan su vestuario, construyen una moral alternativa donde proclaman la abundancia material indefinida y hasta plantean una unión simbólica entre los pueblos rurales evangelistas y la modernidad de las grandes urbes. Pero el colapso de la Bolsa de Valores de New York desata el hambre, el desempleo, la indigencia y también los suicidios. A Alemania no le va mejor. Los desempleados son millones, fruto de políticas asociadas al gigante norteamericano durante la guerra anterior. En esa paradoja, la industria alemana se enfrenta al dilema de sus artistas. Son brillantes pero parecen degenerarse día a día. El Partido Nazi encuentra el hueco perfecto para ofrecer el cambio que Alemania, agotada de incertidumbre, implora: hacer una Germanía grande, inmensa; perfecta. Lotte Reiniger, desde la vanguardia, resiste en un último aliento: estrena en 1926 Las aventuras del Principe Achmed, una animación asombrosa hecha de siluetas de papel, geometría y sombras.

Durante los años 20’, la industria norteamericana de la animación ya produce trabajos notables. Paradójicamente, es hacia fines de la década, cuando en medio de la crisis económica, empieza su época dorada. La responsable es la guerra, tanto como las tecnologías que integra. La animación instala definitivamente la costumbre del sonido sincronizado. La gráfica comercial se pone de pié. Coca- Cola acepta la sugerencia de sus publicistas e incorpora al extraño hombretón de Irving en los anuncios de gaseosas: Santa Claus. Se suceden campañas y artistas. Se trata de un éxito rotundo, pero es el ilustrador Haddon Sundblom quien empuja al personaje hacia el futuro. Santa Claus es, sin ambages, el benefactor que Norteamérica necesita. Sumida en la Gran Depresión, la esperanza de toda una sociedad parece ampararse en la picardía de un agencia que rediseña la vestimenta de Santa Claus, tanto como su fisonomía.

Europa está inquieta; el mundo advertido: Alemania se prepara para recuperar el territorio perdido durante la Primera Guerra Mundial y va contra todos. En Alemania, Nikolaus goza de buena salud, al fin de cuentas, honrar a los niños es también una tradición luterana. La noción de misterio, o si se quiere de sorpresa, es una de las razones de su entrañable y legendaria popularidad salvando aún las ideologías y las distancias religiosas. Tanto en el norte protestante como en el sur, eminentemente católico, los niños reciben regalos cuyo remitente secreto es un generoso santo cristiano. La obra mágica de San Nicolás es recibida en el mundo entero como una señal de gratificación y dulzura. Alemania toma nota, y sus árboles de Navidad descartan las esferas cristianas para encenderlos con velas paganas. Nikolaus enseña el valor de la bondad; Odín, la inspiración y la locura. Adolf Hitler está listo para ser elegido canciller.

Entreguerras, los gobiernos distraen a la sociedad. Los estudios Walt Disney desarrollan un proyecto ambicioso al que llaman Silly Symphony; un programa que incluye la producción de centenas de cortos animados. A mediados de la década del 30’, Mickey Mouse, Pluto y el inefable Pato Donald ya son famosos. Entre todos narran sin reparos la vida social norteamericana; dibujan sus disparates a color y ríen con sus logros. El Taller Factoría de Disney muestra un ánimo bélico exultante. La película, producida por United Artists, dura poco más de seis minutos. Walt Disney retrata al laborioso Santa Claus como un empresario industrial, un obispo, o ambos a la vez. Está abocado a leer las cartas que las niñas y niños norteamericanos le han enviado con sus deseos. Entretanto dirige unos elfos azules que dominan todas las artes y oficios: en la cadena de montaje hay carpinteros, electricistas, torneros, tejedores, peluqueros y artistas pintores. Eventualmente, algún niño podría no recibir obsequios. La buena conducta es la llave para ingresar o no, su pedido a la fábrica de juguetes. Para Santa Claus, la tarea no es sencilla; dos montañas de cartas cubren la sala mientras un elfo astuto revisa una especie de guía telefónica. Tratándose de una obra de Disney, lo que chequea, veladamente, es el comportamiento de niños y adultos. Norteamérica está en pié de guerra y tiene las herramientas para enfrentarla; sólo necesita orden y un descomunal esfuerzo social. Los dibujos animados llegan de inmediato al corazón del público. En 1933, Disney continúa la saga y filma The Night Before Christmas, una secuela que narra la entrega de los juguetes durante la Nochebuena.

