Entrevista Mercedes Álvarez

Fotografia: Patricio Pagliari- Villa Crespo 2021

Mercedes
Álvarez

Socióloga por la Universidad Pública de Navarra donde vivió entre 1998 y 2006, Mercedes Álvarez nació en Tandil en 1979. Sus libros desbordan invariablemente hacia un lugar de esperanza que aún así parece desconocido: Saigón, Grow a Lover, La gota en la piedra, son finalmente acuerdos donde formalizar la escritura en destinos tan imprevistos como probos. Una suerte de Pasión, de artificio privado, cuya versión pública, –la palabra– pone en emergencia su potente vitalidad y su absoluta honestidad intelectual.

Entrevista  por
Aftermath Laika 

AL: Rara vez su escritura conceda un espacio de confort. Como si se tratara de una suerte de advertencia esperanzadora cuyo único vínculo con la realidad es su presentimiento.

MA: Creo que este señalamiento, que es muy cierto, tiene más que ver con la economía que plantea mi escritura. Es una escritura escueta, que intenta ceñirse a lo “esencial”, si es que tal cosa puede decirse. Pero, por otro lado, pocas cosas me provocan más horror que la idea de confort. ¿Qué es el confort? Si se trata de confortar al lector, no sería capaz de hacerlo, porque tampoco puedo confortarme a mí misma. Vivimos en un mundo que en un ochenta por ciento podría considerarse un páramo lleno de basura y muerte. Puedo asegurarte que no lo olvido ni un solo día, y sin embargo… se vive, se estudia, se trabaja y se ama. El confort material… bueno, si aparece sin que se lo busque, es una cosa. Uno hereda una casa, tiene la suerte de tener un sueldo decente, nació en algún lugar del mundo, en determinada clase social, etc. Pero la idea de pasarse años ahorrando para invertir en confort, de endeudarse para invertir en confort, me parece un pasaporte seguro a la imbecilidad. Año tras año de eso -de invertir tiempo en asegurar el confort antes que cualquier otra cosa y sea este del orden que sea- aportan a un vacío espiritual desolador.

AL: ¿Se puede vivir de la literatura o es peligroso? Me refiero a distribuir los esfuerzos, la técnica y las emociones en una mecánica laboral cotidiana.

MA: No, no creo que se pueda. Aunque yo querría ser esa persona disciplinada y metódica, una mujer austera que viva del periodismo cultural, coma lo indispensable y dedique todo su tiempo libre a crear una obra. Pero no se puede, al menos para mí. La literatura no me responde así. Se ha vuelto, cada vez más, de un indisciplinamiento terrible y debo vivir con eso. No es fácil acceder a una verdad sobre uno mismo, de manera que no me queda otra cosa que escuchar, y eso no ocurre cada día, ni todo el tiempo, ni es cotidiano. Hay días sordos, en los que quizá lo mejor sea empuñar la brocha gorda y pintar el frente de la casa. Y por otro lado, es peligroso intentar vivir de la literatura y terminar manejando un cierto automatismo. Sé que es irracional, pero me da miedo el desguace de los recursos espirituales, que no son inagotables. Entonces, quizás de algún modo, viviendo de otra cosa, uno tiene la fantasía de que esos recursos se pueden preservar.

AL: La escritura está sujeta siempre al asombro, un piélago sin márgenes ni profundidad donde lo insignificante puede retratar la abundancia. ¿Dónde y cuándo se detiene todo? ¿Cuál es el límite concreto de sus textos?

MA: Exacto. Sin márgenes. No se detiene nunca, ni siquiera con el texto publicado lo hace. El texto publicado llevaba en sí miles de posibilidades antes, mientras era producido, y hubo que elegir. Bueno. Ahí está el resultado, siempre tan imperfecto que da ganas de llorar. Con suerte aparece otro texto, y me digo: “ahora sí. Este va a ser brillante, definitivo”. Pero nunca es. Es otro texto, y muy rápidamente se vuelve tirano y hay que escribir y corregir sobre lo ya escrito y corregido. Creo que por eso mis novelas parecen incompletas. Es porque en verdad lo están. Son un recorte brutal, que pretende ser totalizador, pero no lo es. En todo caso, no siento nunca que hayan sido “acabadas”. Nunca lo están.

AL: La muerte es un proceso de la vida misma, sin embargo no toleramos ninguna noticia alrededor de ella, como si se tratara de algo impropio, absurdo. ¿Podría decirse que la muerte es la suma de todas las resignaciones? ¿Cuál es su resignación?

MA: La muerte es la condición de posibilidad de toda obra artística. Onetti daba una explicación existencialista sobre “El proceso” de Kafka. Decía que todos tenemos que morir, y no sabemos por qué. ¿Qué delito cometimos? No hay respuesta. Nos resignamos a morir, pero nos resignamos también a cosas mucho peores. Por ejemplo, a envejecer, que para mí sí es una resignación más profunda, o al hecho de trabajar, que es aún más grave porque uno debe vender su alma a cambio de que le permitan asegurar su subsistencia. Como decía Faulkner, no hay nada que uno pueda hacer durante ocho horas al día ininterrumpidamente, excepto trabajar. No se puede beber ocho horas ininterrumpidas, ni hacer el amor, ni comer. Pero trabajar, sí. Es una gran desgracia.

«Hay días sordos, en los que quizá lo mejor sea empuñar la brocha gorda y pintar el frente de la casa»

AL: ¿Puede explicarse la austeridad como una forma de la resignación?

MA: No creo. La austeridad es más sensata que la opulencia. Implica un cierto orden mental, y la posibilidad de que el desborde se instale en la mente, en las emociones, en el arte. Si hablamos de otra austeridad, como la de mi prosa, la que mencionaba más arriba, no se trata de resignación, sino de una contención. Es como hacer un descenso a los infiernos y traer una llama, o un miembro calcinado. En definitiva, esa es la clave de toda obra. Un recorte de la realidad que funciona como un recordatorio.

AL: Mercedes, usted publicó poesía, cuento y novela. En cierto modo esa visibilidad le permite discutir el ámbito de la literatura desde el presente. Hay algún movimiento actual que está siendo identificado por la crítica y los medios culturales, la llamada Literatura gótica latinoamericana. En 1920 en Argentina un puñado de artistas organizó un reunión informal donde manifestar su vanguardia: el grupo Boedo. Otro movimiento literario llamado Florida lo enfrentó, digamos, ideológicamente. Para los mismos años el dadaísmo original del Cabaret Voltaire ya tenía espacios radicalizados como el grupo de Zurich, decididamente político: ¿Pueden entenderse en la actualidad espacios de reunión artística comunes y contemporáneos?

MA: Puede haber ciertas afinidades, sin dudas. Por ejemplo, he leído a Carolina Sanín y lo que ella escribe, que es raro y marginal, y sin embargo ciertamente contemporáneo, está muy en sintonía con mi forma de entender la literatura. Pero algo como la literatura gótica latinoamericana (supongo que hablamos de Enríquez, por ejemplo), no creo que tenga mucho que ver con las posturas ideológicas de Boedo y Florida. Se trata de una literatura donde casi solo hay cuerpo. Puede haber cierto halo siniestro y provocador, como lo hay también en García Lao, pero no hay un discurso desarrollado, una postura crítica. Parece más bien como algo que “se dio” y está de moda. Genera interés, está bien escrito. Provoca. Pero nada más. Parece más un agrupamiento comercial producto de los editores que un movimiento real de pensamiento. La atomización que hay hoy no permite otra cosa.

«No deja de resultar conmovedor que el ser humano siga adelante bajo el lema ‘Dios proveerá’»

AL: La obra del poeta Von Hofmannsthal alude a una suerte de libertad nostálgica que sin embargo espera la muerte atrapada en un interior vano e impotente: En Carta a Lord Chandos, Von Hofmannsthal dice textualmente «he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa» ¿La carta es una conjetura formal sobre lo espiritual o sobre la percepción de la existencia como una moral estimulante?

MA: Lo que dice Hofmannsthal, por boca de Lord Chandos, es que el mundo es demasiado claro, demasiado transparente, como para intentar describirlo con el velo de las palabras. Hace falta despojar a las cosas, y en este sentido va en sintonía con un sentir de la época, con un despojamiento que también toca a otras disciplinas del arte, como la arquitectura de Loos que es una arquitectura del silencio por oposición al estilo ornamental que imperaba en Austria-Hungría por ese entonces. Lo que aparece es entonces una mística de lo cotidiano. Ese deslumbramiento frente a un rastrillo o un haz de luz, y la incapacidad de las palabras para dar cuenta de ello. Hofmannsthal quiso despedirse de la literatura (¡haciendo literatura!). Sin embargo, volvió a escribir. Lo que no volvió a escribir fue poesía. Lógico.

«La muerte es la condición de posibilidad de toda obra artística»

 AL: ¿Para quién escribir, entonces Mercedes? Juan José Saer diferenciaba con acierto el mercado del lector? Se entiende perfectamente que las experiencias del lenguaje no venden libros, salvo para los compradores de novedades y una elite muy concreta que los busca como necesidad.