Si el nazismo reemplaza los villancicos por canciones nacionales, Norteamérica compone el espacio sonoro de sus animaciones con alegres marchas militares. En ese marco, Santa Claus viaja en trineo llevando la misma bolsa de regalos remendada. Pronto detiene su viaje en el tejado de una casa y entra por una chimenea decorada con medias vacías. La familia es numerosa y pobre; tanto que es el peregrino quien provee el árbol navideño. Los niños duermen. Los juguetes marchan una vez más. Los cañones de juguete encienden bolas de navidad y también, las velas de Alemania. Santa Claus rellena las medias de golosinas. Cuando los niños despiertan, (solos y todos juntos en una cama inmensa, lo que indicaría que los padres podrían estar muertos), Santa escapa por la chimenea como el griego Nicolas. Los niños se abalanzan sobre los juguetes que apenas tienen tiempo de regresar a sus cajas. Entre las escenas, la mas turbadora, concede a dos hermanos más grandes dispararse mutuamente escopetazos; el más pequeño recibe de obsequio un perro real. Todos saludan al cielo, agradecidos.

Tan sólo unos meses después, el 2 de agosto de 1934, el presidente de Alemania, Paul von Hindenburg, muere y es Adolf Hitler quien asume el poder. Joseph Goebbels, quien comparte con el Führer el gusto por los dibujos de animación, le regala un tesoro: una caja con películas de Disney. Hace rato que el cine animado los divierte. Entre las cintas elegidas, destaca Blancanieves y los siete enanitos. Cuando todo parece encaminarse a la distribución alemana, Estados Unidos decide bloquear el intercambio, boicoteando la llegada del material fílmico alemán. Al inicio de la segunda guerra, en 1939, el amor del Führer por Disney se hace irremediablemente añicos. La Alemania de Hitler pega un portazo y se concentra en su folclore: no desestima las factorías, ni los almacenes de golosinas, ni las jugueterías, salvo para producir en sus propias tiendas: es el mismo Partido Nazi quien envía a los niños alemanes, soldados de chocolate prolijamente envueltos con la cara del Führer. Los villancicos cristianos tienen un destino similar: son reemplazados por canciones nacionales conmemorando el renacimiento del sol. Odín, el caminante; el guerrero implacable, el egoísta aterrador, sustituye objetivamente al generoso San Nicolas, y desde luego, al Jesús cristiano. Ya en plena guerra, en 1942, una producción de Disney llamada The New Spirit, anima las bombas alemanas sin eufemismos. Se trata de la guerra cruda y dura. Aunque la animación es presentada por el Pato Donald, los dibujantes intervienen esvásticas diabólicas en los cañones enemigos; un despliegue dramático sin precedentes. A pesar de tales esfuerzos, será el dictador Iósif Stalin, (un hombre al que no conocemos gusto alguno por los cartoons), quien detendrá al nazismo en el mundo, ofrendando más de un millón de almas a la causa. Al respecto de San Nicolás, su nombre y su linaje, parecen desaparece fuera del hemisferio norte: puede llamarse Papá Noel, Father Christmas, Babbo Natale o Ded Moroz.

Las crónicas de Miguel el Archimandrita, consideran otros sucesos mágicos de San Nicolás: se lo pondera como protector de marinos y viajantes, de ladrones redimidos y soldados, de comerciantes; de solteros ingratos. Muchas imágenes y estatuas de San Nicolas llevan asociadas a su manto, tres bolas doradas que representan las tres monedas de oro recurrentes en sus milagros.

En Londres, en la actualidad, los prestamistas y las casas de empeño, identifican las marquesinas de sus negocios de la misma forma.

Oscar Carballo, Mar de la China, Diciembre de 2024.

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