MA: Hay que escribir, de todas formas, para un lector hipotético, que es el que tenemos en mente cuando escribimos. El que podrá eventualmente comprender cuando hayamos perdido toda esperanza. El mercado poco importa, y parece una frase hecha, pero no es así. Con la publicación de mi última novela me pasó: quise encontrarle una buena editorial, con buena distribución, con capacidad de hacer que el libro llegara a la prensa. Lo conseguí porque tuve la suerte de que Damián Tabarovsky en Mardulce se interesara. Pero luego aparecen las críticas, las lecturas superpuestas, y ves que lo que querías decir no se entendió, o que la gente se decepcionó. Lo que sea. Yo pensé que eso me iba a llevar a no querer escribir otra cosa. Pero acá estoy. Seguiría escribiendo aunque no hubiera ya la más mínima posibilidad de publicar, para ese lector hipotético.

AL: Al respecto de las decisiones, las imposiciones y las apropiaciones, ¿Cómo entendés el proceso de elección en tu trabajo literario?

MA: Empecemos por la última: la apropiación es inevitable. Ocurre, como dice Salter en un ensayo, que al principio uno se fascina con un escritor de tal manera que come, duerme, se levanta con él. Se aprende párrafos de memoria, e inevitablemente lo copia. A mí me pasó con Faulkner, con Onetti. Después resulta que el abanico se abre y de pronto ya no es Faulkner solo, sino Walser, Rosario Castellanos, Marguerite Duras, Kafka, Baron Biza, Mary McCarthy, Arlt, y tantos otros. Pero la fascinación inicial, un poco se esfuma. Es ahí cuando puede nacer un estilo propio. Ahí aparecen las decisiones, lo que de verdad un escritor tiene para decir. Y respecto de las imposiciones… no sabría. Supongo que los escritores profesionales tienen que lidiar con ellas. Pero yo no soy una escritora profesional.

«Nos resignamos a morir, pero nos resignamos también a cosas mucho peores. Por ejemplo, a envejecer, que para mí sí es una resignación más profunda»

AL: ¿Y en la esfera social? ¿Hay un grado de libertad posible en las elecciones que no burle la condición humana a una suerte de chicana?

MA: Es mucho mas difícil no estar mediado por alguna cuestión que haga a las convenciones sociales. Seguimos naciendo en entornos familiares disfuncionales y las personas siguen insistiendo en la idea de formar, en su gran mayoría, familias tradicionales, intentando “remediar los errores de los padres”, cuando el error quizá sea la propia idea de familia. De todas formas, venimos prediciendo su fin hace dos siglos y aquí seguimos… No deja de resultar conmovedor que el ser humano siga adelante bajo el lema “Dios proveerá”. La idea de futuro, qué decirte. Es inexistente. Pero siguen naciendo niños que serán carne de cañón para una economía laboral en ruinas. En medio de todo esto, es muy difícil pensar en un modo de ser libres que no encuentre alguna pared contra la que estrellarse. Decimos que la familia no se elige, pero los amigos y las parejas sí. Y sin embargo, como hablaba hace poco con mi amigo Andrés Barba, la amistad es un concepto muerto, porque nadie está dispuesto a hacer nada más comprometedor por el otro que juntarse a tomar unas cervezas (y eso si no supone demasiada movilización o desajuste de horarios). La idea de sacrificarse por el otro de uno u otro modo ya está demodée. Incluso se la considera perniciosa porque “hay que preservarse”.

«Decir “no sé”, sería el paso necesario para aprender un silencio que no sea solo la ausencia de palabras»

AL: ¿Cómo pueden entenderse ciertos procesos estéticos que comprimen hasta lo indecible al lenguaje? Mies van der Rohe consideró que menos siempre debía ser más. ¿Cómo se narra bajo esas condiciones la incertidumbre y la pasión? ¿Los extremos espirituales?

MA: Bueno, esta es una pregunta tan compleja que me temo que no tiene respuesta. En como cuando uno lee a determinado autor y se pregunta ¿de dónde sale esta escritura? ¿Cómo se puede ser tan genial? Confieso que tampoco podría responder acerca de qué sería un “extremo espiritual”. Incluso bajo las peores o las mejores condiciones, esos extremos deben darse por momentos, imagino. No lo sé, porque cada vez sé menos. Entonces, podría hablar de la incertidumbre, y de la pasión quizás. En este sentido, creo que el anclaje es la poesía. Lo que puede ayudar ahí es recurrir a ella.

«La amistad es un concepto muerto, porque nadie está dispuesto a hacer nada más comprometedor por el otro que juntarse a tomar unas cervezas»

AL: ¿Hay un mundo de superficies, ligero y comprensible y otro mas  profundo donde se hace muchísimo mas difícil hacer pie?

MA: No creo, no. No establecería esta diferenciación, y no sabría decir muy bien dónde estaría el límite. Si hay un mundo de superficies, inteligible, es un mundo desesperante, porque se trataría del mundo reglado por los horarios, por el trabajo, por la vida social que supuestamente deberíamos vivir. Lo que marca la norma. Ese mundo, sin embargo, no es un lugar donde hacer pie sino todo lo contrario. El trabajo, por ejemplo, es una desgracia que aceptamos porque después “podremos hacer otra cosa”. Como dijo hace poco Belén Gopegui en una entrevista, la vida es lo que pasa desde que te levantás hasta que te acostás, y no lo que ocurre a la hora de salir del trabajo. Es absurdo compartimentar la vida, pero muchas veces las personas lo hacen porque si no se morirían de depresión en una cama. Entonces: no se puede compartimentar la vida, pero lo hacemos (de hecho, muchos mueren por depresión). El resultado se llama alienación, y produce neurosis y decenas de consecuencias psíquicas de las que ni siquiera nos percatamos. Pero asumir lo otro, que el mundo no es lo que debería ser sino lo que es, obviamente es muy difícil. Es aceptar que existió un Auschwitz, que ningún Nuremberg podrá remediar jamás. Aceptar los mutilados del Congo, el exterminio de doscientas cincuenta mil personas en Guatemala, etc. etc. La vida puede derivar en eso y con demasiada frecuencia lo hace. “El horror”. Si, no está exenta de momentos luminosos, pero es monstruosa y desmesurada. Y casi nadie quiere vivir con la incertidumbre.

«Asumir que el mundo no es lo que debería ser sino lo que es, obviamente es muy difícil. Es aceptar que existió un Auschwitz, que ningún Nuremberg podrá remediar jamás»

AL: Practica boxeo, una disciplina que no solo incluye el artificio del ataque, sino la consistencia de la defensa. El cuerpo también controla el impulso de la palabra. ¿Cómo articula las dos experiencias?

MA: Bueno, no sé si puede hablarse de una articulación, pero lo que sí puedo decir es que he aprendido mucho de la enorme capacidad de autodisciplina que tiene la gente que se dedica al boxeo. El boxeo exige concentración, habilidad, largas horas de práctica, dieta… es muy sacrificado, pero los boxeadores aman tanto lo que hacen que no dudan en meterse de lleno a todo esto. Los absorbe, y quien se pone a estudiar este deporte termina dedicándole más tiempo que a cualquier otra cosa que haya hecho, o al menos ese es mi caso. Ojalá pasara lo mismo con la literatura. Lo veo en los talleres; la enorme demanda que exige la literatura no es bien tolerada. Hay un deseo que, frente al esfuerzo desmesurado que la materia exige, se extingue con asombrosa rapidez. El boxeo enseña una resistencia física y mental que puede aplicarse a lo literario. O debería.

«Es absurdo compartimentar la vida, pero muchas veces las personas lo hacen porque si no se morirían de depresión en una cama»

AL: EL ringside, como cualquier otro deporte es un espacio estanco cuyo límite sólo es transitado por los contendientes y un árbitro ocasional. Fuera de él, la multitud está en completa expectación; pero ese sitio de lucha se parece mas a un tablero de ajedrez que a un circo romano.

MA: El boxeo es un ajedrez humano. Evidentemente, puede ser sangriento a veces, pero requiere de una gran habilidad. Confundir al oponente, encontrar la oportunidad de dar el golpe ante un descuido en la guardia, observar mucho. Necesita de gran precisión en la técnica, de coordinación, y de mucha inteligencia. A la larga es la combinación de estas habilidades y no los golpes lo que marca la diferencia.

«He aprendido mucho de la enorme capacidad de autodisciplina que tiene la gente que se dedica al boxeo»

AL: La leche derramada alrededor del mundo pródigo crea permanentemente vacío y estremecimiento social, pero el poder económico argumenta cada vez con mejor estilo el descarte de las sociedades a través del hambre y la indiferencia. ¿Podría verse de igual modo esta actualidad como una suerte de fin de ciclo?

MA: Para mí estamos ahí. Hay un cambio de paradigma. Empezó con la Primera Guerra. Un evento absurdo que levantó pasiones patrioteras entre una población sorda y ciega. Sobrevino el desencanto, y una Segunda Guerra metódica y sin pasión, como señala Zweig en El mundo de ayer. Era inevitable, porque ya habían sentido el olor de la carne quemada. Y a partir de allí se fueron ajustando las clavijas del control. Ahora tenemos una pandemia mundial, que es la excusa ideal para exigirle a la gente un pasaporte hasta para entrar en un bar. Pronto no podremos ni salir de casa. Y quizás sea mejor no hacerlo. Quizás refugiarse en una biblioteca, viviendo de las lecturas por hacer y el conocimiento acumulado sea lo más sensato. Pero yo me considero una privilegiada. He podido meter en estos años muchas cosas en mi cabeza que me van a ayudar a vivir por el tiempo que me quede, poco o mucho. Me entristecería morirme sin ver la calle donde vivió Lampedusa. Todavía tengo la esperanza de viajar. Aunque si no lo hago, no tendrá demasiada importancia.

«La enorme demanda que exige la literatura no es bien tolerada. Hay un deseo que, frente al esfuerzo desmesurado que la materia exige, se extingue con asombrosa rapidez»

AL: ¿Qué sentido tiene el arte en un mundo tan intenso como arbitrario, tan bello como irracional?

MA: El de permitir la vida. Como dice Tarkovsky: la humanidad no se percata de que sencillamente moriría sin artistas.

AL: Hay una conjetura acerca del silencio que a veces se malinterpreta: se asocia lo silente a la negación de la palabra y no precisamente a un espacio necesario para su audición completa y precisa.

MA: ¿Cómo se aprende el silencio cuando las conversaciones son monólogos? El problema es la opinión. Hemos llegado al punto en que todo el mundo tiene la desesperada necesidad de emitir opinión. Recuerdo que cuando pasó lo de Ayotzinapa, mi amiga Brenda Ríos dijo lo más sabio que he oído al respecto: “Sólo puedo decir que mi padre era normalista. Nada más”. Pero cientos de personas tuvieron la necesidad de escandalizarse. ¿Realmente los shockeó la violencia y la muerte? Yo no lo sé. En general hemos llegado al punto de que es más importante la indignación personal (y manifestarla) que el hecho en sí. Creo que decir “no sé”, sería el paso necesario para aprender un silencio que no sea solo la ausencia de palabras. Un silencio necesario para comprender.

«Hemos llegado al punto de que es más importante la indignación personal (y manifestarla) que el hecho en sí»

AL: Recientemente, a propósito de la pandemia que asoló al mundo en forma global vivimos en una suerte de aislamiento, de espacio interior desprovisto de actividad social, salvo por la pertinencia de las redes sociales que centralizaron toda la actividad humana sin excepción, esto es, descontando las clases postergadas sin acceso a ningún servicio social. ¿Elegiría vivir en soledad? ¿Hubo algún destello de futuro promisorio alrededor de esa burbuja o ha necesitado más que nunca la experiencia social como objetividad vital y ordenadora?

MA: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”, dicen los Evangelios. Comprendo que mucha gente se haya encerrado por miedo, un miedo que se difundió de manera delirante por los medios que hacían un recuento cotidiano de los muertos, igual que ocurrió con el Sida, del que parece que no aprendimos nada (seguimos cayendo en las atrocidades que denunciaba Sontag en La enfermedad y sus metáforas). Todo lo que ocurrió fue espantoso y absurdo. Hacer responsables a los jóvenes de “matar” a los mayores porque circula un virus que se transmite ¡por el aire! Pero no es de extrañar. Lo que empezó con la Primera Guerra, el control, ha sido llevado al paroxismo gracias a la tecnología. Todo el mundo se tragó el verso, como si no fuéramos la especie vulnerable que somos. Personalmente seguí con mi vida en lo que pude. Me vi con la gente que eligió seguir viendo gente, con o sin vacuna. Muy pronto tuve que volver a trabajar, sin vacuna. Ahora que todo el mundo sale, y busca aglomerarse porque se hartó de su casa, me encantaría encerrarme como ocurrió muy al principio. No se va a regresar a una “normalidad”, y lo más probable es que llegue otro virus zoonótico y vuelvan las cuarentenas, porque el precedente ya está ahí, y el que se encerró una vez se encerrará dos, mansamente, como ya ocurrió. No es este el lugar y el momento de enumerar y dar cuenta de las perversiones resultado de este asunto, empezando por lo que mi amigo Nicolás Pinkus llamó “goce covid” aludiendo a toda las personas sufrientes que no dejaban de sentir que atravesaban un momento histórico mientras rociaban alcohol sobre los productos de supermercado, hasta la enorme cantidad de miseria y pobreza que trajo el encierro.  La cuarentena global es un crimen contra la humanidad.

Aftermath Laika, Mar de la China, Febrero de 2022